“Si entra la Policía o yo me muero, ustedes suenen las campanas”. La orden del padre Edwin Román durante el secuestro a la iglesia San Miguel

Así sobrevivieron al asedio policial las madres de los presos políticos en la iglesia San Miguel Arcángel, en Masaya. Las personas secuestradas cuentan detalles de esos días de “infierno”

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En la cocina de la casa cural de la iglesia San Miguel Arcángel, en Masaya, la abogada Yonarqui Martínez mira una bolsa de comida para perro y piensa en cómo se las puede ingeniar para prepararla con un poco de arroz y algunas especias. Es lo último que queda en la pequeña despensa del padre Edwin Román. El hambre y, sobre todo, la deshidratación tienen al borde del colapso a las 14 personas que llevan más de una semana sitiadas en el interior del templo.

Al final, Martínez desiste de su intento de mezclar el poco arroz que tiene con la comida de Parches, el perro que los acompaña en el encierro. Deja la bolsa de concentrado guardada como última alternativa.

“El padre Román estaba muy débil y en la desesperación estuvimos a punto de comernos la comida del cachorro”, cuenta ahora la defensora de derechos humanos, que hace pocos días fue dada de alta del hospital, pero que todavía tiene graves afectaciones a su salud física y psicológica luego de sufrir el asedio de las fuerzas combinadas de policías, turbas y paramilitares orteguistas.

“Yo no iba a la huelga”

La mañana del 14 de noviembre a Yonarqui Martínez la llamaron para informarle que un grupo de madres de presos políticos había iniciado una huelga de hambre en la iglesia de San Miguel. La defensora de derechos humanos estaba en Tipitapa realizando unas diligencias. Por la tarde se trasladó a Masaya como muestra de solidaridad con las mujeres que protestaban.

Desde un primer momento notó que frente al templo había un fuerte despliegue de policías. Gracias a que pudo comunicarse con el padre Román, este la dejó entrar por la casa cural de la iglesia.

En el interior quedaron secuestradas Flor Ramírez, Martha Alvarado, Wilber Calero, Cinthya López, Flor Rivera, Hazel Palacios, Karen Lacayo, Suleyka Sánchez, Diana Lacayo, María Gómez y Luisa Guevara. LA PRENSA/O.NAVARRETE

A las 3:00 p.m. el sacerdote celebró misa casi en el atrio, ya que varios feligreses intentaron entrar al templo para participar de la eucaristía, pero los policías se los impidieron. Luego de la celebración Martínez se despidió de las mujeres que habían comenzado su huelga. Intentó salir por la misma puerta trasera de la casa cural, pero ya había policías apostados afuera.

Eran las 5:00 de la tarde, cuando la abogada recibió una llamada de un periodista local que le informó que no podría salir del templo por el gran despliegue policial. La abogada lo intentó por la puerta principal y se encaró con los policías.

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“Si usted sale, va directo a la cárcel o le damos un tiro en la cabeza”, le respondió uno de los oficiales. Así fue como supo que no había vuelta atrás y que acababa de quedar secuestrada por la Policía Orteguista.

Desde el 20 de octubre Martínez recibía un tratamiento médico por varias dolencias. No le importó.

A eso de las 6:30 de la tarde a la iglesia San Miguel le cortaron el servicio de energía eléctrica. Por instinto las madres corrieron a recoger agua en cuanto llegó la cuadrilla. Esa misma tarde también les cortaron el servicio de agua potable.

“Fue al instante que cortaron la luz. Corrimos a llenar un barril, baldes, panas y pichingas de agua. Logramos recoger un poco, que fue lo que nos mantuvo vivas los primeros días”, recuerda Diana Lacayo, una de las madres que participó en la protesta.

La primera noche

Nadie durmió en el interior de la iglesia San Miguel el 14 de noviembre. Desde que entró la noche los policías comenzaron a golpear y aruñar las puertas, insultar a las personas que estaban en el interior y amenazarlas de muerte.

“Cuando se sienta el tufo es porque todas esas putas ya se murieron”, gritaban los policías. En el interior de la iglesia quedaron secuestrados el padre Edwin Román, la abogada Yonarqui Martínez, el excarcelado Marlon Powell, Flor Ramírez, Martha Alvarado, Wilber Calero, Cinthya López, Flor Rivera, Hazel Palacios, Karen Lacayo, Suleyka Sánchez, Diana Lacayo, María Gómez y Luisa Guevara.

Powell fue el primero que escuchó cuando llegó un grupo de miembros de la Unidad Nacional Azul y Blanco y varios activistas de derechos humanos a intentar dejarles agua. Fue casi imposible.

Apenas unas cuantas botellas y lograron hacerlas pasar por una de las ventanas del templo. Las madres y el mismo padre Román les insistieron a los jóvenes que abandonaran los alrededores de la iglesia debido a que corrían el peligro de ser detenidos por paramilitares o policías.

Finalmente, los jóvenes dejaron los recipientes de agua afuera de la iglesia, agua que luego fue botada por la Policía frente al templo, en señal de burla. Esa noche fueron detenidos 16 de esos jóvenes, a los que ahora se les acusa de portación ilegal de armas, entre otros supuestos crímenes.

El asedio continuó toda la noche. En el interior de la iglesia, el padre Román les dijo a las madres que lo único que quedaba era rezar y esperar.

El racionamiento

San Miguel amaneció el 15 de noviembre rodeada de policías y con las cuadras aledañas bloqueadas. Las madres ya llevaban más de 12 horas de ayuno. Pero el padre Román, su sacristán, la abogada Martínez y Marlon Powell estaban haciendo huelga de hambre. Por lo que decidieron ver con qué alimentos contaban.

De entrada, el sacerdote les aclaró que no tenía una gran cantidad de provisión en su despensa, pero que lo poco que tuviera lo iba a compartir con ellos.

“Cuando se sienta el tufo es porque todas esas putas ya se murieron”, le gritaban por las noches los policías. LA PRENSA/O.NAVARRETE

Un par de bolsas de arroz, algo de espagueti, una piña, algunas latas de sardina, aceite, especias, un huevo, algo de harina y azúcar. Lo necesario para que un hombre soltero sobreviva varios días.

Luego de contabilizar lo que tenían, la abogada Martínez se ofreció para racionar los alimentos. De reojo miró la comida de Parches, el perrito que acompaña al padre Román en la casa cural.

La dieta de esos días consistió en esos pocos alimentos. Yonarqui se las ingenió para hacer un refresco con la única piña que tenía el padre; con la cáscara en remojo hizo chicha de piña y con el sobrante, arroz con piña.

“Yo no sé cómo le hice pero un día con media libra de harina y un huevo hice manuelitas para que comieran el padre y los muchachos”, comenta la abogada. Cuando ya solo quedaba algo de arroz, decidió sumarse la huelga de hambre para que el padre Román tuviera que comer.

Con el agua fue peor. Los tres hombres usaron uno de los baños de la casa cural, mientras que las mujeres otro cerca de la iglesia. Los baños eran usados todo el día y la noche. Hasta la mañana siguiente les echaban algo de agua para medio lavarlos.

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La tarde avanzó rápido ese segundo día en San Miguel. El asedio bajaba en las horas en que pegaba más duro el sol, pero al caer la noche sabían que venía lo peor.

Por orden del padre pusieron las bancas contra la puerta principal del templo y la entrada de la casa cural la bloquearon con el carrito del sacerdote. Mismo auto en donde lograron medio cargar los celulares, para tratar de mantenerse en contacto con el mundo exterior.

El sacristán subió al campanario y amarró una cuerda que bajaba hasta la zona cerca de El Santísimo, donde dormían las madres en el piso. “Si entra la Policía o yo me muero, ustedes suenen las campanas”, les dijo el padre Román.

La Policía se tomó las casas vecinas a la iglesia y desde ahí comenzaron a intentar ingresar a San Miguel. La dueña de la casa que está pegada a la parte trasera del templo, una señora de 80 años, pegó gritos de horror cuando uniformados entraron a la fuerza. Le dejaron designado a un oficial que la seguía a todas partes. Pusieron una escalera pegada a la iglesia y desde ahí espiaban a las madres.

“El Parches nos avisaba cada vez que los encapuchados se asomaban, ladraba el pobrecito y se desesperaba”, cuenta doña Martha Alvarado, madre de un preso político. Ella corrió a poner cortinas en esa zona del patio de la casa cural para que los uniformados no lograran observar hacia el interior del templo.

“Nos mandaron drones en las noches, los mirábamos y los escuchamos”, afirma Diana Lacayo.

Los gritos a medianoche

Fue un fin de semana duro para el padre Edwin Román y las madres, pero estaban a punto de vivir algo más fuerte. La mañana del lunes 18 de noviembre abrieron por un momento las ventanas para observar cómo estaba la calle. El panorama era desolador. Solo policías y algunas personas que se atrevían a pasar a pie por la línea policial. Los masayas intentaron hacerles llegar alimentos, agua, suero oral, pero fue imposible.

“Una señora intentó llevar hielo con la insulina del padre, pero se la quitaron. Otros muchachos nos gritaron que resistiéramos, que llevarían comida pero no pudieron. Otros llevaron tambores y nos animaron desde largo”, cuenta Marlon Powell sobre ese día que horas después lo marcaría profundamente.

Entró la tarde. El interior de la iglesia San Miguel parecía el de un monasterio. Hacían ayunos los que no estaban en huelga de hambre, cuando se comía era lo mínimo necesario y se rezaba durante todo el día.

Por consejo del padre se hacía una especie de horas canónicas o rezos. Laúdes al amanecer, nona o la hora santa a las tres de la tarde, las vísperas al caer el sol y las completas antes de que llegara el asedio nocturno.

A la medianoche en punto se escucharon unos fuertes gritos en la entrada de San Miguel. Eran varias personas.

“¡Soy tu esposa! Salí de la iglesia. No te van a hacer nada. Vámonos a la casa”, se oyó. Y se repetía el mismo grito suplicante pero de parte de una madre a su hijo. La Policía Orteguista había llevado a la fuerza a varios familiares de quienes se encontraban en San Miguel para intentar que abrieran las puertas de la iglesia. Una de estas personas era la esposa de Powell.

En el interior, el padre Román calmaba a los familiares. “No contesten, es una trampa”, les decía mientras que los familiares en llanto se abrazaban los unos con los otros. Así pasaron hasta la madrugada cuando finalmente la Policía, que se había replegado y aguardaba para apresarles, volvió a su sitio.

“El padre se iba a morir”

Para el 20 de noviembre ya no había que comer y casi no había agua. Unas noches antes había caído un aguacero que sirvió para recoger algo de agua y también para medio bañarse.

“Ese fue un regalo del cielo. Todas corrimos a recoger agua y bañarnos”, dice sonriendo doña Martha Alvarado.
Luego del aguacero el padre abrió unas cajas de ropa donada que había recibido y les dijo que tomaran lo que quisieran, además para darles ánimo abrió otra caja donde días antes había recibido juguetes para los niños de su parroquia y le dijo a las mujeres que les llevaran algo a su nietos y a sus hijos pequeños.

Varios sacerdotes intentaron hacer llegar la insulina y otros medicamentos para el padre Román y las madres, pero fue imposible. LA PRENSA/OSCAR NAVARRETE

“El padre Edwin Román es un hombre bueno. No era posible que se nos muriera en esas circunstancias. Nos dio de comer, nos vistió, nos abrió las puertas de su iglesia y nos cuidó”, dice casi murmurando Yonarqui Martínez, con la voz entrecortada.

El 21 y el 22 de noviembre nadie comió ni bebió en San Miguel. Un día antes fue que Yonarqui Martínez pensó en cocinar el último puñado de arroz que quedaba combinado con la comida de perro vigía. El padre pasó esos dos días acostado en su cama; por lo que las madres, al verlo tan débil, decidieron hablar con él y suspender la protesta. Aunque al inicio se resistió, finalmente terminaron convenciéndole.

Tras un par de llamadas a varios sacerdotes entre ellos el cardenal Leopoldo Brenes, dos ambulancias y dos camionetas fueron enviadas a San Miguel para sacar a las madres de los presos políticos y al sacerdote.

El llanto se apoderó de todas las personas en el interior de la iglesia cuando vieron llegar las ambulancias. La Policía retrocedió, las turbas dejaron de asediar y hasta el mismo comisionado Ramón Avellán, que estuvo al frente del operativo todo el tiempo, dejó los alrededores de la iglesia.

“¿Que si lo volveríamos a hacer? Claro, y vamos a seguir realizando protestas hasta que miremos a nuestros hijos en libertad”, asegura con firmeza, Martha Alvarado.

Huelga de hambre en La Modelo

El pasado 14 de noviembre por la mañana, luego de que el grupo de madres inició su huelga de hambre demandando la libertad de sus hijos, al preso político Melkissedex López lo trasladaron de su celda en la cárcel La Modelo a una celda de aislamiento. En San Miguel se encontraban su esposa Luisa Guevara y su madre Martha Alvarado.

“Los guardias me dijeron que me iban a trasladar de celda por si la gente se levantaba”, le dijo Melkissedex a su madre, refiriéndose a los más de cien presos políticos que todavía están en La Modelo.

Lo de pasar hambre para doña Martha no es nuevo. Va a cumplir un año sintiendo todos los días esa sensación pesada de vacío en el estómago que produce la falta de alimento.

“Yo estaba acostumbrada. Desde que me secuestraron a mi hijo en diciembre del año pasado una camina en la calle palmada, en reuniones, piquetes, protestas y ni para el pasaje tenemos a veces”, confiesa un día después de que salió del Hospital Vivian Pellas.

Se dio cuenta que su hijo estaba aislado hasta que salió de San Miguel y fue a visitarlo a La Modelo. Lo encontró demacrado y más preocupado que nunca.

Cuando Melkissedex se enteró que su madre y su esposa estaban rodeadas de antimotines en una iglesia de Masaya en huelga de hambre, decidió que también dejaría de comer. Era la manera en la que al estar incomunicado con el exterior podía sentirse más cerca de ellas.

Melkissedex le pidió a su mamá que dejara de protestar y se dedicara a cuidar de su salud. “No me pidás eso”, le respondió ella.

En La Modelo tuvo tiempo de contarle algunos detalles de su odisea en la iglesia, que estuvo en la mira del mundo durante varios días, y de lo preparadas psicológicamente que entraron esas mujeres para lo que se convertiría en ocho noches de horror.

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