Sepulturas sin quietud

Aún muertos, los dictadores siguen encarnando el poder que tuvieron en vida; odiados, o temidos, por mucho que la losa que los cubre sea pesada, vuelven a salir de sus sepulcros

sepulturas, dictadores

Tras dejar su antiguo domicilio bajo la pesada losa de granito en la cripta del Valle de los Caídos, el generalísimo Franco se ha acercado a un vecindario de viejos conocidos en el cementerio de Mingorrubio, entre ellos el también generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Si ambos quisieran visitar a amigos comunes un domingo cualquiera, tendrían que ir, por ejemplo, hasta el cementerio de La Paz en Alcobendas para ver al general Marcos Pérez Jiménez, dictador de Venezuela; o hasta el cementerio de San Isidro, para encontrarse con Fulgencio Batista, el sátrapa cubano. Siempre tendrán mucho de qué hablar.

Trujillo vino a reposar finalmente en Mingorrubio tras muchos avatares. Muerto a balazos en 1961, fue desenterrado con urgencia de su tumba. Su familia, en plan de fuga, no quiso dejarlo atrás, y su cadáver anduvo a la deriva por el mar de las Antillas como pasajero de su yate de vela Angelita, hasta que recaló en París, en el cementerio de Pére Lachaise, vecino provisional del mariscal Ney.
Cuando Anastasio Somoza Debayle, el último de la dinastía de medio siglo, tuvo que irse de Nicaragua en 1959, inminente el triunfo de la revolución, mandó a desenterrar una medianoche los cadáveres de su padre, Anastasio Somoza García, y de su hermano, Luis Somoza Debayle, para llevárselos consigo a Miami.

Otros dictadores son sacados de sus sepulcros no para ser transportados al destierro, sino para traerlos de vuelta con honores al suelo natal. Es lo que pasó con el general Jorge Ubico, de Guatemala, quien se vestía de casaca y tricornio, como Napoleón, y se peinaba como Napoleón.

Depuesto en 1944, murió en Nueva Orleáns. Pero en 1954 los militares admiradores suyos regresaron al poder con el coronel Carlos Castillo Armas, a quien, dicho sea de paso, mandó a asesinar Trujillo en 1957, vendettas entre tiranos. Uno de sus sucesores, el coronel Enrique Peralta Azurdia, hizo repatriar el cadáver de Ubico, y el avión que lo traía de vuelta fue escoltado por una cuadrilla de cazas de la fuerza aérea. Ahora está sepultado en el Cementerio General de Guatemala.

Uno que aún no puede volver es el dictador mexicano Porfirio Díaz, quien siguió el camino del exilio en 1911, ante el avance de las fuerzas revolucionarias que buscaban su derrocamiento. Muerto en París en 1915, ya anciano, está enterrado en el cementerio de Montparnasse.

Sepultados en secreto, desenterrados, vueltos a enterrar. Desaparecidos de sus tumbas, como el doctor Francia, Dictador Supremo de Paraguay, inhumado “en veinte y dos de septiembre de 1840… en el Presbiterio de la Iglesia de la Encarnación… con vigilia y misa de cuerpo presente”. Ahora no se sabe qué se hicieron sus restos.

Aún muertos, los dictadores siguen encarnando el poder que tuvieron en vida; odiados, o temidos, por mucho que la losa que los cubre sea pesada, vuelven a salir de sus sepulcros porque el terror, y la degradación, las humillaciones, la adulación, no es fácil enterrarlas para siempre. Más allá de las ideologías, en este siglo y en los anteriores, los déspotas nunca dejan de parecerse entre ellos, desde luego que las reglas del poder absoluto son las mismas.

Alejo Carpentier, en El recurso del método, retrata a un tirano de esos: “Tumbamos a un dictador —dijo el Estudiante—, pero sigue el mismo combate, puesto que los enemigos son los mismos. Bajó el telón sobre un primer acto que fue larguísimo. Ahora estamos en el segundo que, con otras decoraciones y otras luces, se está pareciendo ya al primero…” Lo que aún no hemos podido enterrar es el pasado.

El autor es escritor. Bogotá,
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