Exembajador en la ONU, Julio Icaza Gallard: “La comunidad internacional no ha logrado efectividad en Nicaragua»

El exrepresentante de Nicaragua en la ONU, Julio Icaza Gallard, analiza cómo se encuentran la correlación de fuerzas a nivel internacional, las nuevas relaciones de Nicaragua y los posibles escenarios y salidas a la crisis.

Julio Icaza Gallard, analista político. LA PRENSA/Roberto Fonseca

Julio Icaza Gallard, analista político. LA PRENSA/Roberto Fonseca

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Como cientos de ciudadanos nicaragüenses, el exembajador de Nicaragua en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Julio Icaza Gallard, vive de nuevo un autoexilio a raíz de una crisis política en el país. Se encuentra en España, recuperándose de una operación en la laringe, pero sigue el día a día de “una dictadura que asesina y encarcela a su pueblo”.

A los 14 años de edad fue encarcelado por la Guardia Nacional de Somoza por arrancar de la pared de una casa en León, donde nació, una propaganda con la efigie del dictador. Por eso fue que años más tarde se exilió en España, donde ahora vive nuevamente, estudió Derecho y ayudó a organizar la solidaridad en la lucha contra Somoza.

“Nunca imaginé que la historia se repetiría y nuevamente tendría que luchar desde un nuevo exilio en España, contra otra dictadura peor que la de aquellos años”, escribe Icaza Gallard, quien casi toda su carrera la ha ejercido desde la Diplomacia y las Relaciones Internacionales.

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En esta entrevista, precisamente, habla sobre cómo considera que se encuentra Nicaragua en el plano internacional, los mensajes que el régimen de los Ortega Murillo envía con las nuevas relaciones que estrecha, la negativa de recibir a la Comisión de la Organización de Estados Americanos (OEA) y los posibles efectos que podría sufrir el país de seguir por la senda que Daniel Ortega ha trazado en los últimos meses.

¿Cómo se ve el régimen de Daniel Ortega desde afuera?
La comunidad internacional ya ha sentado sus posiciones sobre el régimen de Ortega. Para todos está claro que se trata de un dictador sin escrúpulos, que debe abandonar el poder cuanto antes. Al mismo tiempo nadie desea una salida violenta. El problema es que Ortega no va a negociar su salida si no es con una presión sostenida y consistente, y en esta parte es donde la comunidad internacional no ha logrado el grado de coordinación y efectividad necesarias. El nivel de atención de los medios de información hacia la tragedia que vive el pueblo nicaragüense ha descendido y eso no ayuda a que los políticos tomen las decisiones necesarias.

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Miramos al régimen de Ortega que ha estrechado relaciones con países de Oriente. ¿Está solo el régimen, a como se cree?
El régimen está profundamente aislado, pero podría estarlo más con sanciones más amplias y efectivas. La búsqueda de nuevas relaciones con países como Turquía o Irán, o con monarquías tribales africanas, no lleva a ninguna parte. ¿Qué podrá obtener Nicaragua de países como Esuatini (la antigua Suazilandia), con un monarca absoluto, más del 60 por ciento bajo el umbral de pobreza, apenas 800 mil dólares en sus reservas internacionales y donde uno de cada cinco habitantes está infectado de sida? Lo que cuenta es Occidente, Europa y América, y en ambos continentes la imagen de Ortega solamente empeora, por su negativa cerril al diálogo y la solución negociada, y su persistencia en la violación descarada y brutal de los derechos humanos.

¿Qué tanto afectan o benefician estas relaciones al país?
La relación con Irán es delicada, porque están de por medio el problema nuclear y el apoyo al terrorismo internacional. Históricamente la relación de Nicaragua con los ayatolás no ha supuesto ningún beneficio económico. El problema es que hoy Nicaragua sobrevive económicamente en gran parte por su relación comercial con los EE. UU., en el marco de un Acuerdo de Libre Comercio por el que sus productos reciben un trato preferencial. Y esa relación puede verse afectada al estrechar relaciones con un país sujeto a sanciones por parte de los EE. UU. Asimismo podrían derivarse consecuencias en el campo de la seguridad, por las facilidades que el libre visado acordado podría significar para el movimiento de células terroristas. Para el país en su conjunto los riesgos de ese acercamiento son muchos y muy elevados y la ganancia ninguna.

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¿Por qué cree que está haciendo este tipo de relaciones?
El régimen reconoce que está aislado internacionalmente y piensa que el problema lo va a resolver estrechando lazos con otros países de la periferia. Es la reacción instintiva del delincuente de barrio, que en vez de integrarse a la sociedad y regenerarse se asocia con los de su calaña para formar una pandilla, pensando que eso lo hará más fuerte. De esas relaciones Ortega derivará poco menos que apoyo político diplomático, palmaditas en la espalda, pero nada más.

¿Cómo le explica a alguien en el extranjero de cómo está la situación política del país?
Lo que tenemos en Nicaragua es una dictadura que asesina y encarcela a su pueblo.

¿Por qué cree que se estancaron las negociaciones?
Las negociaciones que se iniciaron en el Seminario bajo la mediación de la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN) las solicitó Ortega. Las negociaciones en el Incae las solicitó la empresa privada. Con las primeras ganó tiempo para asimilar el golpe y recomponer sus fuerzas. En las segundas vio una oportunidad para evadir las sanciones internacionales, a cambio de liberar a los injustamente encarcelados. Al ver que eso no le funcionaba y que llegaba el momento de hacer concesiones en términos de reformas políticas de fondo, decidió suspenderlas.

¿Cree que se puedan reanudar?
Lo que no se gana en la mesa de negociación hay que ganarlo en el terreno. Ortega y sus asesores, militares y exmilitares, piensan en términos de una guerra convencional. Los 50 tanques rusos y el ejército particular en que han convertido a la Policía y sus paramilitares, los tiene obnubilados. ¿Qué ha ganado Ortega con suspender las negociaciones y cerrar las puertas a toda salida político diplomática? ¿Ha ganado apoyo interno o externo, ha conquistado nuevos territorios? ¿Ha logrado sacudirse las sanciones? Por el contrario, la situación se deteriora, con el empeoramiento de las condiciones económicas y sociales y la amenaza de mayores sanciones; la oposición se organiza, unifica y se fortalece; en lo internacional el aislamiento se agrava. Esta lucha es de otro carácter, es multidimensional, y eso no lo entienden los forajidos que lo asesoran. Carecen de estrategia, porque no tienen nada que ofrecer en términos de futuro. Viven el día a día, como los bandoleros.

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¿Usted cree que la Alianza Cívica debe ser el interlocutor con el gobierno?
La Alianza Cívica se ha ganado el respeto y reconocimiento de los diferentes sectores de la población comprometidos con la justicia y la democracia, y eso se ha traducido en un amplio reconocimiento internacional. Con la UNAB y la discusión de las diferentes propuestas de reformas electorales y programa de lucha se están dando pasos importantes para convertir la revuelta del 18 de abril en una alternativa real de poder.

¿Qué le ha parecido el papel de la Alianza en la negociación?
Creo que ha sido fiel a los principios que ha dicho defender. Logró importantes acuerdos, que Ortega sigue sin cumplir. Ha trabajado con transparencia, con las cartas sobre la mesa, lo que marca una gran diferencia respecto de la corrupta tradición política nicaragüense. Este es un capital político y moral que debe preservarse y agrandarse.

El régimen no dejó entrar a la comisión de la OEA a Nicaragua. ¿Esto qué significa?
Hay que reconocer que el rechazo de Ortega a todo el esfuerzo que ha venido haciendo la OEA ha sido consistente. Cerrarle las puertas a la Comisión fue coherente con sus posiciones; pero muchos pensamos que, en la lógica de ganar tiempo, Ortega iba a entrar en la jugada. En realidad nada perdía con hablar y pedir apoyo a su entendimiento con Luis Almagro para las reformas electorales. Parece que esa línea prevaleció en un primer momento, cuando dieron luz verde para que la Comisión arribara a Managua. En un segundo momento vinieron las consideraciones de seguridad, el temor a que la oposición se tomase las calles, y encendieron la luz roja.

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¿Qué puede provocar?
El problema es que esta negativa a los esfuerzos de la OEA se lleva en el saco también al jefe de Gabinete de Almagro, con quien buscaban negociar las reformas electorales. Almagro no puede actuar al margen de las decisiones de la Asamblea y del Consejo Permanente. Sumado a la suspensión del diálogo interno, el mensaje que da Ortega es de rechazo a cualquier salida político diplomática, una decisión de solucionar la crisis exclusivamente por la vía de la violencia, lo que se lee como una declaración de guerra.

Julio Icaza
Julio Icaza Gallard, ex embajador y ex representante de Nicaragua ante las Naciones Unidas, ONU. Foto/Roberto Fonseca/LA PRENSA.

¿Puede existir un escenario en que el régimen de Ortega pueda permanecer, incluso si es expulsado de la OEA?
La suspensión de Nicaragua de la OEA, con todas las consecuencias políticas, económicas y financieras que eso acarrea, no significa el fin del régimen. Honduras sobrevivió, suspendida por dos años. No estoy seguro de que existan todavía las condiciones para que tal cosa se produzca y ni siquiera que los países lo tengan como objetivo, al menos en este momento.

¿Qué más sanciones se le puede aplicar al régimen de Ortega?
La suspensión de todos los créditos y desembolsos del BM, el BID y el BCIE, como sucedió en el caso de Honduras, más las sanciones que eventualmente podría imponer la Unión Europea, son medidas que pondrían al régimen en serios aprietos. Hay otro tipo de sanciones, como las comerciales, que conllevan consecuencias gravísimas para el país en su conjunto.

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¿Son buenas las sanciones?
Las sanciones individuales, que son las que hasta ahora se han impuesto, no afectan más que a los corruptos sancionados. Otro tipo de medidas, que afectan al país en su conjunto, deben tomarse y ejecutarse con pulso de cirujano, evitando crear un caos económico y social, a fin de que el remedio no salga peor que la enfermedad.

¿Se solucionaría la crisis con más sanciones?
Las sanciones son un medio para empujar hacia una salida negociada y pacífica. No garantizan per se la solución. En el menú, después solamente quedan las medidas del “hard power” (duras), como vemos en el caso de Venezuela con la reciente activación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).

¿Cuál cree usted que debería ser la solución a la crisis?
En los años 80 la situación era mucho peor y al final se encontró la solución con los acuerdos de paz de Esquipulas y las elecciones adelantadas que dieron el triunfo a Violeta Barrios de Chamorro. Las condiciones son diferentes, es cierto, pero esa es la salida.

¿Qué escenarios objetivos puede ver?
Si no se concierta esa salida: un deterioro cada vez más acelerado de la situación. Una africanización: vamos a parecernos cada vez más al reino de Esuatini, la antigua Suazilandia, con la que hemos abierto relaciones diplomáticas y hemos estrechado lazos de amistad y cooperación.

¿Cree que se pueda negociar con Ortega o habrá que derrocarlo?
Se va a sentar a negociar, con el agua al cuello y como siempre con la idea de hacer trampas. Al final no descarto que alguien tenga que darle algún tipo de empujón.

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¿Hay posibilidades de un conflicto armado?
Por el momento son muy bajas. Pero la historia da muchas vueltas. Todo fracaso de las soluciones pacíficas abona a las soluciones de fuerza.

¿Cree que puede haber lugar para una segunda vuelta violenta en el país?
Si continúan cerradas todas las puertas a un arreglo político, si no hay una descompresión del país y no se despeja un poco el horizonte de corto y medio plazo a través de la convocatoria de elecciones bajo estándares internacionales aceptables, el regreso de la violencia, el peligro de una nueva explosión social, estará siempre a la vuelta de la esquina.


Plano personal

Julio Ernesto Icaza Gallard tiene 66 años de edad y es originario de León, Nicaragua.

Estudió Derecho en Valencia, España.

Con su esposa Mercedes, valenciana, tuvo un único hijo llamado Jordi. Tiene dos nietas, Paola, de 8 años y Ariana, de 6 años, que son “la adoración” de los abuelos.

Sus deportes dice que han sido la Literatura y el Arte. Recientemente está interesado en el Siglo de Oro de las Españas, que incluye a los virreinatos americanos.

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Su experiencia política más importante fueron los seis años de trabajo en Naciones Unidas, dos de los cuales fueron en el Consejo de Seguridad.

Como joven de la generación de los años 60, le gustan algunos clásicos del rock, como Los Beatles, Erick Clapton, Blind Faith y Pink Floyd. Desde hace 15 años se ha aficionado al jazz y convertido en un gran admirador de Bill Evans.

A los 25 años conversó con Jorge Luis Borges en el Hotel Palace, en Madrid, sobre su contradictoria relación con Rubén Darío y lo escuchó recitar de memoria el poema “Metempsicosis”.

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