Argentina y la droga populista

El populismo puede ser de izquierda o de derecha y es una plaga política que actualmente infesta tanto a países desarrollados y ricos como a naciones atrasadas y pobres

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El triunfo de la fórmula populista compuesta por Aníbal Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, en las elecciones primarias del domingo pasado en Argentina, provocó un terremoto político y pánico económico en ese país de América del Sur.

Los analistas argentinos consideran que los votantes castigaron al presidente liberal Mauricio Macri, por las duras reformas estructurales que implementó para reparar los graves daños económicos provocados por los anteriores gobiernos populistas de Néstor y Cristina Kirchner. Sin embargo las consecuencias de ese castigo podrían ser peores para los mismos argentinos. En realidad, el triunfo de la fórmula peronista en las elecciones definitivas del próximo mes de octubre significaría, muy probablemente, regresar al régimen populista que hizo de la Argentina un país en permanente crisis económica y desorden social, después de que fuera uno de los más avanzados de América Latina y del mundo.

El populismo, según explica la Enciclopedia de la Política, de Rodrigo Borja, es una política que al convertirse en poder convierte a las multitudes en rebaños que siguen a supuestos hechiceros sociales que les ofrecen el paraíso terrenal. Por extensión, es populista “toda concesión demagógica o populachera que hace un político”.

El populismo puede ser de izquierda o de derecha y es una plaga política que actualmente infesta tanto a países desarrollados y ricos como a naciones atrasadas y pobres. En América Latina, el populismo es una máscara que le han puesto al viejo socialismo totalitario para vender la misma mercancía perniciosa de antes, pero que ahora es llamada “socialismo del siglo XXI”.

En este contexto son típicamente populistas los regímenes de Venezuela y Nicaragua, que han arrasado las libertades individuales y los derechos democráticos mientras le daban migajas y dádivas económicas y sociales a las masas populares más empobrecidas y atrasadas.

Una característica de los gobiernos populistas es el abultamiento de la burocracia estatal y gubernamental, el incremento desmedido del gasto público, el endeudamiento interno y externo también desmesurado, la sobrecarga de impuestos que afecta el clima de negocios y paraliza la dinámica económica, etc.

Sin embargo, hay excepciones de gobiernos populistas que despliegan sus políticas asistencialistas demagógicas, pero mantienen la estabilidad macroeconómica. Esto es lo que algunos teóricos y académicos llaman “populismo responsable” y fue lo que hubo en Nicaragua en la década de 2008 a 2018, cuando el régimen de Daniel Ortega hizo alianza con la empresa privada y se financió en gran medida con los petrodólares venezolanos, logrando mantener un ritmo de crecimiento económico bastante aceptable. Pero a cambio demolió la precaria institucionalidad democrática que con mucho esfuerzo y a pesar de los sabotajes sandinistas se logró construir en el período de 1990 a 2006.

De vuelta a la Argentina, según dice en un artículo el máster en ciencias económicas y exministro de Hacienda de El Salvador, Manuel Hinds, el populismo es para ese país como la droga para los drogadictos: un vicio que lo destruye pero que no lo puede abandonar. Tiene razón el economista Hinds, eso es lo que se ha vuelto a demostrar con las votaciones del domingo pasado.

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