Silencio y funeral para un dictador

Durante su largo dominio, a Mugabe se le acusó de haber amañado las elecciones, de haber utilizado grupos paramilitares que causaron miles de muertos

asesino, Laureano Ortega, Nicaragua

Después de casi cuatro décadas en el poder, murió el dictador más anciano del mundo. Robert Mugabe había sido uno de los líderes de la liberación de su país, Zimbabwe, y también uno de sus opresores y justicieros.

Había preparado el traspaso del poder a su esposa, pero algunos de su correligionarios y miembros de una oposición, a la que siempre obstaculizó, se aliaron para que no fuera posible. Finalmente, fueron las Fuerzas Armadas las que lo sacaron del gobierno. Ni la comunidad internacional ni el pueblo sufrido de Zimbabwe pudo hacerlo antes. Con la salud muy deteriorada, Mugabe no pudo hacerles frente. Con el líder debilitado, las fuerzas armadas pusieron su lealtad al mejor postor.

Conocí brevemente Zimbabwe en un reportaje sobre el sida, que en ese país había dejado cientos de miles de huérfanos. Recuerdo la educación británica de sus gentes, la pulcritud de las casas más pobres. En una de ellas, con piso de tierra y apenas dos metros cuadrados, había una zapatera con un par de zapatos de vestir muy viejos y otro par de sandalias, ambos recién limpios, colocados en un orden de escaparate. Era la casa de una maestra jubilada que había visto como sus pocos ahorros ya no valían para nada, porque el país había entrado en una crisis económica de la que no se pudo recuperar, algo parecido a un corralito descomunal. La señora cuidaba de dos niñas huérfanas, a causa del sida. Para mantenerse, vendía, como muchas mujeres de su comunidad, tomates, solo tomates, en los cruces de camino.

Y el silencio. Una de las cosas que más me llamó la atención en esa visita fue comprobar lo que significa vivir bajo una dictadura encubierta bajo elecciones ficticias, donde todas las cartas están marcadas. El silencio de la gente y la incomodidad cuando se hablaba de política. Las miradas hacia un lado, la tensión. Muchos zimbabuenses vivieron bajo el peso amargo de un líder que pudo haber sido una especie de Mandela, pero se convirtió en otro dictadorzuelo más. Y el país se entristeció.

Una buena parte de la población emigró a la vecina Sudáfrica, donde hay más oportunidades de trabajo y más libertad. Durante su largo dominio, a Mugabe se le acusó de haber amañado las elecciones, de haber utilizado grupos paramilitares que causaron miles de muertos y acumulado lujo y poder en torno a su familia. Todo el guion que se repite una y otra vez en cualquier dictadura.

El 15 de septiembre será el entierro de Mugabe. El gobierno le está preparando unos funerales de Estado, pero su verdadero entierro, como el de muchos dictadores, será el silencio que dejaron tras de sí.

El autor es periodista.
@jsanchomas

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