El caso de la madre que vengó a su hijo usando el mismo cuchillo con que lo mataron

Eran mejores amigos hasta el día en que ocurrieron los crímenes. Murieron en la misma mañana. A Raúl Torres lo mató Ezequiel Obregón; a Ezequiel, la madre de Raúl

hijo , Managua. crímenes

Isabel Cuadra, de 53 años, rindiendo declaraciones en el Juzgado Primero del Distrito del Crimen, en Managua, luego de dar muerte al hombre que mató a su hijo. Junto a ella está su abogado. La foto es del 8 de noviembre de 1960.

Cuando comenzaron las investigaciones nadie pudo decir a qué se debió la pelea, ni cuál de los dos muchachos la había iniciado. Todos sabían que Raúl Torres y Ezequiel Obregón eran mejores amigos, compañeros de trabajo en el Rastro Público de Managua y de tragos en El Ancla de Oro, la cantina donde la mañana del lunes 7 de noviembre de 1960 sucedieron los hechos que hoy narramos.

Era sabido, también, que Raúl poseía unos imbatibles puños de hierro; por eso muchos dedujeron que si Ezequiel lo atacó con un cuchillo fue porque sabía que no podría vencerlo a puñetazos. Era un cuchillo marca Angelito. Acero inoxidable, doce pulgadas de largo por una y media de ancho. Un cuchillo de matarife diseñado para atravesar los huesos de las reses sin sufrir mella.

Los jóvenes que protagonizaron esta historia tenían cerca de 24 años y eran ayudantes de matarife. Trabajaban de doce de la noche a cinco de la mañana en el ruinoso edificio del rastro, ubicado en el barrio Acahualinca, casi en la costa del Xolotlán. «Un club donde hombres curtidos por un oficio duro se reunían a altas horas de la noche para destazar reses y darse las más pesadas bromas o contarse las últimas aventuras en el burdel de Emilio», relata el periodista Anuar Hassan, recordado por sus notables crónicas sobre crímenes famosos, en el texto «Era como su hermano pero lo mató», publicado en LA PRENSA el 28 de marzo del 2000.

En un mes, dice Hassan, los ayudantes de los matarifes podían ganar hasta dos mil córdobas, una paga bastante generosa en aquella época, y debido a ese «exceso de dinero» la mayoría de los hombres que se dedicaban al oficio eran amantes de la botella. Raúl y Ezequiel no eran la excepción. De hecho, según los reportes periodísticos de noviembre de 1960, tenían varios tragos entre pecho y espalda cuando la discusión empezó.

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Hasta ese día los amigos habían sido tan cercanos que en una ocasión, cuando Ezequiel se quedó sin trabajo, la madre de Raúl, doña Isabel Cuadra, le dio posada en su casa, acogiéndolo como un miembro más de la familia.

«Raúl y Ezequiel se quisieron siempre como dos hermanos. Ezequiel era un muchacho trabajador y respetuoso. Durante el tiempo que vivió en nuestra casa nunca tuvimos una queja de él. Fue la fatalidad del alcohol lo que causó esta tragedia», declaró la señora de 53 años, cuando fue puesta a la orden de los Tribunales Comunes luego de dar muerte a Ezequiel con el mismo cuchillo que él usó para matar a Raúl.

Crímenes

Los hechos sucedieron frente a la taberna El Ancla de Oro, antes de que el reloj diera las 10:00 de la mañana. Raúl y Ezequiel tenían por costumbre beber tanto en la mañana como en la noche y ese lunes, al calor de los tragos, se enfrascaron en una violenta riña.

Luego de gritarse insultos, se liaron a puñetazos y cuando Ezequiel se vio en clara desventaja, sacó el Angelito del balde metálico donde guardaba sus cuchillos de destace para clavarlo en la espalda de su amigo. Raúl todavía pudo dar unos pasos antes de desplomarse de bruces en la acera de la cantina, donde murió desangrado.

El gentío alborotado dio aviso a doña Isabel, que corrió enloquecida desde su casa hasta la escena del crimen y lloró sobre el cadáver de su hijo, aunque solo por unos segundos, porque de inmediato se levantó del piso para dar persecución al homicida.

Antes de ir por Ezequiel la señora arrancó el cuchillo clavado en el cuerpo de Raúl, dijeron después algunos testigos. Pero los reportes de la época afirman que Ezequiel huyó con el arma y que doña Isabel se la quitó cuando le dio alcance.

Lo encontró media cuadra al sur de El Ancla de Oro en un patio baldío. «El hechor al saberse perseguido hizo frente a la madre de su examigo y compañero de oficio dispuesto a jugarse el todo por el todo», narró LA PRENSA el 8 de noviembre. «Rápido el cuchillo rasgó el aire buscando un blanco perfecto en la persona de la señora Cuadra de Torres, pero esta se burló del cuchillo y de su edad esquivando rápido la corrida. Esta maniobra fue favorable para la adolorida madre, quien aprovechó la oportunidad para desarmar a su agresor».

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Lo que ocurrió a continuación, relató el periodista, fue una «tremenda y desesperada lucha que alelados presenciaron algunos vecinos» hasta que  «finalmente la señora Cuadra de Torres hizo saltar el cuchillo de las manos de Obregón». Después lo asió «fuerte de la camisa» para arrastrarlo hasta el sitio donde se hallaba el cuerpo de Raúl y, «sin meditarlo un segundo más», hundirle el arma en el abdomen.

Ezequiel se llevó las manos al vientre, de donde la sangre «saltaba a borbotones». Su agonía solo duró unos segundos, antes de que se desplomara sobre la misma acera en la que cayó su amigo.

Así apareció la noticia, el 8 de noviembre de 1960, en el Diario LA PRENSA. Arriba, el cuerpo de Raúl Torres tendido en la acera de El Ancla de Oro. Abajo, el de Ezequiel Obregón. En la esquina inferior izquierda, doña Isabel Cuadra.

El proceso

Doña Isabel esperó tranquila a que la Policía llegara por ella. La detuvieron en el lugar de los hechos para luego conducirla a la cárcel de El Hormiguero, mientras los cadáveres de los matarifes eran llevados a la morgue.

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En sus declaraciones a los reporteros dijo que al ver a su hijo muerto en el suelo, «le hirvió la sangre», «se le nubló la vista» y únicamente pudo pensar en vengarlo.

Al día siguiente, a las 11:00 de la mañana, relató su versión de los sucesos en el Juzgado Primero del Distrito del Crimen. La acompañó sin cobrar honorarios el abogado Guillermo Obando Reyes, a solicitud de un Comité de Damas que al parecer simpatizaba con la señora.

El proceso, sin embargo, ni siquiera llegó a una acusación formal. El juez Francisco Horacio Borgen la dejó en libertad porque, de acuerdo con la valoración del médico forense que la examinó, doña Isabel padecía «una enfermedad crónica cardíaca» que la podía conducir a la muerte y que no podía ser tratada en la cárcel.

Una semana después de los crímenes ya estaba de regreso en su casa. Libre y vengadora, pero sin su hijo.

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