El inconsciente socialista y Chile

Si se abandona la cultura al predominio de las ideas socialistas, nadie puede quejarse de que surjan populismos y reacciones destructivas

juicio de Dios

Algo común en la mayoría de las interpretaciones sobre las explosiones sociales es creer que estas responden siempre a injusticias o defectos de sistema. Jeffrey Sachs, en Why Rich Cities Rebel (22/10/2019) las atribuye a “baja confianza social, mucha desigualdad, y una sensación generalizada de falta de equidad”. Son pues reacciones, supuestamente justificables, que indican que son los gobiernos o sistemas los que deben cambiar. Si esto ocurriera las multitudes no se lanzarían ni a las calles ni al saqueo.

Uno de los pocos en criticar esta visión ha sido Fernando Mires. En su artículo Chile; el Estallido (24/10/2019), demuestra lo erróneo que es asumir que “todo lo que ocurre en la superficie social o política debe tener un origen económico”. La realidad es mucho más compleja y multicausal; no puede reducirse a la socorrida desigualdad —que en Chile es menor que en muchos de sus vecinos— ni a probables conspiraciones. Sin perjuicio del impacto que estos factores puedan tener, hay otros de gran importancia que no deben subestimarse. Uno de ellos es el poder de las ideologías.

Consciente o inconscientemente, gran parte de los universitarios, del clero, de los periodistas, y de las élites intelectuales y obreras, piensan como socialistas. Ya desde 2009 Axel Kaiser advertía en su libro La Fatal Ignorancia, como el ideario izquierdista iba predominando en la sociedad chilena. Puede que sus portadores no lo adviertan, o que no siempre voten izquierda, pero sus marcos mentales comparten sus premisas o prejuicios: una profunda desconfianza o antipatía hacia el sistema de libre empresa y un anhelo igualitario favorable al estado interventor y distributivo.

Un derivado pernicioso de esta perspectiva es pensar que la responsabilidad personal no tiene mayor impacto en las vidas individuales. Uno siempre es víctima y nunca coautor de sus propias miserias; yo tengo derecho a que el estado satisfaga todas mis necesidades. Si no lo hace el “sistema” es el culpable. El Estado, el gobierno, “las oligarquías”, se convierten fácilmente así en chivos expiatorios de casi todos los malestares sociales, aún de aquellos causados tanto por factores exógenos (malos precios de las exportaciones, sequías, etc.) como personales (flojera, falta de iniciativa, vicios, etc.). ¿Cuál es entonces, la solución?: los Estados salvadores.

Kaiser culpa a la derecha chilena de haber menospreciado la importancia de la lucha ideológica. Si se abandona la cultura al predominio de las ideas socialistas, nadie puede quejarse de que surjan populismos y reacciones destructivas. Esto no quiere decir que no haya gobiernos detestables que merezcan ser blanco de la ira colectiva. Es solo una advertencia de que no todas las iras son iguales ni todas las multitudes justas. Un griterío popular fue el que liberó a Barrabás y condenó a Cristo.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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