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La autora chilena vive actualmente entre Nueva York y Santiago de Chile. Lorena Palavecino/Penguin Random House

Lina Meruane: «Se tilda a la mujer de histérica, exagerada, quejosa y es común desconfiar del relato de sus síntomas»

Quince años de investigación, además de haber crecido en una familia de médicos, desembocan en cuatro libros sobre la enfermedad, que son parte de la magnífica obra de Lina Meruane: el ensayo "Viajes virales" y las novelas "Fruta podrida" y "Sangre en el ojo"

Todos tienen alguna enfermedad en la familia de Ella. Su hermano sufre fracturas de huesos, al padre lo aquejan problemas prostáticos y su madre transita por un cáncer de mamas.

El novio, presenta fiebres y sordera, posibles síntomas de estrés postraumático. Y Ella, la protagonista de «Sistema nervioso», última novela de la escritora chilena Lina Meruane (Santiago, 1970), no sabe lo que tiene.

¿Parestesia, esclerosis, mielitis, un tumor maligno? Lo cierto es que siente extrañas descargas y hormigueos en el brazo y es necesario hacer un diagnóstico.

¿Cómo es la relación con el médico cuando se buscan respuesta y tratamiento? ¿Qué le ocurre a quienes rodean a los enfermos? ¿Cómo reacciona cada uno cuando el cuerpo traiciona?

Quince años de investigación, además de haber crecido en una familia de médicos, desembocan en cuatro libros sobre la enfermedad, que son parte de la magnífica obra de Lina Meruane: el ensayo «Viajes virales» y las novelas «Fruta podrida» y «Sangre en el ojo».

En cada uno de ellos, toca una arista del tema, y tal vez para cerrar el ciclo, o esta obsesión por el cuerpo en el cuarto, «Sistema nervioso», los enferma a todos y los narra a partir de su mal.

La autora, que vive entre Nueva York y Santiago, va a dialogar con los asistentes del Hay Festival de Querétaro, sobre la idea de que «todos estamos enfermos, negociando no sólo con nuestros cuerpos, sino con los discursos de la salud y con otras instancias en que se piensa lo otro como enfermo: el migrante, el drogadicto, la prostituta, el homosexual.»


Tus padres son médicos, igual que los padres de Ella. ¿Lo que cuentas lo aprendiste desde chica?

Las conversaciones de mi familia, hasta el día de hoy, giran en torno al diagnóstico y ese relato es apasionante, porque es una historia de detectives.

El médico tiene una serie de pistas, que son los síntomas, que a veces no son fáciles de leer ni de resolver.

El médico debe encontrar qué es lo que está detrás, porque puede ser algo que lleve a la muerte, igual que el asesino.

¿Cómo te marcó haber crecido rodeada de ese lenguaje?

He aprendido mucha medicina de sobremesa. No soy capaz de tratar a alguien de manera específica, pero en cuestiones simples siempre le achunto (risas).

A veces digo como chiste que mi lengua materna es la medicina y no el castellano. Esos saberes me permiten entender los casos.

Cuando alguien se enferma y tengo que leer sobre su enfermedad, al tiro lo entiendo y se me queda.

He llevado esa pasión y obsesión por el cuerpo a mis novelas.

Cuando Ella es aquejada por sus síntomas, comienzan a buscar. El Padre que es médico dice una cosa, su doctor otra…

El caso de Ella me interesaba especialmente. Ahí aparece la figura del médico todopoderoso, pero él es otro ser humano que también se equivoca. Está trabajando con saberes aproximativos.

Por más que la medicina se haya tecnologizado para descifrar los misterios del cuerpo, el médico es un intérprete y a veces no encuentra una explicación. Es lo que le sucede a Ella.

Ahí se muestra la fragilidad de la medicina.

¿No queda más remedio que entregarnos a ese proceso de búsqueda?

La gente se expone a las medidas diagnósticas y tiene la esperanza de descubrir qué es lo que le pasa, porque así se va a poder tratar.

Pero hay una serie de falacias: puede que ese resultado diga que no hay tratamiento o que lo haya pero que no funcione porque no todos los cuerpos son iguales.

Hemos desarrollado una gran fe en la medicina, que ha venido a reemplazar a la religión en las sociedades más laicas, pero la medicina no necesariamente va a solucionar el problema, ni el doctor va a ser infalible.

Uno pide segundas o terceras opiniones y normalmente son contradictorias.

Contra los hijos
Cortesía: Random House

¿Qué hay que hacer con este cáncer? ¿Extirparlo, radiarlo, aplicarle quimioterapia? ¿Y cuánta? ¿Será peor el remedio que la enfermedad?

¿Estamos en una situación de gran vulnerabilidad?

Como personas de la calle, todo esto nos incita a convertirnos en pequeños expertos en la enfermedad que estamos sufriendo.

Uno se mete a Google y averigua qué es lo que tiene, pero eso no necesariamente nos hace sentir más seguros.

Hay una frase del padre de Ella que dice: no porque uno tenga más información va a tener más conocimiento. Esa frase me parecía muy fuerte.

Y a la vez, estamos muy expuestos al error.

¿Qué te parece la tendencia de relacionar las enfermedades con lo emocional y que de alguna forma nos provocamos las dolencias?

Leí con atención esas ideas, que se dieron a conocer, de manera masiva, con el ensayo de Susan Sontag «La enfermedad y sus metáforas».

Ella hace una lectura muy sagaz de cómo se culpa a ciertos individuos de sus enfermedades, el sida por la promiscuidad, el cáncer por la represión de los sentimientos.

Lina Meruane
Lira Meruane va a dialogar con los asistentes del Hay Festival de Querétaro sobre la idea de que «todos estamos enfermos». Getty Images

Sin embargo, apartándome de la toxicidad del lenguaje, que es lo que ella cuestiona, pienso que nuestras penas y estrés sí nos causan una baja de defensas.

Si estamos deprimidos, angustiados, tristes, tendemos a enfermarnos más.

Otra cosa es culpar a la persona de «haberse provocado una enfermedad» porque una no se estresa por gusto.

El estrés y la depresión son respuestas a las exigencias de la sociedad hiperproductiva e hiperexplotada en la que vivimos.

Más bien hay que pensar en cómo hacer para que nuestra sociedad del consumo deje de serlo, y deje de ser la sociedad del cansancio, en la que tenemos que hacerlo todo, sin parar nunca.

La madre enferma de cáncer de mama y reflexionas sobre esta especie de condena para las mujeres, incluso preguntas: ¿se sigue siendo mujer sin tetas?

Por supuesto que cercenar una mama significa perder algo que para muchas mujeres es parte de su identidad.

No se sabe por qué ha aumentado tanto este cáncer, y el cáncer en general.

Las mujeres estamos más pendientes ahora, no solo porque el médico te recuerda la mamografía, sino porque tantas personas cercanas lo han sufrido.

Algunas no eligen ponerse la prótesis de silicona, otras, lo único que quieren es ponérsela, otras se sacan las dos pechugas de inmediato para no exponerse a un segundo cáncer.

No hay una respuesta única ante esa pérdida, es lo que quise representar en la escena donde la madre y las hijas van a elegir la prótesis y tienen todo tipo de pensamientos en torno a lo que significa ese cuerpo extraño, de silicona, y en qué medida devuelve la sensación de normalidad, porque al mismo tiempo es una prótesis insensible, una especie de pechuga fantasma.

¿Y esta idea de que les da más cáncer de mama a las mujeres sin hijos?

Esto es muy interesante.

En un conversatorio de mi libro «Contra los hijos» (Lina decidió no tenerlos) apareció un señor que se presentó como médico y habló de estudios con monjas que demostraban esto…

Era una especie de advertencia: hay que darle uso a la pechuga, si no te va a dar un cáncer.

Le dije que habría que pensar qué otros factores podrían incidir, porque la mayor parte de las mujeres tiene hijos y el cáncer está a la orden del día.

Y es que la ciencia sirve para fundamentar todo tipo de discursos.

Detrás de las cifras hay seres humanos con ideas, ideologías, prejuicios, y hay que tener cuidado con eso.

En el libro dices: «Sería la madre la que advirtió que muchos médicos desconfían del dolor de las mujeres y las mandan a la casa sin atenderlas«. ¿Es así?

Hay estudios que lo comprueban y hay dos extremos.

Por un lado se tilda a la mujer de histérica, exagerada, quejosa y es común desconfiar del relato de sus síntomas.

Volverse palestina
Cortesía: Random House

Si el médico no encuentra de inmediato una respuesta, la manda para la casa, a veces muy enferma y muere porque nadie le hizo caso.

En el otro extremo, es sabido que las mujeres tienen un umbral más alto para el dolor.

Cuando le preguntan cuánto le duele, de 1 a 10, una mujer va a decir 6 y un hombre, 9, frente al mismo dolor.

Entonces algunos médicos más listos les suman a las mujeres, porque saben que ellas tienden a aguantar más. Ese es el mejor de los casos.

¿Cuál sería la causa?

Como pasamos por la experiencia del parto, nuestro cuerpo o nuestra psicología o no sé qué mecanismo, hace que aguantemos más el dolor, estamos mejor preparadas.

También está la menstruación, que puede ser una experiencia muy dolorosa e incómoda, que a nosotras nos sucede una vez al mes y a los hombres nunca.

«Los ricos se quejan más o los pobres sienten menos», es otra frase del libro, ¿se apega a la realidad?

Sale de mis múltiples lecturas sobre la vida real.

La gente pobre, que ha sufrido más, aguanta más o se queja menos, o las dos cosas a la vez.

Una persona con medios que no recibe buena atención, lo más probable es que reclame o demande, mientras que una con pocos ingresos tal vez no lo haga, porque no sabe o no tiene las condiciones.

Por eso las personas más vulnerables reciben peor trato, es brutal.

¿Qué pasa cuando una familia se enferma?

En el caso de esta novela, la enfermedad intensifica la relación familiar. La enfermedad reordena las relaciones y los vínculos alrededor del que está enfermo.

¿Son relaciones sanas o enfermizas?

Son ambas, la distinción es sólo aparente.

Hay un estudio sociológico fascinante sobre cómo se une una familia cuando uno de los miembros está enfermo, el caso de un hijo alcohólico, diabético, con una enfermedad congénita o grave.

En esos casos la familia se organiza alrededor de su cuidado, pero si la enfermedad desaparece queda un excedente de afecto y de roles que han perdido su sentido.

Entonces, alguien más se enferma para que la familia pueda mantenerse unida.

El novio le dice a Ella que en su familia son «adictos al cuerpo», ¿Cómo se manifiesta?

No hablan más que de los cuerpos, las enfermedades, los diagnósticos y las muertes. Hay una serie de situaciones, unas divertidas y otras trágicas, en las que todo se trata de eso.

Él se resiste a esos discursos, porque estar expuesto a esos temas lo pone a uno en una situación de estrés muy grande, sobre todo si no tienes entrenamiento.

¿A ti te estresa?

Yo estoy entrenada, no me estresa el relato diagnóstico, me entretiene.

Tal como reflexiona Ella en el libro, ¿habría que estar un poco muerto o sordo para descansar del cuerpo?

Pienso que esto es verdad, del cuerpo no se descansa nunca, siempre se está con él. Y en la medida en que uno envejece, cada vez más el cuerpo te recuerda que está ahí.

¿Cómo es tu relación con la enfermedad? ¿Hay odio o aceptación?

Tengo diabetes desde los 6 años, por lo tanto, llevo una larga relación con mi cuerpo enfermo, tuve que aprender a vivir con él. Y esa relación ha tenido diferentes momentos, de odio, de aceptación, de celebración.

Creo que eso me da una pequeña ventaja, porque ya pasé el proceso del golpe y del moretón: primero rojo, después morado, verde, amarillo, hasta que lo dejas de ver. Quienes han tenido una vida saludable, no tienen ese aprendizaje.

Yo a veces pienso que soy una especie de sobreviviente.

Tengo una relación más feliz con mi cuerpo enfermo, porque a pesar de todo lo que hemos pasado, aquí estamos.


Esta entrevista es parte de la versión digital del Hay Festival Querétaro 2019, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad mexicana entre el 5 y el 8 de septiembre.

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