Ramón Avellán, el ángel de la muerte de los Ortega Murillo

Estados Unidos atribuye 107 muertes al comisionado Ramón Avellán, la cara más visible de la represión orteguista. Los familiares de las víctimas se alegran con las recientes sanciones, pero quieren verdadera justicia

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Sentada sobre una silla en la cocina de su casa, en Masaya, Candelaria Díaz se ha puesto una camiseta blanca para hablar sobre la muerte de su hijo Carlos Manuel Díaz, un joven de 28 años de edad asesinado de un disparo arriba de la tetilla izquierda, el 30 de mayo del 2018. Murió pocos minutos después de que la llamara por teléfono. “Ya llego”, le avisó, pues era Día de las Madres en Nicaragua. Nunca llegó.

Doña Candelaria no tiene dudas de quienes están tras el asesinato de su hijo. El subdirector de la Policía, comisionado general Ramón Avellán, dirigía el ataque en el que murió Carlos Manuel Díaz. Este joven sería una de las 107 víctimas fatales que le imputa Estados Unidos al comisionado Avellán, y por las cuales el Departamento del Tesoro le impuso sanciones el pasado 7 de noviembre.

“Ante los ojos de Dios es malo no perdonar pero…”, comienza a decir Candelaria, cerca de un fogón, en el que acaba de cocinar el almuerzo. Tras esas palabras comienza a llorar desconsoladamente y con un gran esfuerzo, en el que la voz se le debilita al extremo y apenas se le escucha, continúa:

“Yo no puedo (perdonarlos). Ellos me quitaron lo más preciado de mi vida, me arrancaron la mitad de la vida, porque era mi único hijo varón. Yo no lo puedo perdonar a él (Ramón Avellán), ni a él (Daniel Ortega) ni a la vicepresidenta (Rosario Murillo). No los puedo perdonar. Para mí están bien (las sanciones de Estados Unidos) porque Avellán y todos ellos tienen que pagar por estos crímenes”.

Así se expresó Candelaria Díaz, quien dice que a veces amanece “sin ganas de nada”. “Avellán es responsable (de la muerte de su hijo) porque él estaba al mando de la Policía y ordenaba matar, mandaba a dar solo en la cabeza y el pecho”.

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Candelaria Díaz, madre del asesinado en las protestas Carlos Manuel Diaz, sostiene un retrato de su hijo, a quien le propinaron un balazo arriba de la tetilla izquierda. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE.

En Masaya, la población asegura que los paramilitares eran ayudados por los CPC de cada uno de los barrios, ya que “sin la ayuda de esos fanáticos del orteguismo Avellán no hubiera podido meter a los paramilitares en los callejones que hay en Masaya, varios pasadizos que solo alguien de la zona conoce”, indica Nelly López, tía de una de las víctimas fatales, Erick Jiménez López.

Estados Unidos no detalla los nombres de los fallecidos, ni especifica en qué lugares fueron cometidos los crímenes, pero las mismas víctimas indican que Avellán operó principalmente en Masaya, pero también en Carazo y en León.

El general en retiro Hugo Torres indica que el dato de 107 muertos “es tan preciso que no dice más de 100, sino 107”.

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Carlos Manuel Diaz dejó dos niñas en la orfandad, una de ellas de dos meses de nacida cuando mataron al papá. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN/ ÓSCAR NAVARRETE

De acuerdo con Torres, es muy seguro que el servicio de inteligencia de los Estados Unidos debe tener bien comprobado el dato, con distintas fuentes, y solo se puede decir que “es un dato escalofriante y revela el papel del comisionado Avellán en la represión, la magnitud de la represión y el rol agresivo de este comisionado”.

“No importa cuántos asesinatos son, si 100 o 50, por sí son cifras alarmantes y uno que fuera ya es un crimen atroz”, indicó Torres.

La revista Domingo consultó con la embajada de Estados Unidos sobre el desglose de este dato del Departamento del Tesoro, pero al cierre de esta edición solo hubo una remisión a un correo de esa institución.

El encierro de Avellán

Avellán se inició como bombero en los años ochenta, pero, tras la reducción del personal del entonces Ministerio del Interior, logró quedar en la Policía a inicios de los años noventa.

Desde entonces, Avellán fue escalando y hoy tiene el segundo grado más alto en la Policía, comisionado general, además de ser uno de los cinco subdirectores de la institución.

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A Avellán, quienes le conocen los orígenes, lo recuerdan como alguien callado, humilde, serio, poco bromista y, eso sí, muy reservado. También lo consideran “muy inteligente”.

En Masaya, a partir de las protestas de abril de 2018, la población tiene otros conceptos del jefe policial.

“Es agitador, acechador, acosador. Nunca ha dejado en paz a los manifestantes”, dice José Javier Gaitán.

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Ortega y Murillo enviaron a 1,500 efectivos para sacar a Avellán, en junio de 2018, de la delegación policial de Masaya, adonde la población civil lo tenía acorralado. LA PRENSA/ ARCHIVO

El padre de Junior Gaitán, una de las víctimas fatales, agrega: “Es una persona sin escrúpulos, sin corazón. No sabe lo que es tener a Dios en su corazón”.

“Tiene cara de un perro. Pareciera que está poseído”, dice María Andrea José, madre de Darwin Potosme, conocido como Fafo y asesinado el 17 de junio de 2018, mientras fuerzas policiales y paramilitares intentaban sacar a Avellán del cuartel policial en el que lo tenía recluido la población.

“Lo condecoraron por haber matado a tantos jóvenes. Dicen que es parecido al Macho Negro, un guardia que también mandaba a matar a los jóvenes en los años setenta. Él no tuvo compasión. Es una persona sin sentimientos”, confía Candelaria Díaz, quien asegura que cuando mataron a su hijo Carlos Manuel Díaz le dijeron que estaba herido, pero no se imaginó que le habían disparado mortalmente en el pecho.

“¿Quién no va a conocer a ese perro? No puede ser considerado como ser humano. No es para que tenga ese título, de cuidar a la ciudadanía”, critica Nelly López, quien considera que Avellán agarró más odio contra la población de Masaya.

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Nelly López con una foto de su sobrino Erick Jiménez López, cuyo cadáver rescató cuando los paramilitares le disparaban a ella. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

Avellán, quien sufre de diabetes, estuvo recluido en la delegación policial de Masaya entre el 2 y el 19 de junio de 2018, cercado por los habitantes de Monimbó, dejándolo con dificultad para conseguir medicinas y alimentos.

Cada noche en la que estuvo recluido, la población de Monimbó le dedicaba, a las 9:00 de la noche, especies de coplas que comenzaban: “¡Comisionado Avelláááán…!”.

El primero fue el 3 de junio y dice: “Hoy no salen de Masaya (…) En el avión de la Chayo no alcanzan… Vendepatria…, que se rinda tu madre (…) Aquí van a pagar por todos los que han matado”.

Los habitantes de Monimbó explican que se vieron obligados a cercar a los policías para que estos últimos no salieran a matar a la población.

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Erick Jiménez López dejó un hijo de seis años de edad. Hasta que el papá tuvo un año de fallecido, el niño lo lloró desconsoladamente. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN/ ÓSCAR NAVARRETE

Daniel Ortega y Rosario Murillo enviaron a unos 1,500 efectivos, entre policías y paramilitares, para rescatar a Avellán, en otro ataque a la ciudad de Masaya que dejó seis muertos más y 34 heridos.

El 13 de julio, viernes, Ortega y Murillo llegaron a Masaya para celebrar, con 13 días de demora, el 39 aniversario del Repliegue. Los recibió Avellán, victorioso, acompañado de policías encapuchados.

Los masayas creen que ese día Avellán recibió la orden de limpiar Masaya de los tranques, con licencia para matar a quien él considerara necesario.

Esa operación limpieza, comandada por Avellán, se realizó el 17 de julio, cuando policías y paramilitares arrasaron con Masaya. Pocos días después el comisionado Avellán sería ratificado como subdirector general de la Policía y el alcalde orteguista de Masaya, Orlando Noguera, lo declaró hijo dilecto de Masaya por “garantizar” la seguridad en esa ciudad.

Avellán celebró bailando la canción “El comandante se queda”, que ha dado origen a la expresión “El comandante zekeda”, y por ello a los orteguistas se les llama “zekedistas”. Además de demostrar cobardía, según la comandante guerrillera Dora María Téllez, porque se trató de que los orteguistas habían desatado una matanza contra desarmados, “el baile es eso, un criminal disfrutando una orgía sangrienta”.

Las sanciones

De acuerdo con el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, a Avellán se le sanciona porque “ha tenido un papel en la dirección de entidades implicadas en violaciones de derechos humanos”.

Según Estados Unidos, Avellán “ha sido clave para que Ortega mantenga el control de la policía y de sus contrapartes parapoliciales, que son herramientas esenciales de la represión impuesta por el régimen. La Policía Nacional lleva a cabo detenciones arbitrarias, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones de personas que se manifiestan contra el gobierno. Esta campaña de represión por miembros de la PNN y fuerzas parapoliciales que responden a Avellán ha dejado un saldo de numerosos muertos y cientos de heridos”.

“Estas sanciones no son suficientes. Se necesita cárcel”, dice la caraceña Eliza Velásquez, quien sufrió la pérdida, en una calle de Diriamba, de su hijo Josué Mojica.

“Yo me puse un poco tranquila (con las sanciones). Él (Avellán) tiene que pagar por las muertes”, expresó Candelaria Díaz, madre de Carlos Manuel Díaz.

“La justicia divina es poderosa. Esto (sanciones) no es nada. Él (Avellán) se puede mover, mi hijo está en una tumba”, relata la madre de Darwin Potosme, María Andrea José.

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 LA PRENSA/Oscar Navarrete 

“Nosotros nos pusimos alegres. Ya miraron que aunque estén resguardados por el gobierno, no van a ser exceptos de la justicia. La justicia va a llegar”, refiere por su parte el padre de Junior Gaitán, José Javier Gaitán.

A partir de la sanción, todos los bienes e intereses en propiedad de Avellán y otros sancionados, que estén en los Estados Unidos o en posesión o control de las personas estadounidenses están bloqueados y deben ser reportados a la OFAC.

Mientras llega la verdadera justicia que quieren los familiares de las víctimas fatales para Avellán, ellos celebran como una esperanza la llegada de las sanciones. Aunque el llanto, como el de Candelaria Díaz, aún se escucha en Masaya, Carazo y otros lugares donde actuó Avellán como represor.

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María Andrea José, enfermera, empezó a preparar el cadáver de su hijo Darwin Potosme y solo logró acomodarle un ojo que lo tenía salido. Le dispararon en la cabeza. LA PRENSA/ ÓSCAR NAVARRETE

El Macho Negro

Hay un personaje del somocismo, que algunos comparan con lo que hoy es el comisionado general Ramón Avellán para el orteguismo. Se trata del Macho Negro. También era policía.

Alberto Gutiérrez se llamaba, pero era su apodo el que ponía a temblar a los habitantes de los barrios orientales de Managua.

Antes de que Alberto Gutiérrez cometiera las atrocidades que lo hicieron famoso, era un simple soldado raso. Comenzó a cobrar notoriedad en 1956, cuando lo eligieron para jalar el caballo sin jinete de Anastasio Somoza García durante el cortejo fúnebre del dictador, asegura Nicolás López Maltez, historiador. Y por eso sus compañeros de la Guardia Nacional comenzaron a burlarse de él llamándolo Macho Negro.

Macho Negro fue ejecutado el mediodía del 19 de julio de 1979 en el barrio Monimbó, de Masaya. Rondaba los 45 años de edad, era sargento de la Guardia y ya no jalaba un caballo, sino una ristra de crímenes por los que la multitud pedía a gritos su muerte. Se le recuerda con su subametralladora Thompson y su vozarrón, exhibiendo los cuerpos de sus víctimas en las calles de Managua.

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