En memoria de un amigo excepcional

Adolfo era un hombre extraordinario y un amigo excepcional. Nació en Managua en 1936. Estudiaba en México en 1958 cuando se enroló en la guerrilla de Ramón Raudales

Adolfo Évertsz Vélez murió el martes 8 de octubre, en México, donde visitaba a sus hermanos. El viernes 11 fue sepultado en Managua.

Adolfo era un hombre extraordinario y un amigo excepcional. Nació en Managua en 1936. Estudiaba en México en 1958 cuando se enroló en la guerrilla de Ramón Raudales, antiguo general del Ejército de Sandino. Raudales murió pronto en combate y la guerrilla, descabezada, se dispersó.

Un año después Adolfo se sumó a la guerrilla de El Chaparral, en la cual resultó herido Carlos Fonseca Amador. Diezmados los guerrilleros por el Ejército de Honduras, Adolfo fue uno de los sobrevivientes. De regreso en Nicaragua se afilió al Partido Socialista Nicaragüense (PSN) y en 1961 fue elegido secretario general de la Juventud Socialista. Dos años después se fue a Moscú a estudiar “ciencias políticas”, eufemismo por marxismo leninismo.

Adolfo participó en la Unión Democrática de Liberación (UDEL), la alianza pluralista que fundó el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Y cuando triunfó la revolución sandinista, en 1979, fue nombrado director de la división de avicultura del Ministerio de Desarrollo Agropecuario y Reforma Agraria (Midinra).

Adolfo se decepcionó de la revolución sandinista, por su deriva totalitaria y en las elecciones de 1984 fue candidato a la vicepresidencia de la República por el PSN, como compañero de fórmula de Domingo Sánchez Salgado, Chagüitillo. Después participó en la UNO, que ganó las elecciones del 25 de febrero de 1990 con doña Violeta Barrios de Chamorro como candidata presidencial. En esas elecciones fue elegido concejal de la Alcaldía de Managua, pero doña Violeta lo nombró embajador de Nicaragua en Rusia, cargo que desempeñó durante todo el período de la dama presidenta.

Adolfo nunca dejó de ser un luchador por la libertad y la democracia. En las grandes manifestaciones populares después del estallido social de abril del año pasado, se le vio marchando y enarbolando la bandera azul y blanco de Nicaragua. Pero mucho más importante que la afinidad política e ideológica con Adolfo Évertsz era nuestra amistad, que se mantuvo intacta a pesar de todas las turbulencias de la vida. Porque es cierto lo que dijera Miguel de Cervantes: que las amistades verdaderas nadie las puede turbar. Doloroso, pero igualmente cierto es que cuando un amigo muere es algo de uno mismo que muere, dicho por Gustave Flaubert.

Adolfo, además de haber sido un gran amigo fue también mi padrino. ¡Tres veces padrino! Primero, cuando me casé con Hortensia Rivas Zeledón, en 1967; después, cuando cuarenta años después renovamos el voto conyugal, en 2007. Y finalmente, cuando celebramos las bodas de oro matrimoniales, en 2017. Entonces, ¿cómo no sentir una gran tristeza por la muerte del inolvidable amigo Adolfo Évertsz Vélez?

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