Fe y confianza

Nuestro mundo necesita de gente de fe, de personas capaces de engendrar confianza, y nosotros, los cristianos somos testigos y los testigos no pueden callar

Solitario

La fe es la fuerza de la vida. Es el alma de la vida, el motor que mueve un país y el dinamismo de sus estructuras. Todo va al fracaso, allí donde la fe no está presente. Quien no cree, desconfía y la desconfianza trae consecuencias muy perniciosas para todos. Cuando ya no creemos, ni en nadie, ni en nada decimos: todos son iguales.

Cuando unos esposos no se creen y desconfían el uno del otro, las relaciones no pueden marchar bien ni, por tanto, el hogar. Cuando los padres desconfían de los hijos y los hijos de los padres, la convivencia se hace insoportable en el hogar. Cuando los hombres dejamos de creer en Dios, nos sentimos vacíos y sin muletas para caminar con decisión en la vida. El peor daño que nos podemos hacer es desconfiar, no creer en nosotros mismos, en los demás o en Dios porque entonces los complejos nos dominarán, la autoestima la tendremos por los suelos y nos convertiremos en personas cerradas y fanáticas que no aceptamos a otros en su forma de ser, pensar o actuar. Fe y confianza son dos valores sin los que nada ni nadie puede seguir hacia delante. San Juan, nos dice que “lo que vence al mundo es la fe” (1 Jn. 5, 5).

Nos dice Jesús también: “Todo es posible para aquel que cree” (Mc. 9, 23). Jesús nos invita a recuperar la fe perdida y la confianza en nuestro país, en sus personas, en nuestras familias, en nosotros mismos, en nuestro Dios, en nuestra Iglesia. (Lc. 17, 5-10). La fe nos hará mover montañas (Mc. 11, 23). “Si tuvieras fe como un grano de mostaza, habrías dicho a este monte: “Arráncate y plántate en el mar”, y les habría obedecido” (Lc. 17, 6). La fe nos levantará del pozo en el que hemos caído y nos devolverá la confianza en nosotros mismos. La fe nos devolverá la esperanza, la ilusión en un futuro más lleno de luz, como le decía Dios al profeta Habacuc: “El justo vive por la fe”. (Hab. 2, 4).

Nuestro mundo necesita de gente de fe, de personas capaces de engendrar confianza, y nosotros, los cristianos somos testigos y los testigos no pueden callar; tenemos la misión de sembrar la fe en todos los hombres: “Vayan por el mundo y prediquen el Evangelio…; el que crea se salvará” (Lc. 16, 15-16).

Tener fe y comunicarla es cuestión de vida o muerte, quien pierde la fe, no puede perder más. Cuando la fe, y una fe madura y formada, se adueña de nosotros, somos capaces de cambiar el mundo entero; pero, cuando la fe nos falla, toda ilusión se derrumba y nos paralizamos.

La fe es el motor de la vida que nos hace conseguir aquello que ni nosotros mismos hubiéramos soñado. La fe es la fuerza de la vida. Con toda razón nos dice San Juan: “¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn. 5, 5). Por eso, no podemos sino decir como los apóstoles le dijeron a Jesús: “Auméntanos la fe” (Lc. 17, 5).

El autor es sacerdote católico.

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