El verdadero Santo Domingo de Guzmán

"No quiero estudiar sobre pieles muertas mientras los hombres se mueren de hambre", decía Santo Domingo de Guzmán

La imagen de Santo Domingo de Guzmán es diminuta pero venerada por miles de católicos. LA PRENSA/Archivo/jader Flores

Al aproximarse las fiestas patronales de Managua, los cristianos católicos debemos conocer mejor la figura que del 1 al 10 de agosto veneramos: Santo Domingo de Guzmán. Y más que hacer de estos días una fiesta pagana, debemos imitar a ese Santo fundador de la Orden de Predicadores (1221 p.c.).

Nació en 1171 en Calaroga, Castilla (antes Calaruega), hijo de Félix Guzmán y la beata Juana de Aza.

A los catorce años partió a la casa de su tío, el arcipreste de Gumiel de Izán, e ingresó en la Escuela de Palencia, primera ciudad universitaria de Castilla. Era todavía estudiante cuando se le nombró canónigo de la Catedral de Osma, y después de su ordenación se consagró al cumplimiento de sus deberes canónigos.

Lea: Sacerdotes serán mayordomos en la celebración a Santo Domingo de Guzmán

Rara vez salía de la casa de los canónigos, y pasaba la mayor parte del tiempo en la iglesia, «llorando los pecados ajenos y leyendo y practicando los consejos que da Casiano en sus conferencias».

Viendo la necesidad de la gente vende lo que más quería, sus libros, ya que Santo Domingo decía: «No quiero estudiar sobre pieles muertas mientras los hombres se mueren de hambre».

En 1206, Santo Domingo recibió una señal del cielo, y en menos de seis meses fundó en Prouille un convento con nueve monjas a las que había convertido de la herejía, y cerca de ahí alojó a los hombres que le ayudaban en el apostolado.

En esa forma empezó a preparar predicadores virtuosos, a ofrecer refugio a mujeres convertidas, a ver por la educación de los jóvenes y a organizar una casa religiosa donde se oraba constantemente.

Lea además: La mujer en la religión: un ensayo sobre lucha de géneros, pensamientos y libertades

En 1215 organiza la primera comunidad de la Orden de Predicadores Hermanos Dominicos en Tolosa, viviendo la pobreza evangélica y el espíritu misionero de los apóstoles. En septiembre de ese mismo año se traslada a Roma para solicitarle al papa Honorio III la aprobación de la Orden de Predicadores Dominicos, confirmación que es cedida y aprobada el 22 de diciembre de 1216.

La Congregación de Santo Domingo ha dado a la Iglesia 16 santos, 300 beatos, 4 papas, 70 cardenales y más de 3.000 obispos.

La vocación dominicana consiste en compartir con los demás el fruto de la contemplación.

Esa es la razón por la cual los miembros de la Orden se preparan largamente, mediante la práctica de la oración, de la humildad, de la abnegación y la obediencia. Santo Domingo repetía frecuentemente: «Quien domina sus pasiones es amo del mundo, quien no las domina se convierte en su esclavo».

Un santo austero

A diferencia de la fiesta que los managuas celebramos en honor a Santo Domingo, donde existe derroche de todos los vicios paganos. Santo Domingo fue una persona sobria, austera, comedida en todo: en comer, beber, hablar, dormir, en fin, en todo.

A sus frailes les exigía prácticas intensas de ayuno y oración, para tratar de imitar mejor a Nuestro Señor Jesucristo y estar entrenados para vencer cualquier tentación o dificultad.

Al igual que Santo Domingo, aprendamos a ser austeros y a hacer de esta fiesta una verdadera reflexión de nuestras vidas, tomando como propias sus armas: la instrucción, paciencia, penitencia, ayuno, lágrimas y oración.

(Texto fue publicado en Religión y Fe, LA PRENSA, un 22 de julio del 2001)

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: