¿Quién era Chabelo, el hombre al que la Policía mató en un tiroteo en Masaya?

El hombre que la Policía mató en Masaya fue un militar que, según su familia, se negó a servir en la operación limpieza del régimen de Ortega. Tenía más de un año viviendo en la clandestinidad y las razones de su regreso a Masaya son todavía una incógnita

Desde la operación limpieza en Masaya no se sabía nada de José Ugarte. Una mañana de noviembre se registró un fuerte tiroteo en la ciudad. LA PRENSA/CORTESÍA

Desde la operación limpieza en Masaya no se sabía nada de José Ugarte. Una mañana de noviembre se registró un fuerte tiroteo en la ciudad. LA PRENSA/CORTESÍA

Horas antes de que la Policía lo matara, doña Ángela Oporta recibió una nota de voz de su esposo. En el teléfono escuchó la voz de un hombre abatido por el dolor que le orientaba en voz baja: “Borrá todo contacto que tengás conmigo”. Sintió un escalofrío en la espalda, pero siguió las instrucciones sin preguntar nada. Eliminó de inmediato su número telefónico, los mensajes, las fotos y todo archivo que la vinculara con él. Incluso borró ese audio, el último que recibió de su esposo. Después de eso no hubo más mensajes, tampoco llamadas. Solo malas noticias.

La Policía dijo que José Isaías Ugarte, esposo de Ángela Oporta, era un peligroso delincuente que asaltaba a mano armada en Masaya. Luego de un primer tiroteo el sábado 30 de noviembre le dieron persecución hasta el día siguiente. El fin de semana dejó cinco muertos y una ciudad en zozobra.

Quienes lo conocieron aseguran que Chabelo solo era un ciudadano más que se había levantado en protesta contra el régimen de Daniel Ortega. Esta es su historia.

El apodo

José Isaías Ugarte López nació el 2 de julio de 1966, en San Miguelito, Río San Juan. Desde que andaba en panza, su abuelita paterna le quería poner por nombre José Isabel. Pero a su madre no le gustó y finalmente le cambiaron Isabel por Isaías. A los abuelos no les importó y desde pequeño a José Isaías le llamaron Chabelito. Los tíos y primos también le llamaron Chabelo y así quedó. Fue Chabelo para sus hijos, para su esposa, para sus vecinos y también para la Policía Orteguista, que lo acusó de ser líder de una banda delincuencial.

Le encantaba jugar softbol. Sus amigos lo describen como un hombre de carácter fuerte pero «jodedor» en la fotografía porta el número 20. LA PRENSA/CORTESÍA

Antes de que Chabelito cumpliera los diez años su familia salió de San Miguelito y comenzó a vivir en diferentes municipios de Nicaragua. Un día llegaron a Masaya y ahí se asentaron. La familia Ugarte era pobre, Chabelo tuvo que trabajar desde niño, primero vendiendo arroz con leche que preparaba su madre y luego aprendió el oficio de zapatero, en el que se destacó en la confección de calzado tradicional de Masaya.

En la guerra de los ochenta, con apenas 16 años, Chabelo hizo su servicio militar obligatorio. Fue de los primeros en ser reclutado a finales de 1983. Cumplió sus dos años de servicio, pero decidió continuar en las filas del Ejército Popular Sandinista.

Los que lo conocieron durante el tiempo que estuvo en las montañas dicen que era un hombre generoso, pero sobre todo que protegía a sus compañeros. “Sufría mucho viendo caer a sus compañeros en la guerra, él buscaba como sacarlos de la montaña aunque fuera muertos, no los dejaba perdidos”, dice un amigo cercano que compartió armas con él.

Por su desempeño destacado en la guerra, fue enviado a terminar sus estudios de secundaria a Cuba, donde comienza una carrera técnica en electricidad. Chabelo no logra terminar sus estudios en la isla porque su madre se enferma y tiene que volver a Nicaragua con la esperanza de regresar a Cuba. No lo logra y finalmente se queda en el país.

Comenzó a trabajar. No tuvo hermanos varones, por lo que debió hacerse cargo de su madre, que hasta hoy padece una enfermedad crónica.

Chabelo trabajó en un tramo del mercado Oriental vendiendo verduras y viajando al interior del país a traer hortalizas. Durante las noches estudiaba en la escuela nocturna, donde pudo finalizar la secundaria y tomar algunos cursos de electricidad.

Como una gran cantidad de desmovilizados del Ejército y de la Contra, Chabelo trabajó de guarda de seguridad. De nuevo se destacó entre sus compañeros y lo ascendieron a supervisor. Tendría unos 27 años cuando conoció a su esposa, que por entonces era una adolescente.

“Mi mamá y su mamá eran buenas amigas, yo llegaba a su casa de visita y así fue como una vez lo miré. Así fue como nos conocimos”, cuenta Jerónima de los Ángeles Oporta Ruiz, hoy de 41 años. “Él trataba de estar cerca de mí, pero un día se fue a Costa Rica a probar suerte y regresó cuando yo tenía 18 años”, recuerda la viuda de Chabelo.

Doña Ángela estaba estudiando en Managua, así que no pasaba mucho tiempo en Masaya. Cuando volvía de los estudios se quedaba a dormir donde una tía y era cuando Chabelo se aparecía por la casa a pedirle agua y a saludarla.
Así anduvieron mucho tiempo. Doña Ángela no accedía a salir con él porque antes tuvo una pareja con la que procreó a su primer hijo. Finalmente, esa primera relación de Chabelo terminó y se casó con doña Ángela, con la que procreó tres hijos. Elieth, de 17 años; Elizabeth, de 14; y Oliver Isaías, de 12 años, que el pasado 5 de diciembre se graduó de sexto grado y llevó un cuadro con la foto de su padre.

Chabelo y Marcelo Tiradora

Antes del estallido de las protestas de abril de 2018, Chabelo pasó de trabajo en trabajo. Estuvo en la Coca-Cola armando cajas de botellas vacías, luego operó un montacargas. Renunció y se fue a la competencia, la Pepsi. Estuvo haciendo días en la Cervecería, hasta que finalmente comenzó a trabajar como auxiliar de electricista en una empresa privada.

Entró al servicio militar muy joven. En esta fotografía tenía unos 15 años. LA PRENSA /CORTESÍA

“Iba a las reuniones del partido (Frente Sandinista) para saber de qué se hablaba, pero no era fanático”, asegura doña Ángela, que trabaja como secretaria en un hospital privado.

Cuando en Nicaragua se levantaron los tranques que paralizaron el país, Chabelo viajaba en su moto de Managua a Masaya con una bandera nacional y el popular gorrito azul y blanco.

La gente lo dejaba pasar. “Lo mirábamos que venía con su moto y la bandera y nos saludaba y nos dejaba 20 pesos para la gaseosa”, dice uno de los muchachos que participó de los tranques en Masaya y que por seguridad no quiso ser identificado.

Muchas veces los paramilitares siguieron a Chabelo en su trayecto a Managua. Pero siempre se las ingeniaba para irse por Sabana Grande o por veredas. Cuando comenzaron los primeros ataques de paramilitares a las barricadas en Masaya, Chabelo comenzó a sentir que debía hacer algo al respecto.

“Puta, están matando a los chavalos”, gritó varias veces Chabelo durante las primeras semanas de represión en Masaya. La empresa donde trabajaba lo mandó de vacaciones hasta nuevo aviso. Pasaba todo el día en la casa escuchando los disparos y viendo las noticias de lo que ocurría.

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En mayo lo llegaron a buscar a su casa varios miembros de los Consejos del Poder Ciudadano (CPC), los operadores del Frente Sandinista, y le preguntaron directamente si los iba a “apoyar en la causa”. Chabelo los evadió y les dijo que “más adelante les resolvería”.

“Desde el primer momento sentimos que era para que fuera paramilitar. Le dijeron que tendría una buena paga”, relata doña Ángela, quien fue testigo de cómo los CPC acosaban a su marido.

Durante los meses más fuertes de la represión muchos excombatientes del Frente Sandinista fueron reclutados por el partido, para participar de la represión y de lo que fue la temida operación limpieza.

Así se les anduvo corriendo a los CPC. Varias noches se fue de Masaya a dormir en una gasolinera cerca de Managua para que no llegaran a buscarlo, pero de nada sirvió. Lo siguieron acosando y casi exigiendo a que se hiciera paramilitar hasta que Chabelo tomó una decisión. En lugar de irse con los paramilitares, se fue a las barricadas con las personas que protestaban contra la dictadura de Daniel Ortega.

Primero fueron un par de noches a la semana. Luego fueron más días. “Llegaba a comer a la casa y se iba a los tranques”, dice su esposa, hasta que un día lo encaró.

—¡Acordate de tus hijos! —le dijo con voz fuerte.
—¡Si es por ellos que lo hago! —le respondió Chabelo. —Me indigna ver cómo están matando a los chavalos.
Estando en las barricadas Chabelo conoció a Marcelo Mayorga. Estuvieron juntos durante varios ataques de la Policía, hasta que el 19 de junio de 2018 mataron a Marcelo. Ese día Chabelo decidió meterse a tiempo completo en la resistencia de los masayas.

A la clandestinidad

A las cinco de la mañana se escucharon los primeros disparos. Chabelo había dejado un par de horas el tranque donde hacía guardia para ir a su casa. Estaba acostado en su cama cuando se despertó asustado por las detonaciones.
“Los están matando, no debí venirme”, le dijo a su esposa, que lo abrazaba con todas sus fuerzas para que no se fuera.

Su familia exige justicia para Chabelo. Su hijo menor Oliver de 12 años sostiene su retrato el día de su graduación de primaria. LA PRENSA/JADER FLORES

Ese 17 de julio fue la última vez que Ángela miró con vida a su esposo. Ese día fuerzas combinadas de la Policía Orteguista con paramilitares entraron a Masaya a levantar con fuego y sangre las barricadas. Las personas que estaban en los tranques y que lograron escapar pasaron a la clandestinidad. Entre ellos estaba Chabelo.

“Estoy bien. Estamos pasando hambre, sol, frío y sed pero estamos vivos”, le dijo mediante una llamada telefónica días después a su familia.

Nunca les reveló dónde estaba escondido. Doña Ángela tampoco quería saber dónde estaba para evitar caer en la tentación de irlo a buscar y que la siguieran y lo encontraran.

Chabelo pasó 16 meses en la clandestinidad. Nunca volvió a ver a su familia. Les llamaba cuando podía, les mandaba algunas fotos para mostrarles que estaba bien. Le pedía a doña Ángela fotos de sus hijos para ver cómo estaban.
Doña Ángela pasó momentos muy difíciles durante todos esos meses. Su salario de secretaria no le daba para mantener a tres hijos. Una de ellas en la universidad y además la madre de Chabelo, que padece una enfermedad crónica.

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“No sabía qué hacer cuando los 12 de mes ya no tenía ni un peso”, dice Ángela. Se lo recriminó muchas veces a Chabelo y este le aseguraba que estaba buscando cómo hacer para ayudarle y sobre todo volver a ver a sus hijos.
La Navidad y fin de año de 2018 la pasaron tristes en la casa de los Ugarte. Era la primera vez que pasaban sin Chabelo. Los niños lloraron. Doña Ángela lo hizo escondida para que no la vieran los pequeños.

“Chabelo me dijo que le tomara fotos a los niños dormidos y se las mandara”, recuerda Ángela de ese diciembre. Le tomó las fotos y al día siguiente hizo una llamada para hablar con sus hijos y les aseguró que había llegado de noche a visitarlos y que los encontró dormidos y no quiso despertarlos. Como prueba les mandó las fotos que había tomado doña Ángela.

“Miren las fotos que les tomé cuando estaban dormidos”, les dijo alegremente. Los más pequeños le creyeron, pero Elieth —la hija mayor— sabía que era mentira porque las fotos decían que habían sido reenviadas. Pero no les dijo nada a su hermanitos.

La muerte de Chabelo

Exactamente un año después de que Chabelo escapó de la operación limpieza, el 17 de julio de 2019, citaron a doña Ángela Oporta en la estación policial de Masaya.

Oporta llegó a las tres de la tarde. La esperaban una oficial y un supuesto jefe de inteligencia de la Policía. La comenzaron a interrogar sobre el paradero de su esposo.

Amigos y familiares despiden a Chabelo entre gritos de «¡Viva Nicaragua libre!», LA PRENSA/JADER FLORES

Querían un número de teléfono donde hablar con Chabelo. Lo acusaban de lanzar bombas de contacto en Masaya. Pero, según Oporta, su esposo nunca estuvo en Masaya hasta el día que lo mataron. La estuvieron presionando para que les diera un número de teléfono y le dijeron que no se iría hasta que les diera información de Chabelo. Así se dieron las cinco de la tarde y no la dejaban salir. Finalmente ella les expresó que tenía meses sin saber nada de su marido, que estaban peleados y que simplemente se fue un día y desde entonces no sabían nada de él.

Desde el 17 de julio de este año, Ángela asegura que sintió que la andaban siguiendo.

El viernes 29 de noviembre Oporta recibe una llamada de sorpresa de su Chabelo. Este le dice que extraña a su familia. Que quiere ver a sus hijos. Que quiere encontrarse con ellos.

Ángela Oporta le insiste en que no es prudente llegar a Masaya porque lo andan buscando. Pero sigue insistiendo en que quiere ver a su familia. Chabelo le asegura que la llamará más noche, pero Oporta no tiene más noticias de él hasta que escucha de un supuesto tiroteo en el barrio Cailagua y horas después recibe el audio agonizante de su marido.

La noche del sábado las hijas de Chabelo durmieron en otra casa. Mientras que Ángela, su madre y su hijo menor se quedaron en vela esperando saber algo. Se levantaron temprano el domingo, se fueron a misa. Al volver a su casa comenzó a llegar gente asegurándole de que mataron a Chabelo. Se puso a llorar pero todavía estaba incrédula.
Oporta se fue con sus hijos a la casa de su madre, en la carretera Masaya-Managua, y desde ahí vio como pasaba una ambulancia a eso de la 1:00 p.m. Minutos después recibió una llamada del Instituto de Medicina Legal donde le informaban que el cuerpo de su esposo estaba esperando para ser reclamado.

Entregó la cédula de su marido. Le preguntaron que si había traído el ataúd y la ropa. Fue a comprar la caja y antes de que lo metieran quiso verlo.

“Los tres cuerpos los tenían en la sala donde hacen sus destaces. Los tenían tapados. Yo desde que le miré los pies supe que era él. Fue impactante, fue doloroso y desgarrador ver cómo me lo dejaron y cómo me lo torturaron”, confiesa entre lágrimas Ángela Oporta.

La viuda de Chabelo no niega ni afirma que su esposo entrara a Masaya para internar verse con ella. Así como tampoco confía en la versión oficial de su muerte.

“Me dijeron que luego del primer tiroteo él logró escapar y se fue a esconder. No estoy segura que en una casa, yo creo que fue en un monte y supuestamente ahí lo llegaron a traer dos amigos. Que son los que murieron con él”, supone Oporta.

Ángela afirma que fue una trampa la que le tendieron a su marido. Además, asegura que por el estado del cuerpo a él lo torturaron. El cuerpo de Chabelo tenía varios disparos en el abdomen, la espalda, uno en el cuello y un tiro de gracia en la sien derecha. Tenía un brazo desgarrado, quemaduras en los brazos y en el pecho que, según Oporta, parecerían de choques eléctricos.

Salió con el cuerpo a la 1:40 de la madrugada del lunes 2 de diciembre. A esa hora nadie quiso preparar el cuerpo de Chabelo.

“Un amigo de mi marido que sabe preparar cadáveres me dijo que se haría cargo de eso y cuando lo fueron a buscar, dijo que no porque lo habían amenazado”, cuenta Oporta. Buscó entre sus vecinos que sabían del oficio y nadie quiso por temor.

Al final tuvo que ser ella quien se atrevió a medio preparar el cuerpo de Chabelo. Le puso una bránula en el estómago y ahí le inyectó formalina a como pudo. El cuerpo estaba mal suturado y por los agujeros de la espalda y el pecho comenzó a gotear sangre y formalina. Lo vistieron y lo metieron a la caja.

Ángela Oporta se quedó con la duda de si realmente Chabelo se atrevió a entrar a Masaya para darle una sorpresa a ella y a sus hijos. O fue que la Policía lo encontró lejos de Masaya, lo mató y luego montó todo.

Encapuchados

El martes 3 de diciembre varios de los agentes que participaron en el operativo donde supuestamente murió José Isaías Ugarte López, fueron condecorados en la Dirección de Operaciones Especiales. Los oficiales se presentaron con capuchas negras ocultando el rostro, lo que para muchos fue una muestra de vergüenza, miedo e impunidad.
Los policías recibieron la medalla al valor subcomisionado Juan Ramón Tórrez Espinoza, que fue impuesta por el sancionado primer comisionado Francisco Díaz.

Dos tiroteos para «cazar» a Chabelo

Así sucedieron los hechos sangrientos del sábado
30 de noviembre y el domingo 1 de diciembre de 2019, de acuerdo con la versión oficial de la Policía, que no es compartida por los familiares de los civiles muertos en los enfrentamientos.

Sábado 30 de noviembre
A las 12:30 del mediodía la Policía recibe una supuesta llamada en la que alguien denuncia que la «agrupación delincuencial» conocida como «Chabelo» está cometiendo un robo con intimidación en el Reparto Caliagua, de Masaya. Un operativo policial produce un tiroteo que deja tres oficiales heridos y dos civiles detenidos.
A las 5:10 de la tarde muere en el hospital Antonio Lenín Fonseca, en Managua, el suboficial Luis Alexander Mendieta Alemán, de 21 años.

Domingo 1 de diciembre
Masaya amanece sitiada por la Policía. A las 10:00 de la mañana, en el camino viejo de Niquimohomo, oficiales detectan «un automóvil Toyota Yaris, color gris, sin placa, circulando a exceso de velocidad», en el que supuestamente se movilizan Chabelo y otros dos civiles miembros de la misma «agrupación delincuencial». Se produce otro tiroteo.

Los tres civiles mueren en el enfrentamiento: Chabelo, Julio César Sandino, quien según familiares estuvo atrincherado con los estudiantes de la UPOLI durante las protestas de 2018, y Melkin Aguirre, de 26 años, conocido como «Grillo» y poblador de Masaya. También falleció el suboficial mayor Carlos Alberto Suce Ortiz, de 32 años.

Lunes 2 de diciembre
Chabelo, quien según sus familiares estuvo en los tranques de Masaya, es sepultado en su ciudad. Sus funerales se convierten en una manifestación contra el gobierno. Familiares, amigos y vecinos del difunto, gritan: “¡Isaías no murió, el gobierno lo mató!».

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