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Lorna Fitzpatrick, la joven británica que lleva una década mandándose cartas con un preso en el corredor de la muerte

Lorna Fitzpatrick reconoce que fue incómodo cuando su amigo por carta, Bobby Lee Hampton, le envió una nota a su novio diciendo: "Será mejor que la cuides. Estoy en el corredor de la muerte, así que conozco gente"

Un trabajador de la prisión tomó esta foto de Lorna Fitzpatrick y Bobby Lee Hampton. A los visitantes no se les permite tomar fotografías. Cortesía familia Fitzpatrick

Comentar que tienes un amigo por correspondencia y que lo visitas en el corredor de la muerte en una cárcel en Estados Unidos puede hacer que cualquier conversación se detenga.

Una vez, cuando trabajaba en un campamento para niños, Lorna Fitzpatrick vio en una tienda que vendían el tipo de dulces estadounidenses que un conductor de autobús de la prisión había compartido con ella.

«¿Alguien quiere uno ahora o más tarde?», le preguntó a las personas con quienes trabajaba. «Los probé en el autobús hacia el corredor de la muerte«.

«¿Que los probaste dónde?», exclamaron asombrados.

Fitzpatrick, de 21 años, sabe que lo que hace puede causar desconcierto.

Pero, sentada en la cocina con su madre, con un pie apoyado en la silla y abrazándose a su pierna, parece amable y sensata, para nada el tipo de persona que se haría amiga de un hombre sentenciado a muerte por rebelarse o provocar.

«No digo que no sea extraño», concede Fitzpatrick, que vive en Newcastle, una ciudad del noreste de Inglaterra. «Es extraño, pero es realmente agradable».

Aunque reconoce que fue incómodo cuando su amigo por carta, Bobby Lee Hampton, le envió una nota a su novio diciendo: «Será mejor que la cuides. Estoy en el corredor de la muerte, así que conozco gente».

En realidad «no quiso decir eso. Me pareció realmente gracioso», cuenta la joven. Aunque «a mi novio no le pareció tan divertido».

Infancia difícil

Penitenciaría Estatal de Louisiana
La Penitenciaría Estatal de Louisiana es la prisión de máxima seguridad más grande de EE.UU. Getty Images/Giles Clarke

Hampton creció en Louisiana, en el sur de Estados Unidos, junto a sus cinco hermanos. Su madre estaba embarazada cuando su padre fue asesinado a tiros.

A los 12 años, Hampton ya estaba en problemas.

El robo en tiendas fue lo primero, seguido rápidamente por lesiones. Luego, a sus 20 años, su currículum delictivo fue completándose con asalto agravado, robo a mano armada e incitación a disturbios.

Tenía 25 años cuando, en 1995, él y dos primos robaron en una licorería en su ciudad natal de Shreveport, en el noroeste del estado.

Hampton fue condenado por el asesinato en primer grado de un empleado llamado Russell Coleman y condenado a muerte.

La hermana de Coleman reveló con el tiempo que el hecho de que la familia se opusiera firmemente a la pena de muerte aumentó su angustia por la tragedia.

Las declaraciones contradictorias y la ausencia de un testigo clave en el juicio llevaron a una apelación, que fue rechazada por la justicia.

Pero surgió un problema que hizo que las autoridades estatales tuvieran que poner la ejecución de Hampton en espera: el cóctel requerido de drogas letales estaba resultando casi imposible de obtener.

Las compañías farmacéuticas, cada vez más reacias a permitir que sus productos se utilicen para poder aplicar la pena de muerte, tomaron medidas legales para evitar que eso sucediera.

Hampton es también parte de una demanda colectiva que alega que el método de ejecución del estado es inconstitucional.

Mientras tanto, él escribe cartas.

¿Cómo terminaron siendo amigos por correspondencia?

Lorna Fitzpatrick
Lorna Fitzpatrick, que acaba de conseguir un título universitario, dice que la relación que construyó con Hampton es «definitivamente» es un trabajo de los dos. BBC

El intercambio de cartas entre Fitzpatrick y Hampton comenzó gracias a una iniciativa de un grupo eclesiástico de la catedral de Durham, Reino Unido.

Brid, la madre de Fitzpatrick, llevó a la familia a escuchar a la hermana Helen Prejean, una notable opositora a la pena de muerte y autora de Dead Man Walking («Hombre muerto caminando»). Su mensaje: todos los seres humanos son capaces de la redención.

«Todos somos mejores que lo peor que hemos hecho», dice Brid, una católica comprometida. «Obviamente, es un mensaje bastante complejo para transmitir a una niña de 11 o 12 años».

Pero ella sintió que era una lección importante que, si crees en ella, deberías estar preparado para ponerla en práctica.

Así que Brid se inscribió en la organización benéfica LifeLines, que conecta personas por correspondencia con presos en el corredor de la muerte, y comenzó a escribir a Hampton.

Y las pequeñas notas agregadas por Fitzpatrick gradualmente se convirtieron en cartas propias.

«Cuando él respondía, ella compartía las cartas conmigo. No sé qué habría hecho si ella no lo hacía», dice Brid. «Probablemente habría pedido verlas, pero no tuve que hacerlo. No estoy minimizando el hecho de que es algo serio, pero no pensé que fuera peligroso«.

Según Fitzpatrick, lo único que preocupaba a su madre era que las personas pensaran que tenía un romance. La joven de 21 años deja en claro que no es así.

«Alguien se preocupa por mí»

Hermana Helen Prejean
La hermana Helen Prejean actuó como asesora espiritual de dos reclusos condenados a muerte en la Penitenciaría Estatal de Louisiana. PIERRE-PHILIPPE MARCOU/Getty Images

En la actualidad, Fitzpatrick está más ocupada. Acaba de terminar una licenciatura en informática pero, en los primeros años, escribía una carta a la semana, y se cuidaba de no molestar a Hampton con sus historias en libertad.

Ahora escriben sobre cualquier cosa: lo que sucede en sus vidas, lo que los ha hecho felices o los ha entristecido, sus familias, el futuro.

Hampton guarda las cartas. «Las releo para recordarme que alguien se preocupa por mí», dice.

«Eso fortalece mi fe y mi esperanza. La idea de saber que se preocupan por mí y que no son críticos conmigo. Sus visitas significan todo para mí».

También llama por teléfono, lo que puede ser una experiencia hasta compartida con los otros presos. Fitzpatrick cuenta que Hampton la llama Missy Moo y que cuando está al teléfono «todos los otros muchachos en el corredor gritan desde sus celdas, «Hola Missy Moo'».

Hampton lleva en prisión por casi un cuarto de siglo. En la última década, Fitzpatrick le enseñó sobre emojis y hashtags —«realmente no los entiende», dice— y le explicó las novedades como Netflix y Spotify.

«Es como un hombre atrapado en el tiempo«, cuenta.

Ciudad prisión

Imagen satelital de la Penitenciaría Estatal de Louisiana.
La Penitenciaría Estatal de Louisiana está bordeada por el río Mississippi en tres lados y un bosque en el cuarto. Google

Ubicada en un meandro del río Mississippi y con 73 kilómetros cuadrados, la Penitenciaría Estatal de Louisiana es la prisión de máxima seguridad más grande de Estados Unidos.

Alberga a más de 6.000 prisioneros y casi 2.000 empleados.

Conocida por el nombre de la antigua plantación de esclavos que ocupó ese territorio en el pasado, Angola, la cárcel es como una ciudad.

Hay una granja, viviendas para el personal, una oficina de correos, una iglesia, un cementerio y un campo de golf.

Hasta hubo un escuela para los hijos de los guardias de la prisión.

Hoy tiene su propio museo y una tienda de regalos que vende tazas y lápices con la inscripción del nombre de la cárcel.

Visitas

Un prisionero camina a través de una sección cercada hacia una torre de guardia en la Penitenciaría Estatal de Louisiana, también conocida como Angola.
La cárcel recibe el apodo «Angola» y alberga a 6.000 prisioneros. Getty Iamges/Giles Clarke

La primera visita de Fitzpatrick a la cárcel en 2012 fue idea suya.

Su familia tenía planeadas unas vacaciones en Filadelfia y ella sugirió el desvío de unos 2.000 kilómetros.

Las autoridades de la prisión dijeron que era «realmente encantador» que vinieran desde Inglaterra.

El personal fue «muy agradable», pero Fitzpatrick se sorprendió de que no se les pasara por la cabeza que su familia podría oponerse a la pena de muerte.

Brid recuerda el momento de ingreso a la prisión, cuando las puertas de entrada automáticas te atrapan, y brevemente, quedas entre dos cercas de eslabones de cadena, una experiencia que ella describe como «muy escalofriante».

Cementerio de la Penitenciaría Estatal de Louisiana.
La prisión es una de las pocas en Estados Unidos que tiene su propio cementerio, y entierra a unos 30 internos al año cuyos cuerpos no son reclamados por la familia. Getty Images

La familia fue revisada, expuesta a rayos X e inspeccionada por un perro al que Fitzpatrick, quien tenía entonces 14 años, quiso acariciar pero no pudo.

Luego tomaron un autobús de la prisión para un trayecto de media hora hasta la zona en la que se ubica Hampton.

«Éramos los únicos blancos en el autobús, y los únicos en bajar en el corredor de la muerte», describe Lorna.

«Sentíamos que nos estaban juzgando incluso aquellos que visitaban a sus familiares presos».

La primera visita fue sin contacto, «como se ve en las películas», dice Fitzpatrick, con un vidrio y teléfonos a cada lado.

En unas pocas semanas, en lo que será su tercer viaje, a la familia de Fitzpatrick se le permitirán tres visitas de contacto. Esto implicará reunirse con Hampton para comer, jugar a las cartas y hablar.

Los abrazos solo se permiten al principio y al final de la visita.

Ni Fitzpatrick ni su madre buscaron a Hampton en internet. La joven ni siquiera leyó su expediente. Aunque primero que todos le preguntan, cuenta con un suspiro, es: «¿Qué hizo él?»

«La razón por la que le escribimos a Bobby es porque él es mucho más que el motivo por el que sea que esté en prisión«.

«Bobby no niega haber estado en esa tienda. Él tenía un arma y estaba robando a alguien. Pero creo que la prisión ha sido una experiencia realmente reformadora».

«No hubiera querido que el viejo Bobby viniera a mi casa. Ni que fuera mi amigo», analiza Fitzpatrick.

«¿Pero el Bobby actual?»

«Sí», dice.

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