La revolución no fue importante

Y si antes no era importante esa revolución (Sandino incluso es otro de los mitos a desclasificar, comenzando por su posición separatista), menos ahora que Nicaragua vuelve a teñirse de sangre, quienes crean lo contrario que vayan con Ortega a seguir hundiendo al país.

Nunca. Aunque ahora Daniel Ortega ande a través de voceros empresariales —como ha aparecido en declaraciones filtradas— diciendo que él y su tal revolución lo fueron.

Nicaragua al triunfo del sandinismo gozaba de una economía robusta, su per cápita andaba por el 8 por ciento, muy por encima de otros países latinoamericanos. Y aunque parezca desfasado remozar cifras y anécdotas de su moneda, el córdoba, este valía casi a la par del dólar en Centroamérica e incluso en sitios más lejanos como en El Callao, gracias al buen manejo de la administración Somoza, que, pese a sus errores de continuidad en el poder, fue un sistema visionario, aunque primitivo en lo político, como lo demuestra Knut Walter con cifras contundentes
No así el sandinismo, el cual con su inoperante maquinaria fascista y su escalonada inmoralidad pública y privada, llevó al derrumbe dichos logros económicos; dividió a la familia, continúa arrastrando al país al exilio más brutal de su historia, pulverizó la independencia institucional de los poderes del Estado y se aferra al poder con una violencia generalizada nunca antes vista, salvo por la misma de su régimen en los ochenta.

Pero los mitos caen. Y caen con más fuerza en el esplendor naciente del siglo XXI, no solo con la imaginación portentosa de los nuevos tiempos, sino con el despliegue informático y tecnológico que penetra inclusive a las ciencias sociales y a los registros de toda historia oficial, esa que nos han vendido siempre los vencedores. En ese estricto sentido, se están desmoronando los sucios afluentes de las revoluciones tercermundistas, que han traído más muerte y desolación que todos las dictaduras de derecha, de las cuales y sin justificar ningún crimen, quedan absueltas hoy en día sus luchas contra el comunismo inyectado en nuestras ciudades y montañas por Fidel Castro y su falsaria venta de un “hombre nuevo”, perdido en la desfachatez y el crimen y su engendro de mentiras.

La revolución sandinista no era necesaria. Necesario era que Somoza dejara el Gobierno, propiciar una leve transición y convocar a nuevas elecciones dentro de los parámetros del sistema político existente, que aunque viciado, tenía intentos de renovación con fuerzas ideológicas que venían surgiendo junto a las existentes paralelas históricas liberales y conservadoras, como la socialcristiana y partidos como el Liberal Independiente de ese entonces (PLI). Y si antes no era importante esa revolución (Sandino incluso es otro de los mitos a desclasificar, comenzando por su posición separatista), menos ahora que Nicaragua vuelve a teñirse de sangre, quienes crean lo contrario que vayan con Ortega a seguir hundiendo al país.

El autor es poeta y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos.

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