Grandes Crímenes | “Gato casero” en asesinato de Apolinar Mendieta en 1973

Un trabajador que odiaba a su jefe y estaba enamorado de la esposa de este, le guardaba tal rencor que decidió matarlo

Al entierro de Apolinar Mendieta asistió su asesino. La Prensa publicó una fotografía y lo señaló con una flecha y con otra a la viuda. HOY/Archivo

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Este reportaje fue publicado en el diario HOY el 16 de junio de 2018

A Polín Mendieta lo hallaron muerto dos trabajadores la mañana del lunes 26 de noviembre de 1973, en su quinta que quedaba cerca de la antigua Hacienda El Retiro (actualmente el IND).

Apolinar Mendieta tenía 45 años. Era un próspero empresario de transporte. Su cuerpo fue hallado sobre la tijera de lona en la que dormía, su cabeza colgando hacia abajo y chorreando sangre, debido a los golpes recibidos.

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Polín, a como era conocido popularmente, dormía solo en una casita hecha de ripios viejos de madera y láminas de plywood.

En esta tijera fue encontrado el cadáver de Polín. HOY/Archivo

En la espaciosa quinta, había otra casa —de concreto y corredores—, donde vivía su esposa Bertha Emilia Manzanares y sus hijos.

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Conforme fue avanzando la investigación de su asesinato, la Policía se enteró que la viuda no vivía con su marido desde 1966, por los problemas de alcohol del transportista. Por eso, Polín dormía solo en un cuarto que nada tenía que ver con su bonanza.

En la escena del crimen, los investigadores hallaron varias botellas vacías de ron Santa Cecilia y más de 50 ‘chivas’ de cigarrillos Record tiradas en el piso.

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El cuerpo tenía varios golpes en el cráneo. Y el antebrazo izquierdo fracturado, muestra de que Mendieta metió las manos para tratar de defenderse de su agresor.

Esta foto fue tomada cuando la Policía realizaba las investigaciones del crimen. Valerio observa a los oficiales y adelante de él, está la viuda. HOY/Archivo

La Policía comenzó a sospechar que en el crimen había “gato casero”, ya que Polín no había ocupado el rifle que siempre dejaba a la par de la tijera donde dormía. Los perros pastor alemán tampoco ladraron, y el criminal no había robado nada de valor, solo se había llevado un valijín con algunos cosméticos y joyas.

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Las autoridades descartaron el robo como móvil, pero sí notaron que habían atacado con saña al empresario.

Estaba enamorado

En los interrogatorios que realizó la Policía al círculo cercano de Apolinar Mendieta hubo una persona que entró en contradicciones y al final se “quebró”.

Era un mecánico que 14 meses antes había contratado Polín para que trabajara en su taller por el antiguo Mercado Bóer. Pero con el terremoto de 1972 quedó destruido, por lo que Mendieta hizo que Ricardo Valerio Oviedo, de 23 años, se convirtiera en su chofer personal para que este no se quedara sin trabajo. Pero un mes antes del crimen, Polín lo había despedido.

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El Chele, a como le decían a Valerio, era servicial con la familia de Apolinar, al punto que le llamaban “pipe”. A pesar que ya no trabajaba para el transportista, seguía llegando a la casa de la familia Mendieta y realizaba otros trabajos.

Tras un largo interrogatorio, Valerio confesó que entró al cuarto de su expatrón, después de forzar la puerta, Apolinar quiso incorporarse, pero Valerio le dio varios golpes en la cabeza con una varilla de hierro, “la flecha de dirección de un auto”.

Ricardo Valerio en la reconstrucción del crimen muestra cómo atacó a Apolinar Mendieta Castro. HOY/Archivo

“Cuando me quedó viendo, no tuvo chance de hablarme, aunque vi sus intenciones. Estoy seguro que él me reconoció”, contó el chofer, y dijo que todavía recordaba la última mirada de Apolinar.

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Después del crimen se quedó como media hora en el cuarto, tomó del mismo ron de Polín, se limpió la sangre de sus manos con un calzoncillo del difunto y luego lo tiró a una letrina junto con el rifle.

En esta letrina Valerio tiró el rifle. HOY/Archivo

La sorpresa vendría cuando le preguntaron a Valerio por qué había matado a Polín. “Lo maté porque estaba enamorado de su mujer”.

“Fui al entierro y la vela”, dijo fríamente. “Y anduve en las investigaciones del caso con la Policía”, agregó. Y en una fotografía del diario La Prensa había quedado plasmado, cuando cínicamente se veía a Valerio detrás de la viuda, cuando era interrogada por la Policía. Anduvo todo el tiempo en la escena del crimen.

El rifle, calzoncillo y dos sandalias que quedaron al fondo de la letrina. HOY/Archivo

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“Lo hice porque estaba muy enamorado de su esposa, muy enamorado”, añadió Valerio. “Me molestaba mucho ver a la señora sufrir y yo a ella la quiero. Él le daba mala vida y eso me molestaba”.

Después de la confesión irrumpió en llantos y le dio una crisis nerviosa. La Policía le tuvo que dar tranquilizantes.

El chofer Ricardo Valerio Oviedo cuando fue presentado a los medios de comunicación por primera vez. HOY/Archivo

Casi tres semanas después del crimen, el 15 de diciembre de 1973, el Juez Segundo Local del Crimen de Managua, Danilo Matus Ursola, le decretó a Ricardo Valerio Oviedo auto de segura y formal prisión por el asesinato de Apolinar Mendieta Castro.

Un trabajador que odiaba a su jefe y estaba enamorado de la esposa de este, le guardaba tal rencor que decidió matarlo.

Me trataba como criado

En su declaración ante el juez, Ricardo Valerio dijo que odiaba a su jefe. Una vez lo acusó de haberse robado un jeep y lo “insultó a como quiso” y lo trató mal delante de los otros trabajadores. Allí comenzó su rencor. “En esos momentos me entró una furia tremenda, que tenía ganas de romperle la vida al patrón”.

Ricardo Valerio dijo que odiaba a su jefe. HOY/Archivo

“Polín jamás pensó encontrarse con un hombre como yo. Era de esos millonarios que porque tienen dinero creen que pueden decirle todo a sus trabajadores. Se creen la ‘mama de Tarzán’, pero conmigo se equivocó”, manifestó Oviedo.

“Conforme el tiempo me fui enamorando de ella. Creo que fue una locura”, dijo el joven Valerio sobre su enamoramiento de la esposa de su jefe.

“Se lo dije varias veces de que estaba enamorado de ella, pero ella siempre me rechazó. Al rechazarme ella me decía que yo era un criado”, contó Valerio al juez.

Era un próspero empresario

A pesar de su adicción al alcohol, Apolinar Mendieta Castro, de 45 años, era un próspero empresario.

La viuda Bertha Emilia Manzanares. HOY/Archivo

Lo del oficio de transportista lo traía en la sangre. Su padre, Apolinar Mendieta Rodríguez, hacía viajes a Tipitapa en los antiguos Ford 28.

Polín estudió hasta tercer año de secundaria y luego tomó algunos estudios de comercio.

Al parecer les sacó provecho, porque supo multiplicar sus ganancias. Comenzó trabajando con una camioneta usada que le regaló su papá.

En camioneta hacía recorrido Managua-Tipitapa-Masaya. Y también usaba la camioneta para acarreo de carbón y leña.

Luego creó una de las líneas más productivas de transporte, la de Altagracia-Mercados. A base de trabajo logró amasar su cuantiosa fortuna. Tenía 23 buses, 20 trabajaban esa ruta y los otros servían de repuesto.

Cuando murió, tenía 25 años de trabajar como transportista.

A pesar que no le faltaba el dinero, era ahorrativo. Él mismo era el mecánico de sus buses. Mendieta también incursionó en el desarme de vehículos viejos y vendía los repuestos.

Oviedo cuando entregó sus pertenencias antes de ser encarcelado. HOY/Archivo

Polín también se vio beneficiado con un premio de la Lotería Nacional, y no lo desaprovechó porque invirtió en nuevas unidades.

Antes del terremoto de 1972, Mendieta vendió la línea de buses. En los últimos meses de su vida se dedicaba a la venta de terrenos en San Judas.

Varios de sus empleados le estimaban porque seis años antes de que lo asesinaran, Polín les regaló terrenos y casas en San Judas.

Cuando murió, Polín dejó un seguro de vida por 30 mil dólares. Según su esposa, lo pagaba desde 14 años antes a la empresa Pan American Life.

 

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