Las impactantes historias de los brigadistas que socorrieron a las víctimas del terremoto de 1972

En la Managua terremoteada de 1972 cada quien luchaba por salvar su propia vida y la de los suyos, pero hubo algunos que salieron a las calles destruidas a dar socorro a los desesperados. Sucedió hace 47 años y estas son sus historias.

Socorristas saliendo de los escombros ocasionados por el terremoto. LA PRENSA/ Archivo

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Poco a poco fueron juntándose en medio de la oscuridad de la ciudad destruida. Fue muy difícil. Primero tenían que salvarse ellos mismos, luego a sus familiares cercanos. Los que llegaron a la Cruz Roja, encontraron al edificio colapsado. Aun así improvisaron socorros y rescataron heridos que no sabían a dónde llevar porque casi todos los hospitales también habían desaparecido.

Personas con extremidades desprendidas, algunos incendiándose, niños pidiendo auxilio bajo los escombros, adultos clavados por estacas de hierro, cadáveres apilados en las aceras, mujeres y hombres desnudos caminando sin rumbo son parte de las escabrosas escenas que les tocó ver a muchos voluntarios en su intento por salvar vidas.

Ese 23 de diciembre de 1972 más de 400,000 habitantes de Managua se estremecieron con un terremoto de 6.2 en la escala de Richter. Bastaron 30 segundos para que toda una ciudad quedara bajo los escombros y más de 10,000 personas no pudieran volver a despertarse.

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En los minutos siguientes a esa terrible sacudida, que dejó a Managua sumergida en una nube de polvo, incendios y escombros, docenas de voluntarios tomaron la decisión de ayudar a esos que emitían gritos de auxilio desesperados en medio de la penumbra.
El escritor Hugo Vélez Astacio fue uno de ellos. No tenía ni 20 minutos de haber llegado a su casa, ubicada de la Sorbetería Hormiga de Oro tres cuadras al oeste, cuando se registró el movimiento telúrico que sumergió durante varios meses a la capital en la ruina. Su primo, Carlos José Cabrera, de 21 años, fue aplastado por las paredes de su casa.

“Una vez que todos mis familiares están a salvo, mi primo Rommel Astacio Montealegre (Q.E.P.D.) y mis hermanos Armando Antonio Vélez Astacio y Antonieta Vélez Astacio y les digo que Carlos José ha muerto, mi hermano me pregunta: ¿Y ahora qué hacemos? Le digo, en lo que creo fue un momento de lucidez, en tributo a Carlos José busquemos cómo salvar gente”, recuerda Vélez Astacio.

Personas caminan cerca de algunos cadáveres rescatados de los escombros. Tras el terremoto Managua quedó convertida en un enorme cementerio al descampado.  LA PRENSA/ Archivo

Los hermanos empezaron a prestar más atención a los gritos y lamentos a su alrededor. En el lugar donde se encontraban de pie, supuestamente seguros porque no había nada más que cayera, lograron escuchar unos gritos desgarradores.

“Era una niña que estaba bajo los escombros. Mi hermano me ayudó a abrir entre todo ese montón de piedras y tierras un hueco y logramos sacarla con vida. Desde ese momento empezamos en la casas vecinas a buscar el grito más cercano”, relata.

Uno de los salvamentos que más dolor causó a los Vélez Astacio fue el de un hombre que estaba atravesado por una estaca de hierro, porque no lo pudieron sacar de los escombros y lo vieron morir sepultado por la primera réplica del terremoto.

“Buscamos a otro que gritaba, pero vimos que tenía insertada una estaca en el pecho. En eso estaba cuando escucho los gritos de mi hermano. Entonces decidí salirme y cuando ya estoy fuera vuelve a temblar. Se da el segundo terremoto y los escombros se reacomodaron. Ahí murió ese hombre”, lamentó el escritor Vélez Astacio.

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La ficha científica de la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos (USAID, por sus siglas en inglés) ubica el terremoto del 23 de diciembre de 1972 a las 12:29 a.m., con un epicentro a dos kilómetros dentro del lago de Xolotlán, conocido como “Lago de Managua”. Además, reportó dos grandes réplicas luego del terremoto de 6.2 en la escala de Richter, una a la 1:18 a.m. y otra a la 1:20 a.m.

Mientras los Vélez Astacio culminaron sus primeros momentos de ayuda humanitaria casi de forma empírica e instintiva, al este de Managua los socorristas de la Cruz Roja Nicaragüense Clemente Balmaceda y Boanerges López López ponían a salvo a sus familias para luego presentarse a la institución y comenzar una ardua labor humanitaria.

Los socorristas

Antes que Managua se sumergiera en un desastre ese 23 de diciembre de 1972, Clemente de Jesús Balmaceda Vivas se encontraba en el barrio San Luis, de Managua, junto a su primera esposa y su hija de apenas dos meses de nacida en ese entonces.

Balmaceda Vivas, de 75 años ahora, socorrista reconocido de la Cruz Roja Nicaragüense, vivía en una casa de taquezal, una mezcla de armadura de madera rellena de rocas argamasadas con tierra y estabilizante, que se vino abajo sin dejar ninguna pérdida humana.

A 56 años de pertenecer al cuerpo de socorrista de la Cruz Roja, donde ocupó importantes cargos como vicepresidente y presidente nacional de la institución, rememora con claridad las desgracias que vio y las limitantes que se tuvieron para atender a las víctimas del terremoto.

El escritor Hugo Vélez  Astacio en labor de rescate. LA PRENSA/ Cortesía

Cuando Balmaceda se presentó al edificio de dos plantas de la Cruz Roja de Managua, ubicado en la esquina opuesta del actual Ministerio del Trabajo, la sorpresa fue desgarradora: encontró un edificio completamente colapsado, unas cinco ambulancias aplastadas por el techo, voluntarios de turno muertos bajo los escombros y toda una ciudad invadida de víctimas que clamaban auxilio.

Boanerges López, de 75 años, graduado de socorrista en la Cruz Roja de Nicaragua en 1964 con la generación de Balmaceda, también, luego de dejar a salvo a su familia en la Colonia Unidad de Propósito, donde el terremoto de 1972 no tuvo mayor efecto que algunas paredes agrietadas, se presentó a eso de las 8:00 a.m. al edificio de la institución.

López recuerda que logró ver al guarda de seguridad del edificio aplastado por los escombros, aunque celebró ser testigo de cómo el telefonista de turno, Guillermo Balmaceda, pudo salvarse gracias a que se colocó bajo la mesa de un escritorio cuando se produjo el terremoto.

Boanerges López, quien también fue vicepresidente del Consejo Nacional de la Cruz Roja y mantiene un cargo como asesor vitalicio de la institución al igual que Clemente Balmaceda, recuerda que ese 23 de diciembre solo se lograron juntar como a 15 voluntarios de Managua, los demás estaban muertos o buscaban como sacar los cuerpos de sus parientes.

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“Se empezó a conformar brigadas con las personas que fueron llegando porque el problema fue que nosotros éramos socorristas y perjudicados, entonces, algunos no pudieron llegar porque se les cayeron sus casas. Las atenciones las comenzamos como con 15 socorristas, la población también comenzó a unirse y apoyaron mucho porque el trabajo era difícil”, rememoró López.

Boanerges López, socorrista de la Cruz Roja nicaragüense rememora la tragedia del terremoto del año 72 que destruyó la capital y su participación como socorrista. Oscar Navarrete/ LA PRENSA.

La dirección de la Cruz Roja Nicaragüense, como primera medida, mandó a traer ambulancias de departamentos vecinos, para iniciar con la ayuda en atenciones prehospitalarias.

Sin hospitales

La siguiente tragedia con la que se enfrentaron los socorristas de la Cruz Roja fue que no había dónde trasladar heridos. El Hospital El Retiro, el más grande y reconocido de ese entonces, había colapsado. El Hospital del Seguro Social y el Hospital Bautista también se vieron afectados y tampoco estaban atendiendo. El único en ese momento que soportó el terremoto fue el antiguo Hospital Fernando Vélez Paiz, pero no se daba a basto.

Esas primeras horas de la mañana de ese 23 de diciembre para Clemente Balmaceda fueron impactantes. Ver a una ciudad colapsada, gente llorando, personas arrodilladas por la desesperación, mujeres corriendo con niños en los brazos buscando asistencia y ver que no había con qué ayudarlos.

“Me impactó bastante. Fue cuando llevábamos a los heridos casi muriéndose al hospital y encontrar que no hay hospital, que está en el suelo, que no hay con qué ni cómo atenderlo”, lamenta Balmaceda.

Clemente Balmaceda. LA PRENSA/ Ana Cruz

López recuerda que tuvieron que aplicar una condición que se le enseña a todo socorrista: improvisar, usar lo que se tenga a la mano para brindar una atención, resolver con lo que hay.

“Hubo casos en los que nos encontrábamos a una persona con una fractura en todo su miembro, no podía moverlo y lo inmovilizamos con lo que hubiera, con reglas, cordones, con lo que fuera”, dice.

Solidaridad exterior

Horas más tarde, al conocerse el desastre que enfrentaba la capital de Nicaragua, las sociedades hermanas de la Cruz Roja empezaron a ponerse a disposición. La primera unidad de apoyo de la Cruz Roja de Centroamérica en llegar al país fue la de Costa Rica.

López recuerda que al llegar los socorristas y la ayuda de Costa Rica los ubicaron en el jardín del edificio colapsado de la Cruz Roja Nicaragüense.

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“La Cruz Roja colocó varios puntos de atención de emergencia, una vez que se contaba con el apoyo de las sociedades hermanas, uno junto al monumento Henry Dunant de la Cruz Roja. El Gobierno también colocó uno en el antiguo Hospital El Retiro, con la ayuda del Gobierno de Estados Unidos, eso era como un hospital móvil”, explicó Balmaceda.

Los socorristas empezaban a llenarse de esperanza nuevamente. Al ver a helicópteros con grandes tractores y camiones volquetes llegar, el desborde de ayuda en víveres, agua e indumentaria y utensilios de primeros auxilios los hizo sentir que tenían más fuerza de trabajo, pues muchos tenían más de 24 horas de andar sin comer, bañarse o ver algún tipo de camilla, guantes o inmovilizadores.

El escritor Hugo Vélez Astacio en la actualidad. LA PRENSA/ Roberto Fonseca

El Gobierno de Somoza, rememora Balmaceda, intentó centralizar toda la ayuda que llegaba a la Cruz Roja Nicaragüense, obligando a los brigadistas a pelear para que las donaciones llegarán a su destino: la población.

“El presidente Somoza dio la orden de que todo lo que llegaba al aeropuerto pasara al Hospital El Retiro, por lo que empezamos a pelear y logramos que se cumpliera nuestro mandato, es decir, que todo lo que llega a la Cruz Roja se reparte por la Cruz Roja. Ellos agarraban pero nos dejaban la mayor parte de los materiales que nos venían”, recordó López.

Las cosas que repartieron los socorristas de la Cruz Roja fueron principalmente alimentos, productos de higiene personal, frazadas, ropa, casas de campaña y agua, ya que las tuberías estaban reventadas y muchos tuvieron que tomar agua colada en prendas de ropa.

Con más herramientas para cumplir el objetivo de salvar vidas, luego de unas 60 o 72 horas desde el fatídico terremoto, el socorrista López recuerda que en una de sus tantas labores de rescate y búsqueda de personas o cadáveres en los escombros los estremeció el sonido de un lamento y empezaron a buscar ahí.

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La brigada de López se encontraba en la periferia del Mercado Oriental cuando escucharon aquel lamento que les erizó la piel. Buscaron incansablemente entre los escombros y encontraron a un hombre con un brazo fracturado y el pie prensado entre los escombros.

“Lo sacamos entero y lo sacamos vivo. Eso fue una alegría. Eso nos reanimaba, nos revitalizaba luego de ver tanto muerto. El hombre ya tenía como cuatro o cinco días de estar ahí. No sabemos cómo pero aguantó, y lo primero que pidió fue agua. Le dimos poco a poco y lo llevamos a El Retiro (hospital). Se debió salvar porque no presentaba hemorragias, solo se miraba deshidratado”, relata López.

Olor a muerto

Esos momentos de “alegría” por un rescate efectivo, a cinco días de haber ocurrido el terremoto, eran opacados por lo que se llamó “el escombreo”. Los socorristas recuerdan que entrar por Carretera Norte, con dirección al Cine González, el tufo a carne podrida invadía el ambiente, mientras las aves de rapiña o zopilotes sobrevolaban el lugar.

López nunca podrá olvidar el impacto que le ocasionó no poder salvar a un hombre, de entre 35 y 40 años, que tenía prensada la mitad de su cuerpo por los escombros. El socorrista se encontró con el hombre prensado cuando circulaba tres cuadras al este del Banco Central, hoy edificio de la Asamblea Nacional, y al no poder levantar las vigas que lo prensaban pidió ayuda a unos oficiales del Ejército, que ya se encontraban protegiendo la zona, pero su recomendación fue matar al hombre en el lugar “para que no siguiera sufriendo”.

“Nos acercamos a un médico militar y dijo que para que no sufriera había que eliminarlo. Le dijimos que nosotros no podíamos hacer eso, si ellos querían hacerlo que lo hicieran, porque yo les pedía ayuda para que trajeran a una máquina. Creo que lo mataron o lo ajusticiaron porque luego pasamos y el edificio estaba igual y parece que lo sacaron en pedazos y lo mataron. Eso fue horrible para mí, aunque sé que el hombre estaba sufriendo”, lamentó López.

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Pero eso no era todo lo que tendrían que ver en menos de un mes y en una temporada en la que se supone se tiene que celebrar las vísperas del año nuevo. El socorrista Clemente Balmaceda rememora que en uno de esos tantos días de escombreo recibieron la orden de quemar a todo cadáver que estuviera descompuesto.

En sus memorias, Boanerges López cuenta sobre el hospital de campaña que tuvieron que improvisar en el parque Las Palmas, al lado del monumento a la Cruz Roja. Oscar Navarrete/ LA PRENSA.

“Tuvimos que quemar cadáveres. Eso fue quizás lo más difícil para mí, porque era quemar personas que si bien es cierto estaban muertas, pero uno ni siquiera un animal había visto quemar, eso fue realmente terrible. Sentimos el olor de la carne putrefacta quemándose”, dice.

Los socorristas ni siquiera portaban indumentaria que los protegiera. Solo llevaban un bidón de gasolina, una mascarilla que no aislaba el olor putrefacto de un cadáver descompuesto y cerillos para pegarles fuego.

“Yo buscaba la forma de sacar los cuerpos, intentaba no tener que llegar a quemarlos ahí donde murieron, pero algunas veces el tufo era demasiado. Los cuerpos estaban en un estado tan alto de descomposición que ya no quedaba más que quemarlos. Era terrible el olor a carne descompuesta”, recuerda.

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El Distrito Nacional, equivalente a lo que hoy es la Alcaldía de Managua, se encargó de los cuerpos que los brigadistas decidían no quemar durante el escombreo. Los trabajadores del Distrito Nacional, utilizando palas mecánicas, procedían a levantar los cuerpos que eran encontrados bajo los escombros en estado de descomposición sin ser previamente identificados y los colocaban en camiones volquetes.

Boanerges López recuerda que en una de las tantas ocasiones que fue parte de los escombreos, decidió subirse en uno de los camiones volquetes del Distrito Nacional, sin saber que sería testigo de una de las escenas más desgarradoras que ocasionó el terremoto de 1972.

“Fui testigo de cómo se lanzaban aquellos cuerpos como que fueran bloques”, dice. “Llegué en la orilla de hoy donde los lanzaban y eran montones de cadáveres en un solo punto. Los trabajadores le ponían con una pala mecánica un montón de tierra a la espera de otro volcado”, detalló López.

Ese tipo de escenas ocasionaron a los socorristas perturbaciones y la urgencia de ayuda psicológica, que solo llegó años después de terminar la guerra contra la dictadura de Somoza.

“Fueron cosas horribles que solo viéndolas te podés impactar y toca reponerte para volver al campo y poder ayudar”, sentenció Balmaceda.

Los refugios en El Coyotepe

Después que miles de capitalinos se quedaron sin hogar producto del terremoto de 1972, según el ingeniero civil y socorrista Clemente Balmaceda, con ayuda de la cooperación alemana y otros gobiernos amigos se planificó la construcción de albergues para los damnificados del terremoto.

Los llamados repartos de emergencia se construyeron, primeramente, uno en un predio baldío que quedaba junto a la estación de bomberos de Jinotepe, Carazo, y otro en lo que hoy se conoce como el Campo Escuela “El Coyotepe”, ubicado en Masaya.

Balmaceda recuerda que apoyó al Comando Sur de Estados Unidos en el levantamiento topográfico en “El Coyotepe”, donde colocaron un asentamiento para las personas que sus casas habían colapsado.

En “El Coyotepe” fueron construidas y colocadas docenas de champas móviles, llamadas por sus habitantes como “iglú” por su parecido con los iglú construidos con bloques de hielo en el Polo Norte, pero la diferencia era que estos estaban edificados de poroplast y cubiertos con líquido de secado rápido que ayudaba a impermeabilizar y los endurecía.

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En números

  • Entre 10,000 y 11,000 personas se calcula fallecieron en el terremoto del 23 de diciembre de 1972.
  • Más de 20,000 resultaron heridas.
  • El 60% de la ciudad quedó en escombros.
  • 845 millones de dólares, de la época, fue el costo estimado de las pérdidas.

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