Grandes crímenes | La mujer que mató por celos a una quinceañera en el Instituto de Diriá en 1988

Rosa Esther Fernández entró al Instituto Mario Narváez de Diriá con un objetivo en mente: matar a la alumna Margarita Selva. Le disparó ocho veces sobre su pupitre

La quinceañera Margarita Selva. HOY/Archivo

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Este reportaje fue publicado originalmente en el Periódico Hoy el 8 de abril de 2018

A poca distancia del Instituto Mario Narváez de Diriá, quedaba el comando de la Policía. Rosa Esther Fernández, de 28 años, encendió el Volkswagen celeste en el que había llegado al colegio minutos antes, y se parqueó en la estación, entró y dijo: “Acabo de matar a una mujer”.

La noticia ya se había regado como pólvora en Diriá, que todavía era un pueblo de calles polvorientas. Era el 17 de agosto de 1988. Mientras Rosa Esther se entregaba a las autoridades, en un pupitre del aula de segundo año yacía el cuerpo de la estudiante Margarita Selva Hernández, de 15 años.

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Rosa Esther le propinó ocho disparos a Margarita. Dos en la parte de atrás de la cabeza, otro en el antebrazo y el resto en la espalda. Los estudiantes aterrorizados corrieron al escuchar las detonaciones.

Rosa Esther Fernández cuando se encontraba detenida. HOY/Reproducción Barricada

La profesora Carolina Echaverri, declaró al diario Barricada, que esa mañana acababan de terminar de hacer una prueba de Zoología. Cuando la maestra vio entrar a Rosa Esther al aula, Echaverri le dijo a Margarita que no se moviera, que iría a buscar a la directora. “Yo pensaba que podía haber problema, pero quizás Rosa Esther quería pelear o golpear a Margarita, nunca imaginé lo que sucedió”.

El pupitre en el que estaba sentada Margarita Selva cuando fue asesinada. A la derecha, los estudiantes con ofrendas florales dirigiéndose a su vela. HOY/Archivo

A la docente no le dio tiempo de hacer mucho más, porque Margarita le habría dicho a Rosa que entrara y se sentara. “No quiero platicar con vos, solo esto quiero hablar”, contestó Fernández y acto seguido se levantó la blusa y sacó la pistola marca Star, calibre 22. Los cuadernos de Margarita quedaron ensangrentados.

La discordia

Cuando ocurrió el hecho, el padre de Margarita, Hernán Selva, pidió que también se procesara a Roberto Rivas Guatemala, un hombre de 30 años que convivía maritalmente con Rosa Esther, con quien tenía dos hijos, de 8 y 3 años, en ese entonces.

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La pareja era amiga de la familia porque vivían en la casa vecina. Pero, Rivas comenzó a cortejar a la joven Margarita, iniciando una relación a escondidas de la familia. Meses después, la relación salió a la luz, cuando para las vacaciones de semestre, en julio de 1988, Roberto Rivas Guatemala se llevó a Margarita por siete días.

Supuestamente estuvieron en Jinotepe, pero todas las noches Rivas regresaba a dormir a su casa con Rosa Esther.

Roberto Rivas Guatemala era hijo de un reconocido doctor de Diriá. HOY/Reproducción Barricada

La victimaria ya se había enterado de la relación y le advirtió a Rivas que se alejara de la joven.

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“Yo quería a Margarita. Ella era sencilla y tenía un carácter fuerte”, declaró Roberto Rivas Guatemala al diario oficialista de la época, Barricada. Y se justificaba diciendo que “en Nicaragua es natural que un hombre tenga una o tres mujeres”.

“Yo le había dicho a Rosa Esther que me dejara pensar sobre mis dos relaciones, la verdad es que estaba confundido”, se excusaba Rivas, mientras la familia de Margarita pedía que él también fuera juzgado por el asesinato de la colegiala.

El día del crimen, Rivas Guatemala fue al mecánico y pasó enfrente del instituto, que en ese entonces quedaba por el parque del pueblo, cuando regresó Rosa Esther le dijo: “Vos venís del colegio, ¿verdad? A mí me dijeron que estabas ahí”. Ella salió y dijo que iba a comprar arroz, pero una hora después el hombre se enteró de lo que realmente había sucedido.

“Destruí mi vida”

El sujeto contó que cuando la visitó en la cárcel Rosa Esther le dijo que estaba arrepentida y que “solo quería asustarla”. Rivas declaró a los medios que su esposa era inestable mentalmente y que 10 días antes del crimen le había disparado dos veces a él, pero que no la había denunciado porque era un “asunto de pareja”. En el colmo de la desfachatez, cuando le tocó declarar ante el juez, Rivas le dijo: “Yo soy torcido porque me tocó una mujer desequilibrada, sin embargo hay miles en mi caso”.

La quinceañera Margarita Selva. HOY/Archivo

Después del crimen, Rosa Esther fue trasladada a la cárcel de Granada, donde estaba en una celda sola y lloraba todo el tiempo. “Yo me quiero morir”, manifestó cuando fue entrevistada por Barricada, y volvía a romper en llanto. “No sé qué voy a hacer, mi madre está destrozada, y yo no puedo ver a mis hijos. Yo no pensaba hacer eso”.

Fernández contó que al hacerse pública la relación extramarital de su esposo “al caminar por las calles me decían un poco de cosas, y se reían de mí”. Y agregaba que lo que le había hecho Rivas Guatemala era una “humillación pública”.

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“Cuando le reclamaba, él no negaba que la seguía viendo. Me pedía tiempo para decidirse y me aseguraba que la iba a dejar”, y añadió: “Destruí mi vida y todavía no sé por qué”. Pero al finalizar la entrevista, la mujer se refería a Rivas diciendo: “A pesar de todo, yo lo adoro”.

En prisión

El abogado de Rosa Esther Fernández basó su defensa en que esta padecía neurosis y que debía estar en el Hospital Psiquiátrico y no en una prisión, pero en noviembre de 1988 se le practicó un examen forense donde quedó reflejado su estado de salud normal. Por lo que en febrero de 1989, la victimaria fue sentenciada a la pena mínima de 15 años de prisión.

Habitantes de Diriá manifestaron a este medio que Fernández estuvo poco tiempo en la cárcel y que actualmente vive en Diriomo.

En esta vivienda vivía Margarita Selva. HOY/Archivo

En su momento, hasta el alcalde de Diriá, Félix Pedro Miranda, se refirió al tema, manifestando que “es una tuerce que Margarita sea de Diriá y Rosa Esther de Diriomo”, esto debido a las eternas rivalidades entre los dos poblados. Las autoridades temían que el crimen desatara viejas rencillas.

Cambió la rutina

Cinco días después del asesinato de Margarita, las clases no se habían reanudado. Los estudiantes tenían temor. Montaron una especie de altar en el aula donde fue asesinada. El pupitre de la fallecida era un imán para las flores. Y sus compañeros de clases le colocaron una estampa de la Virgen de los Milagros, también colgaron la fotografía de Margarita en el salón.

Los alumnos tuvieron que ser atendidos por una psicóloga española, debido al trauma vivido. Días después del crimen protestaron afuera de la Policía de Granada, pidiendo justicia para Margarita.

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La noticia había trastocado la vida del apacible poblado. Los pobladores de Diriá dejaban de comprar el pan para comprar periódicos. A las 8:00 de la mañana ya no quedaba ningún diario.

Todavía recuerdan la tragedia

En la sala principal de la familia Selva Hernández, en Diriá, está colgado el retrato en blanco y negro de Margarita. Su recuerdo sigue vivo en su familia.

Una hermana menor de la víctima, que atendió amablemente al Periódico HOY, comentó escuetamente que no estaban en condiciones para abordar sobre el tema, para no afectar la salud de la mamá.

En este pueblo de calles apacibles, algunas personas mayores aún recuerdan esta tragedia, que conmocionó a Nicaragua.

Roberto Rivas Guatemala cuando visitaba a Rosa Esther, quien estaba detenida. HOY/Reproducción Barricada

La profesora Yamileth González recuerda que ese día se encontraba en otro centro de estudios cuando llegaron a avisarle de la tragedia acaecida en el Instituto Mario Narváez, en donde impartía clases por la mañana.

Al llegar al instituto, se abrió pasos entre el estudiantado que estaba conmocionado.

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“Cuando yo llegué la mujer (Fernández) ya se había ido. Margarita estaba en una esquinita del aula (ya fallecida)… Ella quedó sentadita en su silla y recostada. El portón principal se mantenía cerrado, pero desgraciadamente ese día no se supo quién dejó el portón abierto y la mujer al parecer estaba espiando en una esquina y entró al centro”, comentó la maestra.

González recuerda que Margarita era muy popular y bella físicamente, y que cuando llegaba al instituto abrazaba a los maestros y con todos se llevaba bien. “La chavala era muy linda y sus modos eran bellos, muy popular. Su mamá y toda su familia siempre han sido muy cariñosos, bien amistosos… El entierro fue muy apoteósico, todo el pueblo la acompañó”, recordó la docente.

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