Civilización del miedo

Los jóvenes no saben qué será de ellos en el porvenir. Nos encerramos entre rejas como presos voluntarios. Aún religiosamente hablando, vivimos la fe con miedo.

Hoy día da la impresión de que estamos viviendo en una civilización del “temor”. Respiramos un clima de miedo. No sabemos qué va a ser de nosotros el día de mañana. Le tememos a una posible enfermedad, le tememos a perder el trabajo, le tememos al crecimiento de la delincuencia y de la inseguridad.

Tememos perder la vida en cualquier momento. Los padres temen por sus hijos, porque no saben con quién andan y los peligros son muchos. Los jóvenes no saben qué será de ellos en el porvenir. Nos encerramos entre rejas como presos voluntarios. Aún religiosamente hablando, vivimos la fe con miedo.

Nos hemos forjado un Dios terrible y castigador. El miedo lo tenemos ahí, como compañero de nuestra vida. Es verdad que el miedo es una consecuencia de nuestros mecanismos de defensa, que surgen cuando vemos la posibilidad de que nuestra vida, su integridad o nuestras cosas están en peligro. El miedo es natural en toda persona humana que se ve amenazada. Sin embargo, lo que ya no debe ser natural, es que vivamos dominados por el miedo; eso ya ni es humano ni es cristiano.

Estas palabras se repiten a través de toda la Sagrada Escritura: cuando los israelitas se dan cuenta de que el faraón y su ejército les persiguen, empiezan a temblar de miedo. Moisés les dice: “No se asusten; permanezcan firmes; verán de qué manera Yahvé les va a salvar” (Ex. 14, 13). Ante la mirada hacia la tierra prometida, Canaán, los israelitas creen que van a ser devorados por sus habitantes y se llenan de miedo y entonces Moisés les dice: “No se rebelen contra Yahvé, ni teman a esa gente. No tengan miedo” (Num. 14, 9).

Jesús lo repite: “No temas, pequeño rebaño” (Lc. 12, 32). Y ante el temor de ser víctimas de las olas del mar, Jesús dice a sus discípulos: “Gente de poca fe ¿por qué tienen miedo? Los discípulos están en el Tabor y oyen la voz del Padre, caen en tierra por el temor que les embarga y Jesús les dice: “Levántense, no teman” (Mt. 17, 7). En la pesca milagrosa Jesús le dice a Pedro: “No temas; yo te haré pescador de hombres” (Lc. 5, 10). Cuando les avisa de sus posibles contradicciones que tendrán, Jesús les dice a sus discípulos: “No tengan miedo a los que matan el cuerpo” (Mt. 10, 28). Así mismo, Jesús, en la última cena, les dijo a sus discípulos: “Mi paz les dejo, mi paz les doy… No se turben ni teman” (Jn. 14, 27). En las distintas apariciones de Jesús resucitado constantemente les dice a sus discípulos: “No teman” (Mt. 28,10), “¿Por qué se asustan?” (Lc. 24, 38).

Lo importante de todas estas palabras es tener en cuenta que el temor es incompatible con la fe. El miedo es producto de la inseguridad; la fe da firmeza al espíritu: “La fe es seguridad de lo que se espera” (Heb. 11.1). El miedo rompe con la esperanza; la fe da seguridad. Por eso dice el Salmista: “El Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? El Señor es el amparo de mi vida ¿quién me hará temblar? (Sal. 27, 1).

El autor es sacerdote católico.