Juan Carlos da continuidad a la poesía política en un país que sangra por sus cuatro costados

Desde el inicio de las protestas Juan Carlos, autor del poemario "Versos Azules & Rimas Blancas", supo acompañar el dolor de las madres de abril. Su sensibilidad no podía ser ajena a la sangre derramada

La poesía, el más alto de los cantos

Es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz.  (José Martí) 

I

No ha existido un solo momento de nuestra historia, que los poetas no hayan elevado su voz para cantar las hazañas de hombres y mujeres consagradas a luchar a campo raso por ver a Nicaragua libre del oprobio y la ignominia. Un país cargado de dicha y dignidad.

En el torrente poético caben heroínas y héroes anónimos. Los que desafiando toda adversidad entregaron sus vidas sin esperar nada a cambio. Lo hicieron porque estaban convencidos de la necesidad y urgencia de una transformación sustantiva en el destino de Nicaragua.


Presentación del poemario «Versos Azules & Rimas Blancas», de Juan Carlos Duarte, miércoles 13, a las 4:00 p.m., en la sala de la galería del Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra. Entrada gratis.


La llamada poesía política nicaragüense tiene un largo recorrido en la historia patria. A través de sus poemas tratan de inmortalizar la gesta de quienes tuvieron el arrojo de comprometer vida y libertad en la búsqueda de un futuro promisorio para todos los nicaragüenses.

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Su canto se puede rastrear desde finales del siglo diecinueve, Rubén Darío, nuestro paisano inevitable, será el primero en enfrentar a los bárbaros fieros. En su canto «A Roosevelt», el poeta nicaragüense más universal, desafía al coloso del Norte.

Para Darío no había manera que pudiesen someternos a sus designios. Con voz vibrante y una gran rebeldía advierte para la posteridad: «Tened cuidado. ¡Vive la América española! /Hay mil cachorros sueltos del León Español. /Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo, /el Riflero terrible y el fuerte Cazador, para poder tenernos en vuestras férreas garras. /Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!».

Darío el poeta menos comprometido con su canto en las luchas políticas, se mostró sensible ante el ascenso del águila imperial. Dejó constancia en su poesía de su oposición a sus enormes deseos de engullirnos.

Los poetas tienen más de un siglo de haberse plantado frente a los acontecimientos históricos, ansiosos por encontrar el hilo de Ariadna que nos redima. La exclusión política ha sido norma en Nicaragua. Los gobernantes solo atienden a su clientela.

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Multitudinaria marcha del Día de la madre el 30 de mayo del 2018. Madres y familiares portan esta manta para recordar que “Nicaragua está de luto”. Año y medio después la represión continúa. LA PRENSA/Archivo/Jader Flores

Con la mirada fija hacia el mañana, nuestros creadores se han convertido en entusiastas cantores del porvenir. En su ánimo no tiene cabida el desaliento. Avizoran un horizonte lleno de esperanza y alegría. Para ratificar que la muerte de quienes se inmolaron durante las jornadas cívicas de abril de 2018 no fue una muerte inútil, se meten en los entresijos de lo ocurrido para testimoniar con agudeza, que con su hidalguía señalaron el camino de la libertad. Ante un presente lleno de espinas e incertidumbres entregan su aliento, sin albergar dudas que su lucha será exitosa.

La lucha guerrillera del general Augusto Nicolás Sandino —Augusto César, como recoge su nombre la historia— abriría paso a esta creatividad desbordante. En poemas, canciones, corridos y coplas, vocalizaron sus acciones contra el invasor. Sandino sigue siendo fuente de inspiración después de casi un siglo.

El poeta masayés, Ernesto Mejía Sánchez, radicado para siempre en México, fue el primero en hacer una compilación (1950) de la poesía política nicaragüense. Las tropelías cometidas por la dinastía somocista, durante cuarenta y tres años (si tomamos como punto de partida el golpe de Estado que propinó Anastasio Somoza García en 1936 a su tío político, el presidente Juan Bautista Sacasa), pueden verse retratadas en cada uno de los centenares de poemas y canciones escritos contra la dinastía.

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Veinte y nueve años después, cuando la guerrilla sandinista luchaba en todos los frentes para deponer al último representante de la dinastía, general Anastasio Somoza Debayle, el poeta granadino, viviendo entonces en México, Francisco de Asís Fernández, elaboró una antología de la «Poesía Política Nicaragüense«, (1979).

Un vasto mural donde decenas de poetas cantan la desdicha y sinsabores de nuestro pueblo. Dentro de esa marejada resaltan los nombres de Manolo Cuadra, Ernesto Cardenal y Leonel Rugama. Las desventuras políticas son tierra fértil para que los creadores vuelquen su canto.

En este apretado registro —por razones obvias— cabe mencionar el nombre de Daniel Ortega Saavedra. Sometido a las crueldades del somocismo en la Cárcel Modelo de Tipitapa (1968-1974), enrostró al déspota su trato inhumano con los detenidos. Su poema «En la prisión» compendia todas estas atrocidades. Hoy Duarte le recuerda ser el responsable de los sufrimientos de las madres por la muerte de sus hijos.

II

Con estos antecedentes históricos, era inevitable que la insurrección cívica iniciada por los estudiantes universitarios en abril de 2018, abriese las puertas para dar paso a nuevas expresiones creativas: poesía, pintura, teatro y música. La lucha desigual siempre ha sido motivo para pulsar la cítara. A esta nueva marejada se suma el poeta Juan Carlos Duarte.

Desde el inicio de las protestas, Juan Carlos supo acompañar el dolor de las madres de abril, fecundó con su canto la desaparición de sus hijos. Junto a Gioconda Belli y Luis Rocha —dos poetas consagrados— Juan Carlos dejó sentir su llanto. Su sensibilidad no podía ser ajena a la sangre derramada. Su pluma desde entonces no ha conocido sosiego. Siente en carne propia las heridas abiertas en el corazón de la patria. En sus poemas brotan los sueños y esperanzas de su pueblo.

Desconozco si Juan Carlos tuvo oportunidad de leer el poema «En la prisión», aunque no era necesario haberse asomado a este llanto lastimero, para componer una elegía similar. En todas las épocas de la historia patria los prisioneros han sido objeto de escarnio, burla y abyección. El parentesco del poema «Versos de la prisión» de Juan Carlos Duarte con el poema de Ortega salta a la vista.

En su condena a la infamia, Ortega ofrece un retrato de las vejaciones recibidas en las cárceles somocistas: «Patéalo, así, así /en los güevos, en la cara /en las costillas. /Pasá el chuzo, /la verga de toro, /hablá, hable hijueputa, / a ver, el agua con sal, /habláaaaaa, que no queremos joder…».

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Juan Carlos suscribe: «Hay garabatos escritos /de imposible descifrar, /consignas, dolor y gritos /de las almas del penal». El sufrimiento de todo prisionero siempre es igual.

No hay forma que quien dejó escrito para el mañana, los golpes y patadas recibidas (a Ortega le partieron la frente), debido a su actuación, no asuma la responsabilidad que le asiste ante el desconsuelo de las abuelas, madres y hermanas de los detenidos en las cárceles sandinistas.

Él más que nadie conoce los sinsabores de la cárcel. Las vicisitudes sufridas por doña Lidia y las idas y venidas de don Daniel clamando por su libertad. ¡Yo fui testigo! No exagero cuando reafirmo las similitudes entre los poemas de Ortega y Duarte. El dolor de los prisioneros de ayer es idéntico a la angustia que sufren los detenidos de hoy.

Juan Carlos lo dice en versos estremecedores: «Entre grietas y ranuras/ se deshoja cada flor/ con la hiel de las torturas/ y los cánticos de amor». Ortega vivió un horror parecido: «Apriétenle las esposas/ metánlo en la chiquita, /te vas a comer tu propia/ mierda cabrón». ¿Cómo no comprender el llanto de un pueblo por los detenidos?

En «Versos Azules & Rimas Blancas», Juan Carlos Duarte como todo vidente desde Arthur Rimbaud, es capaz de otear el horizonte. Ver el mañana. Los poetas no solo son capaces de cantar la llegada de un mundo nuevo, también tienen la oportunidad de visualizarlo. Lo perfilan. Lo comparten con nosotros, insuflándonos oxígeno para que no desfallezcamos.

Insiste en decirnos en su poema «La tarde oscura«: «Era la tarde más triste/ cuando las balas se oían, / dejando muerte en mi tierra/ y una nación dividida, con el propósito de recordarnos que pueden marchitar la rosa, pisotear el suelo, pero hay semillas que brotan/ y se elevan hasta el cielo», (o en «Anhelos»), justo recordatorio para los indiferentes.

A quienes poco importa tanta sangre derramada. Dar la espalda a la historia es condenarse a padecer los abusos de los poderosos. Avalar el maltrato.

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En donde se aprecia mejor el estilo inconfundible de Juan Carlos Duarte es porque regresa, vuelve al olvidado arte de versificar en métrica, una modalidad que pone en alto relieve su condición de creador. Muy pocos poetas en el presente se lanzan a escribir de esta manera. La sonoridad de su poesía está en relación directa con el uso de la métrica. ¿A eso se debe su tributo a nuestro bardo mayor?

En sus tribulaciones Juan Carlos invoca a Rubén Darío, como reconocimiento al padre y maestro mágico, muy siglo diecinueve y muy siglo veintiuno. Empalma su invocación con la fatalidad, esa quimera a la que Darío tuvo en su carcaj. «La cabeza de Rubén/ me mira y quiere llorar, / una mesa de cortés/ le sirve de pedestal».

Los ecos del poeta de «La marcha triunfal» son trasvasados en su «Oda a Rubén». Tiene presente la luminosidad de la poesía Dariana: «Entre sombras puedo ver/ una figura bestial, /aplastada por mi fe/ como serpiente infernal».

Divido en tres estancias, el libro en toda la primera parte —»Cuando pienso mi alma vuela bajo un sol de libertad»— está consagrado a evocar y rememorar las luchas emprendidas por los nicaragüenses en esta segunda década del siglo veintiuno. Juan Carlos da continuidad a la poesía política en un país que sangra por sus cuatro costados.

En su largo peregrinar todos los actores de la contienda tienen cabida. A quienes corriendo riesgo de perder sus vidas, caer prisioneros, ser vejados, agredidos y calumniados, como de aquellos que empujados por la rabia de los gobernantes, salieron precipitados camino del exilio, dejando atrás a sus seres queridos.

Alza su mirada para que nadie quede fuera de su homenaje. Esa muchedumbre deseosa de una patria liberada donde el disentimiento no provoque la ira de quienes detentan el poder político.

Masaya y Monimbó, inclaudicables en su trajinar, entran por derecho propio en su cántico. Sus poemas vienen a sumarse a las composiciones musicales de los hermanos Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy y de tantos otros, que han cantado a esa ciudad indomable:

Vamos mi pueblo guerrero
que todo puede cambiar,
deja que encienda primero
el fuego de libertad.

Yo te aliento en este canto,
entre caites y güipil,
Monimbó, te quiero tanto
Porque vos sos siempre abril.

Vamos que allá está mi madre
y tu hijo quiere soñar;
que no derramen la sangre
de nuestro pueblo jamás.

Juan Carlos reitera en sus poemas las palabras flor, rosas, azul, libertad, cielo, luz, patria, exilio, Dios, campesinos y paz. En su poema «Luto en la montaña», alude a la flor en estos términos: «Una flor lleva en su pico, / volando hacia la ciudad».

Con relación al exilio forzado de centenares de miles de nicaragüenses apunta: «Hoy me embriagan los recuerdos/ cuando escucho esta canción, / ni tus manos, ni tus besos/ traje conmigo mi amor».

El poeta sabe interpretar la lucha campesina. Con absoluta certeza, en su poema «Mire», dedicado a una de estas luchadoras, expone: Mire amiga campesina, / ya pronto va amanecer; / venga conmigo sonría,/ la milpa va a florecer.

El canto de Juan Carlos nos acerca al mañana. En esta visión radica la esencia de todo poeta cantor de la libertad. Ven lo que otros no somos capaces de percibir, mucho menos de sentir.

Los otros dos apartados que componen «Versos Azules & Rimas Blancas» —»De la vida y el amor» y «Versos irreverentes»— también fueron escritos durante estos meses de opresión y rebeldía. En versos que revelan la influencia de Pablo Neruda, el poeta chileno del amor, Juan Carlos canta a su amada. La sienta a su regazo para que pueda escuchar y comprender que él es todo suyo.

En los pequeños reposos, como todo buen poeta, deja que el canto filtre su alma enamorada. Se inscribe dentro de la corriente amorosa que piensa que en las relaciones afectivas debe privar el amor sobre cualquier infortunio.

«Jamás importe la gotera/ ni las paredes de cartón», le recuerda a su amada, para luego añadir convencido: «siempre que en nuestro pecho llueva/ dulzura, respeto y pasión». No cree que exista otra manera de entregar su ardor y cariño. Es un totalitario del amor.

Esta misma intensidad revelan los veinte poemas que componen «Cuando pienso mi alma vuela bajo un sol de libertad». Todo en Juan Carlos es pasión y entrega. Como buen hijo de Camoapa, puerta abierta a la montaña, en su poema «A flor de pino» hace emerger la figura imperecedera de Augusto Nicolás Sandino.

Un poeta más que reconoce en su canto, la posición política consecuente e irreductible del héroe de Las Segovias. Su actuación fue de una sola cara. Selló con su vida sus más caros anhelos: «Es Sandino aquel gigante/ que habla bajo y piensa fuerte; / dio su vida por delante, / aunque el precio fue la muerte».

Juan Carlos enaltece la lucha de Sandino, como sabe enaltecer por igual, las batallas libradas durante más de un año, por millares de nicaragüenses que mantienen en alto su estandarte de lucha. Los imprescindibles de quienes hablaba Bertolt Brecht.

Hay cuatro versos de Juan Carlos que resumen su actitud y religiosidad cristiana. Su poema «Tango para volver», lo remata con los siguientes versos:

Que soy un vándalo dicen
por pensar muy diferente
y por eso voy ausente
de mi patria sin razón.
Si pronto vuelvo, me esperas,
No quiero vivir tan lejos,
Que el milagro lo haga Dios.

Duarte sabe que el poeta no puede callar su compromiso con las personas perseguidas y detenidas. Sería una traición a su fe. Darle las espaldas al presente equivaldría a renunciar a su condición de creador. Especialmente con aquellos que entregaron todo a cambio de que en Nicaragua el sol nos ilumine a todos por igual.

Los jóvenes universitarios al hacer uso de los derechos a marchar y de la libertad de expresión —sin tener que pedir permiso a nadie— fueron violentamente reprimidos.

A muchos su rebeldía le costó la vida, otros fueron a parar a las cárceles. Más de sesenta mil se refugiaron en los países vecinos, otros salieron rumbo a Estados Unidos y España. Una vez más la diáspora como en los años ochenta del siglo pasado. El país volvió a quedar partido en sus afectos. Como el resto de nicaragüenses, el poeta de Camoapa, sintió el deber de ejercitar su derecho a la palabra.

Como apunta Ludwig Feuerbach, Juan Carlos está persuadido como todo buen cristiano, que no debe hacerse proselitismo únicamente llamando a las ovejas a ganarse el reino de los ci0-elos, cuando queda todo por hacer para ganarse el reino de la tierra.

Esculpió con ternura un libro comprometido y comprometedor, para que no quedase duda de la naturaleza de su compromiso como poeta.

«Un pedazo de abril», contiene unos versos transidos de esperanza, seguro como está de la posición inclaudicable del pueblo nicaragüense:

Quiero tomar mi guitarra
y a tu lado amanecer;
el dolor pesa en el alma,
pero no pierdo la fe.

Donde quiera que me encuentre
llevo un pedazo de abril,
con la fuerza de mi gente
que lucha para vivir.

 

(Juigalpa-Chontales. Calle Palo Solo. Septiembre, 2019. Mes de la patria)

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