El «Chacal» de Boaco que mató a cinco personas, violó a dos e hirió a doce en menos de 24 horas

En 1993 un desertor del Ejército Popular Sandinista sembró el pánico en la pequeña comarca de Wirruca. Cuando lo atraparon dijo que era admirador de Rambo.

Eulogio López Jarquín, el Chacal de Wirruca, tenía 21 años cuando cometió la masacre. Acá la Policía acababa de atraparlo. LA PRENSA/ Reproducción de Yury Salvatierra

Después de tomarse cinco botellas de cususa, Eulogio López Jarquín mató a cinco personas, hirió a doce y violó a dos. Una semana antes de la masacre había desertado de la Brigada 51 del Ejército Popular Sandinista, en Camoapa, Boaco, de donde robó diez magazines, dos fusiles AK 47, una pistola Makarov y una mochila llena de municiones.

Cada una de sus víctimas tenía al menos cinco heridas de bala y entre ellas se encontraban una niña de ocho años y un bebé de seis meses. Cuando lo atraparon, 36 horas después de los crímenes, declaró cabizbajo que siempre le habían gustado las películas de Rambo.

Los medios lo bautizaron como el «Chacal de Wirruca», porque fue en esa pequeña comunidad boaqueña donde ocurrió la masacre. La noche del 29 de junio de 1993 Eulogio rafagueó todo lo que encontró a su paso. «Yo creo que este muchacho estaba poseído por el diablo», comentó poco después Gumercindo Paz, su padrastro, quien sobrevivió al tiroteo por la simple razón de que no estaba presente cuando el asesino llegó al caserío.

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Ya desde «chigüín», dijo Gumercindo, a Eulogio le notaron un comportamiento fuera de lo normal. Era violento sin motivos y cuando ingresó al Ejército se puso peor porque «se convirtió en un hombre malo que solo vivía amenazando a su madre diciéndole que la iba a matar». Incluso cuando estaba «bueno y sano» reaccionaba como «chichicaste» si alguien lo cuestionaba o reprendía. Ante la más mínima ofensa solía responder con advertencias de que iba a «matarte y beber sangre humana».

También estuvo involucrado en asaltos. De hecho, tres años antes de cometer los asesinatos pagó tres meses de cárcel en el Sistema Penitenciario de Juigalpa, por un robo con violencia. Y en junio de 1993, cuando desertó del Ejército y tomó el camino de regreso a su comarca, llevaba todas las intenciones de hacer algo más.

Antes de llegar Wirruca ya había asaltado a tres personas en otras comunidades.

Tiroteo

En casa de Teresa Trujillo, entonces de 27 años, acababan de cenar «unos frijolitos con tortilla» cuando comenzó el infierno. Sus cinco hijos ya se encontraban arropados en sus camas cuando el «loco asesino», vestido de militar, entró disparando «como endemoniado».

Los niños se levantaron y exclamaban asustados:

— Abuelita, abuelita, ese hombre quiere robarse la ropa.
–Shhhh, cállense, cállense –les rogó doña María Sánchez, madre de Teresa, que también vivía en esa casa.

El matón entró registrando todo, botando cosas y «volando bala». «En ese momento yo recogí como pollitos a mis cinco hijos, y solamente a mi niña mayor le alcanzó la bala», relató después Teresa, desde el hospital, adonde fue llevada para que le atendieran las heridas de bala. En el tiroteo perdió dos dedos y también recibió impactos de bala en las piernas.

«Mi niña murió como un pajarito», sollozó. «Pobrecita mi hija, qué culpa tenía, morir por este esbirro (…). Que lo quemen vivo en la plaza de Boaco. No lo dejen vivo, que ese hombre si sale de la cárcel nos va a llegar a matar a todos».

Antes de matar a la niña, Eulogio ya había rafagueado tres casas y violado a una mujer cuya identidad no fue revelada. Al salir de la vivienda de Teresa, se dirigió al rancho de Justina Paz. Según los reportes de LA PRENSA, ahí asesinó a Eladia Paz y a su padre Catalino Linarte, de 75 años, para luego arrastrar a Justina hacia unos matorrales, donde la violó. No sin antes eliminar también a Andrea Linarte, que a esa hora atendía a su bebé.

Le exigió a Justina que se desnudara y disfrutó pasándole la punta de un Ak 47 por todo el cuerpo. «Hasta que se me paran los pelos de punta cuando recuerdo ese momento porque pensé que estaba lista», dijo la víctima en sus declaraciones. «Lo que me salvó fue que se durmió y yo aproveché para huir y me escondí bajo una raíces con monte espeso. A los dos minutos se despertó y me andaba buscando pero no me halló a pesar de que me tuvo como a dos metros».

Desde su escondite la joven oyó gritar al iracundo asesino, que amenazaba con volver al caserío para matar a su propia madre y comerse el cuerpo del bebé de Andrea Linarte. Pero en lugar de eso, el «chacal de Wirruca» eligió huir hacia El Rama, municipio del Caribe Sur.

A las 7:00 de la mañana del día siguiente las cinco víctimas fueron sepultadas en concurridos funerales y en medio de «escenas dramáticas». La gente no solo estaba desolada, también furiosa. Treinta campesinos de las comarcas vecinas le impusieron a la Policía un plazo de menos de 48 horas para que diera captura al matón, antes de que ellos hicieran justicia por mano propia.

La familia Linarte, además, aplicó un ancestral «ritual secreto» para que el asesino no pudiera escapar y regresara por su propio pie. Sepultaron boca abajo al anciano Catalino.

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Captura

Lo atraparon en el mercado de Juigalpa cuando se disponía a abordar un bus rumbo a Comalapa. Luego de llegar a El Rama había regresado a Chontales, departamento vecino de Boaco, nadie sabe por qué. «No sé qué me pasó, pero nunca pensé salir fuera del país, yo sabía que algún día me iban a capturar y ahora ya me tienen aquí», expresó sin el menor signo de arrepentimiento.

Cuando le preguntaron si no sentía culpa por haber asesinado a varios niños, Eulogio, entonces de 22 años, respondió con los ojos húmedos: «Qué vamos a hacer, así es la vida». Pero dijo que no sentía remordimientos porque no creía en Dios y que no se arrepentía porque «lo hecho, hecho está».

Los militares negaron rotundamente que el asesino perteneciera al Ejército, por eso Eulogio no fue puesto ante un tribunal militar. Aparentemente solo llevaba dos meses de prueba en la Brigada 51, aunque él aseguraba que ya había cumplido nueve años como miembro del Ejército y que incluso fue ahí donde aprendió a «medio leer y escribir».

Al final, en marzo de 1994, lo condenaron a 54 años de prisión. Treinta por los asesinatos, 15 por las dos violaciones y ocho por los robos con fuerza.

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