Dios es de todos

La figura de los Reyes Magos trae siempre un mensaje de optimismo, de ilusión y de esperanza, de apertura a todo cuanto huele a la verdad, a sintonía con todos cuantos se arriesgan por un mundo nuevo y mejor.

Jesús no es solo para los cristianos: Jesús es para todos los hombres, creyentes o no. En Jesús se rompen todas las fronteras y las razas, las distinciones y las preferencias. Jesús es de todos y para todos; de ahí el mandato que le dio a los suyos: “Vayan por el mundo entero; prediquen el Evangelio a toda criatura” (Mc. 16, 15-16). Jesús es la oferta gratuita que Dios hace a todos los hombres de todos los tiempos para que todos tengamos la oportunidad de salvarnos. Sin embargo, no todos están dispuestos a aceptar esta oferta de nuestro Padre Dios.

Los Magos son el símbolo de todos aquellos que son inquietos. Que no se contentan con lo que son ni con la vida que llevan; los que viven en constante búsqueda. Los que dejan su seguridad y van tras la estrella que les puede guiar hacia caminos distintos. Los que se arriesgan y preguntan y, lógicamente, se encuentran con Jesús, lo aceptan y Jesús les hace cambiar de vida: “Regresan a su casa por otro camino” (Mt. 2, 12).

Herodes y Jerusalén (con sus sacerdotes e intelectuales a la cabeza) son el signo de todos aquellos que viven satisfechos y no quieren complicarse la vida. Aquellos que están instalados en su poder, en su tener, en su comodidad y en su religión. Se sienten seguros de sí mismos, de su verdad. Viven anclados en su yo, en sus seguridades y tradiciones. Están hartos de todo; no tienen hambre de nada. Nada necesitan y por nada se arriesgan ni complican la vida. Ni Herodes, ni Jerusalén, con sus sacerdotes y sabios a la cabeza —como muchos— pudieron encontrarse con Jesús y, por tanto, mucho menos pudieron cambiar sus vida.

Muchos preferimos la comodidad antes que el riesgo de seguir la estrella que nos lleva a Jesús y hasta buscamos excusas, como Herodes que dijo a los Magos: “Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme para ir yo también a adorarlo” (Mt. 2, 8). Ni Herodes, ni los sumos sacerdotes y escribas, ni toda Jerusalén fueron al encuentro de Jesús (Mt. 2, 3).

¡Estaban cerrados a la luz! Solo los Magos encontraron a Jesús, porque sentían interés de buscarlo, de seguir la estrella y al Niño nacido en Belén. Ellos se llenaron de alegría al encontrarse con Jesús, porque se dieron cuenta que la estrella que les guiaba se paró donde estaba el niño y “postrándose le adoraron” (Mt. 2, 10-11).

Nuestra actitud ante la vida debe ser siempre la de los Magos de Oriente: vivir incansablemente en actitud de búsqueda, como los Magos (Mt. 2, 2), porque, si buscas, encontrarás. Hay que estar abiertos siempre a la luz, a la estrella que nos guía hasta la verdad que no es otra que Jesús (Jn. 14, 6), como le pasó a los Magos.

El autor es sacerdote católico.

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