Los miedos del Comandante

Uno de ellos procede de conocer el odio que ha sembrado. En Washington uno puede circular frente a la Casa Blanca. No así frente a El Carmen.

oficiales, paz

Daniel Ortega es un hombre con muchos miedos. Pedro Joaquín Chamorro B., en un artículo reciente, decía que uno de ellos, quizás el dominante, es el miedo a perder el poder. Seguro. La mera idea de estar en la llanura, como cualquier otro ciudadano, debe hacerle temblar. De aquí que prefiera hambrear al pueblo nicaragüense antes que verse privado de la coraza protectora que le brinda su poder.

Tiene además otros miedos muy visibles. Uno de ellos procede de conocer el odio que ha sembrado. En Washington uno puede circular frente a la Casa Blanca. No así frente a El Carmen. Allí son testigos de su terror las docenas de calles bloqueadas en un perímetro kilométrico, los centenares de guardias con AK, las barreras de piedras canteras, y los miguelitos gigantes con púas de acero.

Veamos también como se desplaza; como ningún otro mandatario lo ha hecho en doscientos años de historia: escoltado por docenas de patrullas policiales y desplegando centenares de agentes armados a lo largo de sus rutas. En una ocasión hasta usó helicópteros artillados. Nada que ver con sus antecesores, que a duras penas andaban acompañados. Aún el último Somoza, catalogado en los textos oficiales como “déspota despiadado”, andaba con menos de un tercio de la protección policial de Ortega.

Otro gran temor del comandante son las conferencias de prensa. El parece seguro en sus monólogos cansones, ante audiencias cautivas. Pero le espanta la idea de enfrentar una batería de periodistas independientes. Por eso no ha dado ninguna en sus muchos años de poder. Quien vive en la sombra y en las mentiras no puede exponerse al escrutinio público.

Lo acobardan también los debates. Esa sana costumbre de las democracias, donde los aspirantes al poder deben trenzarse en discusiones públicas con sus contrincantes, es algo a lo que el dictador no se atrevería jamás. Le faltan argumentos, no tiene el arte de hablar rápido, conciso y al grano; carece de chispa e ingenio y debe pensar cada frase tras largas pausas. En un debate se le agotaría el tiempo y quedaría noqueado.

Otro de sus horrores: competir en elecciones libres. Sabe que estas le llevarían a lo que en su teología política es el infierno: perder el poder. Por eso, antes que permitirlas prefiere enfrentar sanciones, que la economía se estanque y que se multipliquen los pobres y desempleados. El problema es que esta realidad le produce otra pesadilla temible: que la lealtad del Ejército, burocracia, y cuadros partidarios, fáciles de conservar cuando hay mucho que disfrutar, se vaya a rajar cuando se convenzan de que con él no hay futuro, ni para el país, ni para ellos. Puede que no duerma tranquilo.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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