Cuando los brujos mandan

El rostro de un extraño color amarillo, y en la cabeza su boina roja de paracaidista, Chávez surge por encima de un sol de llamas como pétalos, dentro del que se enrosca una serpiente emplumada de vivos colores.

sepulturas, dictadores

Al centro de la rotonda donde se abre la avenida Bolívar, en Managua, custodiado por tres frondosos árboles de la vida hechos de fierro, se alza un monumento de latón en homenaje a Hugo Chávez, pródigo benefactor del régimen de la familia Ortega mientras vivió.

El rostro de un extraño color amarillo, y en la cabeza su boina roja de paracaidista, Chávez surge por encima de un sol de llamas como pétalos, dentro del que se enrosca una serpiente emplumada de vivos colores.

El color de bilis del rostro, el sol que parece una flor, la serpiente emplumada, todo tiene un significado que apunta hacia la magia protectora. Son símbolos esotéricos que tienen que ver con el poder, y las formas de protegerlo de acechanzas y malas vibras.

Para no hablar de los árboles de la vida, que custodian la salud y la suerte de los gobernantes, y los amparan frente a los efectos del mal de ojo, las enfermedades, y, por supuesto, la muerte.

El propio Chávez tenía instalado en el palacio de Miraflores un altar santero donde se hallaba entronizada una cabeza de caimán rodeada de velas y amuletos; al filo de la medianoche hablaba con el espíritu de Simón Bolívar en busca de consejos, y durante el almuerzo reservaba a su diestra un sitio y un plato para él.

El general Maximiliano Hernández Martínez llegó al poder en El Salvador por medio de un golpe de Estado, y se mantuvo a lo largo de trece años hasta que una protesta popular lo obligó a dejar la silla presidencial en 1944. Abstemio y vegetariano, y creyente en la reencarnación, realizaba sesiones de espiritismo en la casa presidencial. Proclamaba que quien mataba a una hormiga “cometía un crimen mayor que el de matar a un hombre, porque cuando un hombre muere se vuelve reencarnado, mientras que una hormiga muere para siempre”.

Por eso de que la vida de una hormiga vale más que la de un hombre, es que no tuvo empacho en mandar a masacrar a 30 mil indígenas en Izalco, en 1932, el genocidio mayor cometido nunca en Centroamérica.

Pero ninguno de los espíritus trascendentes con lo que solía conversar fue capaz de informarle que en su exilio en Honduras, su propio chofer lo mataría, dándole diecisiete puñaladas. Fueron tantas que los médicos invisibles no pudieron hacer nada por él.

Papa “Doc” Duvalier, quien llegó al poder en Haití en 1957 y se declaró presidente vitalicio, también hablaba con los difuntos. Ordenó decapitar a su enemigo político Blucher Philogenes, y mantuvo conservada en hielo la cabeza frente a la que se sentaba, tratando de sacarle palabra para que le revelara el nombre de quienes urdían conspiraciones en su contra.

Isabel Perón, una cabaretera de pocas luces, llegó a presidenta de Argentina en 1973 como sucesora de su esposo, el general Juan Domingo Perón. Pero quien verdaderamente mandaba era su consejero José López Rega, en un tiempo policía raso que servía el mate a sus superiores en el cuartel mientras soñaba con cantar un día en los escenarios las arias de Rigoletto, pues se creía con voz de tenor. Sacerdote supremo de la secta esotérica Anäel, sucesora de la secta Thulé, a la que pertenecieron nada menos que Adolfo Hitler y Rudolf Hess, organizó también otra secta de sicarios y criminales a sueldo, la Alianza Anticomunista Argentina, la Triple A, responsable de decenas de asesinatos, torturas y secuestros.

La brujería, una vez en el poder, se vuelve adicta al crimen, y nunca se harta de sacrificios humanos.

El autor es escritor. Baton Rouge, diciembre 2019.
www.sergioramirez.com

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