Un peligro real

El pueblo nicaragüense, tanto urbano como rural, es dado a los levantamientos. Es mucho más aguerrido que el venezolano y por algo ostenta el mayor récord de guerras civiles en Latinoamérica.

oficiales, paz

Es claro como el agua que hay que hacer hasta lo que parece imposible para lograr que Nicaragua encuentre una salida pacífica a su crisis. Porque, si fracasamos, sobrarán quienes empujen la salida que todos sin excepción queremos evitar: la violenta. Por repugnante que pueda sonar, esta es una alternativa que nadie debe descartar como totalmente inviable.

Muchos, es verdad, no la creen posible. No existen, alegan, ni los millones de dólares, ni las armas, ni los países que apoyen alternativas como estas, por tanto no vale la pena darle la más mínima probabilidad. Tienen algo de razón; esas condiciones actualmente no existen. ¿Pero no podrían llegar a existir? Aquí es donde debe hacerse una reflexión fría sobre el escenario que desataría la negativa de los Ortega Murillo a dar comicios libres, o el montar una pantomima de elecciones que los mantenga fraudulentamente en el poder después del 2021. Sus resultados serían tan inevitables como fáciles de predecir: aumento de la furia popular, recrudecimiento de las sanciones, mayor repudio internacional, pérdida dramática de la legitimidad que aún le queda al régimen, mayor estancamiento económico y mayor represión para tapar la olla de presión.

En estas condiciones, con las alternativas pacíficas bloqueadas, habrá naturalmente millares de nicaragüenses que barajarán la posibilidad de recurrir a las armas. Conste que desde ya hay muchos inclinados a hacerlo, pero que están contenidos ante la posibilidad de vencer a la dictadura por medios no violentos. Al ver esfumado este camino no es imposible pensar que un esfuerzo concertado de capitales privados, aportaciones ciudadanas modestas pero numerosas, tanto de la diáspora como locales, más ayuda de algunos extranjeros —podría ser un Bolsonaro, algunos centroamericanos, algún Oliver North, el coronel norteamericano que vendió ilegalmente armas a Irán para financiar a los contras— logren montar un desafío armado al gobierno. En el mercado negro un millón de dólares puede comprar dos mil AK-47.

Evidentemente, los esfuerzos armados pueden fracasar, dejando una terrible estela de zozobra e inestabilidad, como también pueden triunfar, instalando a veces nuevas dictaduras u, otras veces, alumbrando mejores gobiernos. Sus costos son altos y sus frutos inciertos. Lo que no puede negarse es la posibilidad de que ocurran. El pueblo nicaragüense, tanto urbano como rural, es dado a los levantamientos. Es mucho más aguerrido que el venezolano y por algo ostenta el mayor récord de guerras civiles en Latinoamérica.

Considerar esta preocupante posibilidad debe ser un incentivo para esmerarnos en forzar una salida no violenta. Como lo han demostrado autores, como Gene Sharp (De la Dictadura a la Democracia), la lucha pacífica, además de mucho más humana, suele ser más efectiva si se la sabe llevar. Hay que agotar todas sus posibilidades.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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