«En esta Nicaragua en la que ya nadie calla», dice uno de los versos de «Autoconvocados»

El poeta Ariel Montoya comparte en este día que se recuerda la Independencia de Centroamérica sus poemas sobre la patria llena de "sonolientas auroras" y gritos de libertad

LA PRENSA/ Jader Flores

Autoconvocados

Cada uno somos Autoconvocados
Pues no somos uno sino unos
Unos muchos que somos todos
Unos todos que somos muchos
Unos muchos que sumamos unos
En este siglo y en esta Primavera
En esta hora y en este día que a
nadie se obliga y en el que nadie falla
En esta Nicaragua en la que ya nadie calla.

(Ariel Montoya, Westchester, Estados Unidos, mayo 2019)


Anti-Parra

En Nicaragua
la izquierda y la derecha unidas
fueron vencidas.

(Ariel Montoya)


Huidobriana

No todo aquel que se considere poeta será
un semidios.
Cualquier populista también.

(Ariel Montoya)


Somnolientas auroras

Mas allá del insomnio del vigilante y sus débiles,
somnolientas auroras.
Del riñón desahuciado del jornalero
y sus rodantes cálculos terminales
del honesto médico enfermo de deudas
y del agrio paladar del moribundo
del horizonte forzado del migrante
bajo una plaza de nubes lejanas
del sollozo de la desventurada maestra,
presa de un horizonte demarcado en el vacío de la pizarra
del campesino sin tierras
ante la reforma inconclusa
del estéril sistema y su parafernalia propaganda
del triste pescador
que recuerda las verdes pozas llenas de mojarras y guapotes como un
deslumbramiento que no
volverán sus ojos a ver,
del periodista masacrado en su propia,
monstruosa nota roja llena de espanto informativo
del páncreas que ama en la dulzura de la abuela
que prepara jocosos bocadillos
de la putita descubierta por el hermano en el burdel del piadoso
engaño
de la miserable pensión del lisiado de guerra y su amputada Nación
sin marcha
del enamorado sin rosas ni música de pájaros
en la ciudad de frívolas modas constantes,
del vecino endeudado en la intimidad del pulpero
del travesti violado en su sombrío desparpajo
del electricista elevado en su perenne caída
del carretonero atado al vínculo de su carga.
Mas allá del demacrado tiempo ausente de balas y bienes
La Nación llora,
y fluye a través de sus lágrimas,
un penoso sufrir que baja por mi sangre hasta el abismo de mis
talones.
¡Cuánto duele la pena singular de todas estas pupilas!
pues la Nación a estas horas no es ciertamente junta de nobles
propósitos.
La flor de la esperanza,
aún no crece en sus corazones.

(Ariel Montoya)

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