Los ataques a la Iglesia no son de ahora

Los ataques bajo el FSLN, en su primera etapa (197-1990), incluyó dividirla, tratando de confrontar una supuesta iglesia “popular” con otra “de los ricos

Nicaragua, Israel, nicaragüenses

Los ataques que ha sufrido la Iglesia nicaragüense a manos del poder comenzaron con su primer obispo, Diego Álvarez de Osorio, en 1527. Celoso por defender a los indios de los abusos del gobernador Francisco Castañeda, denunció sus desmanes a la Corte. En represalia, los comerciantes le cerraron el crédito, obligándolo a vivir de limosnas.

La cosa empeoró con el gobernador Rodrigo Contreras. Su primera víctima, y por las mismas razones, fue el padre Pedro de Mendavia, a quien clavó un puñal en la mano y apresó. Su esposa, María de Peñalosa, fue peor: furiosa contra la Iglesia, organizó una turba que asaltó el templo de la Merced, en León Viejo, matando a tres fieles y al primer sacerdote mártir de nuestra historia: Pedro de Chávez.

La hostilidad de la familia Contreras no intimidó a los eclesiásticos. El siguiente obispo, fray Antonio de Valdivieso, siguió denunciando sus abusos consiguiendo que la Corona los despojara de sus encomiendas y les obligara a acatar las Leyes Nuevas que prohibían la trata de aborígenes. Montando en cólera, esta vez dos hijos de la pareja gobernante organizaron otra turba y asesinaron al obispo el 26 de febrero de 1550.

Las tensiones entre la Iglesia y potentados locales fueron recurrentes, aunque ya no tan severas, en los siguientes siglos. En 1677 alcanzó notoriedad por sus denuncias el obispo Andrés de las Navas y Quevedo. En el período posindependencia la Iglesia sufrió la agresión de Morazán, quien en 1829 expulsó a las órdenes religiosas. Luego, bajo el presidente conservador Joaquín Zavala, vivió la expulsión de los jesuitas en 1881, acusados de haber propiciado la insurrección de los indios matagalpas.

Las cosas empeoraron con el dictador José Santos Zelaya. Tras prohibir las fiestas patronales y confiscar las propiedades eclesiales en 1899, cerró el seminario en 1904, prohibió el ingreso de religiosos y exigió abolir el uso público de vestimentas eclesiales. El sacerdote Ramón de Jesús Castro desobedeció y fue golpeado por la Policía. El obispo Pereira y Castellón excomulgó al presidente, quien le ripostó expulsándolo del país junto con 27 clérigos.

Los ataques bajo el FSLN, en su primera etapa (1979-1990), incluyó dividirla, tratando de confrontar una supuesta iglesia “popular” con otra “de los ricos”. A esta le expulsó 17 sacerdotes y un obispo, además de censuras, trampas contra clérigos, agresiones físicas, etc.

La segunda o reciente etapa ya la estamos viviendo y, en cierta forma, repitiendo. Tal parece ser ley de la historia: las tiranías jamás podrán congeniar con una Iglesia que solo hinca la rodilla ante Dios y que está comprometida, hasta la sangre, con la verdad y defensa de los débiles.

El autor acaba de publicar su libro “Buscando la tierra prometida”, historia de Nicaragua 1492-2019.

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