¿Tiene límites la resistencia pacífica?

Para ser eficaz la resistencia pacífica requiere, además, operar ante un gobierno situado en un entorno cultural donde exista un mínimo de respeto a la dignidad humana

resistencia pacifica, Nicaragua

Un editorial de LA PRENSA decía recientemente: “Todos los que quieren el cambio democrático en Nicaragua rechazan la violencia y se pronuncian por la alternativa de la lucha pacífica”. Es cierto, como lo es que se nutren de la esperanza que Ortega entre en razón y permita elecciones libres, o una fórmula de transición que conduzca a ellas. Pero ¿qué posibilidades de lucha factible y legítima tendría la oposición si ni en el 2020 ni en el 21, abren los OrMu dichas puertas?

Algunos insistirán en que la lucha pacífica será siempre irrenunciable. Es lo que predicaba Gandhi, el líder que logró que la India se independizase de Inglaterra a través de la resistencia no violenta. Esta alternativa es, indudablemente, el método de lucha más noble, pero para ser eficaz requiere de una masa de militantes no violentos y muy valientes; dispuestos a sufrir toda clase de atropellos, incluso la muerte; algo afín al ejemplo de Cristo; luchar sin agredir ni odiar. Como podrá inferirse, nunca será fácil formar un ejército civil imbuido con esta mística. Pero no es imposible. Lo demostró Gandhi y luego Martin Luther King, el campeón en la lucha por los derechos civiles de los negros norteamericanos.

Para ser eficaz la resistencia pacífica requiere, además, operar ante un gobierno situado en un entorno cultural donde exista un mínimo de respeto a la dignidad humana. Gandhi luchaba contra un imperio civilizado cuyos ciudadanos no podían digerir una represión sangrienta contra resistentes nobles y pacíficos. ¿Hubiese funcionado esta estrategia en la Alemania hitleriana? Jamás. Un régimen, inhumano y brutal, como los nazis, no hubiera tenido empacho en liquidar, sin que le temblara el pulso, a cuanto resistente pacífico alzara la mano. Igual hubiese sido con Stalin.

Es pues un hecho que la resistencia pacífica, aunque sea y con mucho la alternativa más humana y deseable, no es infaliblemente eficaz ni puede erigirse en dogma universal. Con mucha sabiduría, teólogos y moralistas católicos desarrollaron, siglos atrás, la doctrina de la “guerra justa”. Aunque la violencia es de por sí, repugnante, hay circunstancias donde usarla no solo deja de ser inmoral, sino que puede ser una exigencia. El caso típico es el de un padre ante un asaltante que se lanza a decapitar a su hija. Si la única forma de detenerlo es matarlo, no incurre en pecado si lo hace. Más bien sería inmoral no hacer nada. Lo mismo vale para naciones que son atacadas injustamente o para pueblos sometidos a tiranías destructoras.

Habrá que matizar, indudablemente, los aspectos tan complejos de este tema para más tarde abordar el análisis de las condiciones materiales y políticas necesarias para una resistencia violenta eficaz.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: