Las confesiones de Carrión

Carrión admite que políticas concretas, decididas por los dirigentes del FSLN, causaron grandes divisiones, descalabros y hasta guerra. Y lo hace con mucha sinceridad y balance.

Nicaragua, Israel, nicaragüenses

El precio de la ignorancia o de las ideologías equivocadas es terrible. Las recientes reflexiones, Luces y sombras de la revolución cuarenta años después, de Luis Carrión Cruz, exmiembro de la Dirección Nacional del FSLN, lo ilustran bien. Ellas coinciden, en mucho, con las expresadas hace veinte años por Sergio Ramírez en su libro Adiós muchachos. Posiblemente sin proponérselo, ambas revelan como un grupo de idealistas, que habían arriesgado vidas y fortunas por mejorar Nicaragua, terminaron cosechando una catastrófica cuota de sangre, sufrimientos y retraso.

Carrión admite que políticas concretas, decididas por los dirigentes del FSLN, causaron grandes divisiones, descalabros y hasta guerra. Y lo hace con mucha sinceridad y balance. Reconoce, incluso, que muchas de estas procedían de ciertas concepciones o ideas preconcebidas. Pero le hizo falta explicitar la conclusión tan inescapable como necesaria: que la raíz fundamental de los desastrosos “errores” y medidas que él señala, fue la ideología marxista leninista (comunista) que él y sus compañeros adoptaron. Leyendo a Carrión parece, a veces, que “circunstancias” inesperadas iban empujando a los revolucionarios de error a error, nublando así el peso decisivo que tuvieron las mentiras de dicha ideología. Una de ellas fue la satanización de Estados Unidos (“enemigo de la humanidad”), factor que llevó a querer extender la revolución a Centroamérica, comenzado por El Salvador, y que eventualmente precipitó la guerra contra. Igualmente, fueron hijas del recetario marxista leninista otras medidas, como los intentos de imponer el partido único, “aislar a la burguesía vendepatria” y estatizar la economía.

En su gestión los comandantes actuaron con la misma mentalidad de los ingenieros sociales revolucionarios del siglo veinte: querer imponer sus utopías, o grandiosos planes de transformación social, sobre pueblos enteros, sin reparar en sus preferencias, tradiciones o culturas. Y cuando encontraron las previsibles resistencias los reprimieron sin contemplaciones. Pasó con los Kulaks bajo Stalin, con los campesinos bajo Mao, y con nuestros costeños y campesinos bajo el FSLN. La pesadilla no siguió su curso gracias a que la política recia de Reagan se combinó con la suspensión del apoyo soviético. Esto, y no un cambio de voluntad en los comandantes, los forzaron a negociar elecciones, abriendo para Nicaragua la posibilidad de un futuro democrático que ideológicamente abominaban.

Lo ocurrido encierra una gran paradoja y lección: como personas, quizás con la mejor de las intenciones, pueden causar tanto daño cuando abrazan ideas equivocadas. El heroísmo, acompañado de ignorancia, ofuscación o romanticismo, puede ser letal. De aquí que sea tan importante, de cara a la futura Nicaragua, procurar una nueva generación de líderes intelectualmente preparados y maduros.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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