La crucifixión de Polícrates

Como decía alguien por allí: Los tiranos no leen la historia y si la leen, no la entienden y si la entienden, no la creen o lo que es peor aún, no la quieren creer, aun cuando su destino está marcado porque lo sellan con sangre inocente y esta no se borra jamás.

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Giovanni Boccaccio en su obra El Decamerón decía a través de Pampínea: “Quien es malvado y por bueno tenido, puede hacer el mal y no es creído”.

¿A cuántos en Nicaragua les cae esta verdad del siglo XIV?

Los tiranos desde tiempos inmemoriales se han caracterizado por aparentes buenas obras y a la vez por actos sanguinarios que eventualmente los han llevado a finales trágicos junto a sus familias.

En la Galleria dell’Accademia en Florencia y en el Hermitage de San Petersburgo hay dos obras de artes dedicadas al tirano griego Polícrates. Una es de Salvador Rosas que tituló La crucifixión de Polícrates y la otra de Mikhail Kozlovskii (1790), que es una escultura con igual tema y título.

Hubo poetas como Byron, compositores como Friedrich Schiller —con su balada lírica compuesta en junio de 1797 llamada el anillo de Polícrates— e igualmente óperas como la de Erich Wolfgang Korngol que resaltaron a este cruel déspota que empezó su tiranía asesinando a su propio hermano Pantagnotus y exiliando a su otro hermano Syloson.

Ciego de poder y fama, Polícrates construye la mejor armada marina de sus tiempos con múltiples Triremes y Penterconters. Atrae a famosos como al médico Demodocus de Crotón, a metalúrgicos como Theodorus, a poetas como Anacreon e Ibycus, matemáticos y filósofos como Pitágoras, quien más tarde tiene la dignidad de huir, y a arquitectos como Rhoicos y Eupalino, este último ensalzado por su maravilloso acueducto subterráneo para llevar agua a Samos.

Pero como a todo tirano la historia le pasa la cuenta tarde o temprano, aunque muera en su cama como Fidel Castro, quien aún se avergüenza de ser enterrado en público por terror a ser desacrado por su propio pueblo, Oroetus el gobernador de Sardis se encarga de cobrarle sus crímenes. Por muchos paramilitares, militares y policías que lo rodeaban, por muchos aduladores que le endulzaban los oídos, por muchos oráculos y brujerías que creía que lo protegían (su hija lo soñó y se lo advirtió con detalles), Polícrates fue empalado —a como hacía morir a los mercenarios que insultaban a su patria Vlad Draculea, héroe rumano del siglo XV— y luego es crucificado, sufriendo una muerte cruel.

Como decía alguien por allí: Los tiranos no leen la historia y si la leen, no la entienden y si la entienden, no la creen o lo que es peor aún, no la quieren creer, aun cuando su destino está marcado porque lo sellan con sangre inocente y esta no se borra jamás.

El autor es médico

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