Las conmovedoras fotografías del hogar de ancianos donde vive el tataranieto de Rafaela Herrera

Olvidados por sus familias, diecisiete ancianos viven en soledad en el Hogar Horizonte, en San Marcos, Carazo. Entre ellos está Nicolás Mora, el tataranieto de Rafaela Herrera.

En el Hogar de Ancianos Horizonte, ubicado en San Marcos, Carazo, residen 17 ancianos (nueve mujeres y ocho varones) que son parte de esa población de cerca de 500 mil adultos mayores que se estima hay en Nicaragua. Las siguientes fotografías reflejan la vida que este grupo de ancianos lleva en el olvido. Olvidados por sus familias, por sus amigos y por el Estado en un país donde las personas de la tercera edad no reciben ni el trato ni los beneficios a los que tienen derecho.

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Las imágenes fueron captadas por la fotógrafa María Isabel Pérez García y se encuentran expuestas en el hogar de ancianos, pero casi nadie llega a verlas. El objetivo de las fotos, dice la autora, fue transmitir el sentimiento de soledad de estos ancianos que un día tuvieron pareja, hijos, trabajo y ahora han perdido hasta sus recuerdos.

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Solo tres de los ancianos residentes reciben, de vez en cuando, visitas de sus familiares. Los otros catorce rara vez o nunca. Ni siquiera cuando están enfermos. «Vieras cómo se alegran cuando uno los llega a visitar», dice María Isabel.

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La vida en el hogar empieza a las 5:00 de la mañana. Los viejitos despiertan y salen de sus camas, solos o con ayuda de las asistentes, según el caso. Después de eso los llevan al baño, los visten y los peinan.

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A las 7:00 de la mañana beben «un traguito de café con pan o galleta» y a las 8:00 ya están en el comedor para tomar un desayuno fuerte, que puede ser gallopinto con queso, crema y huevo o incluso un nacatamal, «lo que tengamos», cuenta Concepción Cerda, doña «Conny», directora del hogar desde su fundación, hace 15 años.

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La mayoría de los residentes no aporta dinero al hogar. Sus familias se han desentendido de ellos o bien se trata de ancianos que vagabundeaban por las calles, en la indigencia, antes de ser llevados al Horizonte. Viven de las donaciones que recibe el hogar, aportadas por un par de empresas privadas y personas que llevan ropa y comida.

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Después del desayuno los ancianos permanecen sentados en los corredores. Las mujeres en un lado, los hombres en otro. Excepto don Nicolás «Cubero» Mora, dice la fotógrafa, «él se sienta donde le da la gana».

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Nicolás «Cubero» Mora, el anciano de ojos azules, es conocido en Masatepe, Masaya, por ser el tataranieto de Rafaela Herrera, la famosa heroína española del Castillo de la Inmaculada Concepción que no hace mucho solía aparecer en nuestros billetes.

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Su madre se llamaba Juana Guadamuz y su padre, Juan Mora. Ella murió de tétanos; él «de viejo», dicen quienes los conocieron. A don Nicolás el parentesco con la heroína de cada septiembre le viene por el apellido Mora, porque su padre, Juan, era bisnieto de Pablo Mora y Rafaela Herrera.

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A don Nicolás lo llaman «Cubero» también por su padre, Juan, quien solía vender agua en cubas (baldes) ahí en Masatape. Pero a María Isabel le gusta retratarlo no precisamente por su linaje, sino por sus expresiones. Siempre anda lleno de frases y de enredadas memorias que van y vienen en su cabeza y le hacen creer que tiene 14 años y está lustrando zapatos en un parque o que todavía tiene 29 años y será otra vez, como antes, el Cristo de las Judeas de Masatepe.

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Cuando lo trajeron al hogar de ancianos vagaba por las calles, descalzo, sucio y sin memoria. Él, el tataranieto de Rafaela Herrera.

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El mayor de los residentes del hogar tiene 95 años; el menor, 65. El de la foto es Chemita, que no es ni el mayor ni el menor, pero sí el más activo.

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A Chemita le gusta ayudar con pequeñas actividades de mantenimiento.

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Cuando hay calor, el personal del hogar saca a los ancianos al patio frontal para que puedan refrescarse con el aire que corre afuera.

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Siete personas se encargan del funcionamiento del hogar. Dos señoras asistentes, dos en mantenimiento, una encargada de limpieza y lavandería, una señora en la cocina y doña Conny, la directora. Por la noche siempre deben quedarse a dormir una asistente y alguien de mantenimiento, por si hay que «correr al hospital» con uno de los ancianos. Los residentes que pueden hacerlo ayudan con pequeñas tareas, como manualidades sencillas o meter la ropa cuando llueve.

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Los ancianos comen poco, pero a cada ratito, dice doña Conny. Toman meriendas a las 10 de la mañana y a las 3:00 de la tarde. «Un vasito de fresco, una galleta, una fruta». A mediodía almuerzan y cenan a las 4:30 de la tarde. Algunos no pueden comer solos y deben ser asistidos.

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Pasan la mayor parte del día en silencio, viendo pasar los minutos en los corredores del hogar. Algunos escuchan la radio y algunos miran la televisión, porque gracias a una empresa tienen cable gratis.

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Los mayores no suelen platicar mucho, porque ya no recuerdan sus historias ni las palabras necesarias para contarlas.

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Muchos han llegado de Granada, Masaya y otros lugares de Carazo. En momentos de lucidez recuerdan pequeños episodios de la vida que tuvieron cuando eran jóvenes y fuertes.

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Aunque en el hogar reciben atención y cariño, ellos no dejan de sentirse «como animalitos enjaulados», lamenta doña Conny. Les hace falta el contacto con personas del exterior y, sobre todo, el cariño de sus parientes. En varios casos, los hijos de estos ancianos saben bien dónde encontrarlos, pero no los buscan.

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Lo que más les gusta es el café, el gallopinto y las visitas. Durante las protestas de 2018 no escaseó la comida en el hogar, pero sí faltaron los visitantes. «Naaadie nos viene a visitar», se quejaban. Les alegra cuando les llevan música y piñatas. Les gusta recibir caramelos y paquetitos. Es como que si en el ocaso de su vidas volvieran a ser unos niños.

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Para María Isabel, la fotógrafa, es necesario que las personas se den cuenta de que también van a llegar a la vejez y «tomen conciencia» del estado de abandono en que se encuentran los viejitos. Para algunos sociólogos, en Nicaragua la tercera edad es mal vista y los ancianos reciben maltrato, como si fueran «ciudadanos de descarte».

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El hogar siempre está necesitando alimento para los residentes, pañales desechables para adultos y café. Además de productos de limpieza, como desinfectante, cloro, detergente, jabones, papel higiénico, pasta dental y cepillos. «Todo lo que puedan donar es bienvenido. Siempre nos sirve, ya sea que lo ocupemos o lo vendamos», afirma la directora. La manutención de cada residente cuesta alrededor de tres mil córdobas mensuales.

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También son bienvenidas las personas que deseen llevar música y algún refrigerio para los ancianos. Sonríen más y están más atentos cuando alguien llega a hablarles.

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El hogar cuenta con sus propias tierras en el cementerio municipal. Ahí quedan los ancianos cuyos cuerpos no son reclamados por sus familias. Pero hoy, ahora, continúan vivos y necesitan ayuda, dice María Isabel. «No solo económica, también cariño». Si quiere ayudar a los ancianos del Hogar Horizonte, puede comunicarse al teléfono: 2535-2463.

María Isabel Pérez García, autora de las fotografías. LA PRENSA/ Cortesía

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