Encauzar la vida

Mientras en nuestras familias no se eduque y se corrija, como dice la carta a los Hebreos, nuestras familias se desmoronan

Eucaristía

Hoy todos tendemos al facilismo de la vida: lo cómodo, la ley del más mínimo esfuerzo, hacernos los desentendidos. Eso de esforzarse, de sacrificarse, de trabajar, de luchar sin tirar la toalla, de someterse a unas leyes o a una moral, no nos va. Lo que se lleva es la puerta ancha, la no-ley, vivir sin complicarnos para nada la vida. El facilismo es una senda que conduce siempre a la pobreza, al conflicto y a la frustración.

Cuando la vida de una persona o la marcha de una familia o de un país se fundamenta en hacer cada uno lo que le viene en gana sin mirar leyes, ni valores, ni moral, ni ética, las cosas no pueden marchar bien. El peligro de hoy está en creer que ya las leyes y las normas están superadas y, por tanto todo es bueno y puede hacerse. Mientras sigamos entendiendo que hoy todo está permitido, que eso de ética es palabra trasnochada, que no hay más normas que la norma de hacer lo que nos venga en gana, nuestra vida se irá deteriorando y corrompiendo cada vez más.

Mientras en nuestras familias no se eduque y se corrija, como dice la carta a los Hebreos, nuestras familias se desmoronan porque la educación brilla en ellas por su ausencia (Heb. 12, 5-7).

Mientras no cambiemos de mentalidad y se siga fomentando la idea de que la democracia es hacer cada uno lo que le venga en gana sin limitaciones de valores ni de moral, nuestras realidades seguirán hundiéndose en la más aguda corrupción y deterioro. Jesús nos lo ha dicho claro: “Esfuércense y no teman tener que pasar en ciertos momentos por el camino estrecho (Lc. 13, 24).

Nuestra meta es lograr la perfección de la vida (Mt. 5, 48) y, por lo tanto, de nuestra familia y de nuestros pueblos; y esto no se consigue sino con el esfuerzo y pasando por caminos duros y muy estrechos muchas veces.

Si tienes una actitud positiva y te esfuerzas constantemente para dar lo mejor que tienes, con el tiempo vas a superar tus problemas inmediatos y encontrarás que estás listo para retos mayores. La vida personal, familiar y social no la construyen los flojos, ni los sin ley, ni los que se abandonan en la corrupción, ni los que no escuchan ni ven la necesidad de cambiar y ser mejores, ni los que se conforman con la mediocridad.

El camino ancho, el facilismo, el dejarse llevar por la corriente del río sin hacer esfuerzos por nadar, conduce a la muerte, como nos dice Jesús: “La puerta ancha y el camino amplio conduce a la perdición” (Mt. 7, 13).

Hoy estamos cayendo en la tentación de hacer un mundo sin principios, sin valores, sin reglas a las que atenernos. No queremos leyes ni prohibiciones. Solo admitimos una prohibición: “La prohibición de prohibir”.

Nos está pasando como al río que se sale de sus cauces, por donde pasa destruye y lo echa a perder todo.

Necesitamos encauzar nuestras vidas y esforzarnos, aunque nos cueste, para no desmadrarnos y poder llegar a la meta que Dios nos ha puesto a cada uno. Es el esfuerzo constante y decidido lo que rompe toda resistencia y barre con todos los obstáculos.

El autor es sacerdote católico.