¿Nos estamos estabilizando?

La respuesta apunta a dos factores: el Estado policial, que mantiene a raya cualquier protesta, y la ausencia de sanciones severas

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El Gobierno cree, o quiere creer, que se está frenando el deterioro económico y que de alguna forma se irá normalizando todo. Su pronóstico es que este año el país decrecerá dos puntos porcentuales y no los cinco que calcula Funides, y que el próximo año podrá crecer entre uno y dos. Esta estimación tiene una limitante: fue hecha manteniendo en secreto indicadores indispensables para cualquier proyección de crecimiento. Pero supongamos que es cierta; que en realidad hay una paulatina recuperación del turismo, que los bancos mantendrán su solvencia y que la reforma fiscal permitirá cerrar los hoyos presupuestarios. La gran pregunta entonces es, ¿qué tan sostenible sería esta pretendida o real estabilidad? La cual se puede responder con otra pregunta: ¿qué la está permitiendo?

La respuesta apunta a dos factores: el Estado policial, que mantiene a raya cualquier protesta, y la ausencia de sanciones severas. El pueblo no está en las calles, como lo estuvo antes, pues el Gobierno lo aplastó con sangre y ahora lo tiene quieto a punta de muchos AK y arrestos. Y las finanzas públicas todavía no colapsan porque los países que podrían asfixiar al gobierno le están dando un plazo antes de apretar las tuercas.

Viendo el panorama con frialdad y a largo plazo, estos dos factores, que aún permiten respirar a la dictadura, son frágiles. Dependen, decisivamente, de la voluntad política de Ortega de permitir elecciones auténticas. Si no logra articular con la verdadera oposición un consenso sobre las reformas que las garanticen, podrá quizás seguir gobernando un tiempo más, pero se expondrá a sanciones que derrumbarán toda esperanza de crecimiento y a una creciente y, en último caso, indetenible, furia popular.

Sueña el dictador y sus secuaces si piensan que Nicaragua volverá a ser la de antes, o a recuperar la senda del crecimiento, sin reformas que devuelvan a pueblo su derecho de elegir, movilizarse y vivir en libertad. Podrán apostar a sobrevivir como Maduro; hambreando al pueblo y matando opositores, pero será una apuesta muy riesgosa. En abril del 2018, en circunstancias de crecimiento y sin sangre de por medio, el pueblo estalló cuando nadie lo esperaba. Hoy la frustración y el resentimiento son muchos mayores. Aunque claro, hay diferencias: el pueblo sabe que Ortega y sus matones están listos a matar.

Por eso hablaba hace poco doña Francisca que el campesinado debía prepararse para la clandestinidad. Lo harán también los estudiantes y muchos patriotas más. Es cierto que ahora el gobierno está más listo que antes para apretar la tapa de la olla de presión. Mas si el dictador no abre los ojos, eventualmente el pueblo se alistará también a reventarla, y ya no con tiradoras.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.