Las fotos que sopla la brisa

Cada familia ha traído al museo alguna pertenencia de los muchachos caídos. Un par de zapatos deportivos, un diploma de bachillerato, mochilas escolares

formas de mortalidad, poetas, Carlos Gadel

Las fotografías suspendidas de hilos que penden del techo se mueven levemente como las hojas de un árbol sopladas por la brisa. Son fotos con una foto. Madres solas a veces, una abuela, un matrimonio, el matrimonio y los hijos, sostienen con amoroso cuidado la fotografía de sus deudos, adolescentes y muchachos caídos bajo las balas en el año funesto de 2018. Un total de 514 víctimas, de acuerdo con la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos.

El Museo de la Memoria contra la Impunidad fue organizado por la Asociación de Madres de Abril (AMA), bajo el lema Ama y no Olvida, y abrió sus puertas en septiembre del año pasado, por un mes, en el Instituto de Historia de la Universidad Centroamericana en Managua. Ahora puede recorrerse en la red.

El día que fui a visitarlo, me acompañó como guía doña Guillermina Zapata, la madre de Francisco Javier Reyes Zapata, de 34 años de edad, comerciante ambulante de ropa. Fue alcanzado en la cabeza por el disparo de un francotirador, cerca de la Universidad Nacional de Ingeniería, el 30 de mayo, Día de las Madres, al final de una multitudinaria manifestación. Su padre era entonces policía de línea.

Me cuenta que ella misma participaba también en la manifestación, de cómo empezó a sonar la balacera, de su incertidumbre porque el muchacho no respondía las llamadas a su celular, hasta que le avisaron que lo habían llevado herido de muerte al Hospital Bautista donde por fin lo encontró.

Cada familia ha traído al museo alguna pertenencia de los muchachos caídos. Un par de zapatos deportivos, un diploma de bachillerato, mochilas escolares, trofeos de competencias deportivas, medallas, una camiseta del Barsa, una guitarra, un par de anteojos, una pelota de futbol llena de firmas, una patineta.

Un ejemplar empastado en tapa dura de Los Miserables, que Franco Valdivia, asesinado el 20 de abril en el parque central de Estelí, ya no pudo terminar de leer. La sotana de monaguillo de Sandor Dolmus, asesinado el 14 de junio en León, cuando apenas llegaba a los 15 años.

Es la misma sotana que luce en la fotografía que sostiene su madre Ivania del Socorro Dolmus, solo que encima de la sotana rojo escarlata tiene puesta el alba y sus ornamentos de monaguillo de la Catedral de León. Y es la misma que llevaba en el ataúd, donde parece un cardenal primado, a menos que uno se acerque, como lo hace la cámara, y advierta que se trata de un niño que entraba apenas en la adolescencia.

Doña Ivania, su madre, no tendrá más de 35 años. Quizás no alcanzaba los 20 cuando tuvo al hijo monaguillo que luego querría ser sacerdote. Su único hijo. Luce un collar de cuentas oscuras del que pende lo que puede ser un escapulario. Su mirada, dirigida al ojo de la cámara, y por tanto a nosotros, es firme y serena:

“Cuando le dispararon él estaba en una barricada con mi sobrino, de aquí de esta casa como a tres cuadras para abajo. Siempre que salía me decía muy serio: si no vuelvo es que me fui con la patria… entonces vieron que venían los paramilitares. Fue llevado al hospital… el doctor sale diciéndome que él había fallecido, que la bala le tocó el pulmón, le tocó el corazón… una madre puede quedarse ronca de tanto gritar exigiendo justicia aunque con eso ya sé que no me lo van a revivir…”

Esta mujer, ronca de tanto gritar, como las otras, ama y no olvida.

El autor es escritor. Masatepe, enero 2020.
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