Este es el origen de las peligrosas relaciones entre Nicaragua e Irán

Ahora que en el mundo soplan más fuertes los vientos de guerra, Nicaragua se acerca a Irán, un país en abierta confrontación con Estados Unidos. ¿De dónde viene y a qué responde esta relación?

El ayatolá Alí Jamenei es el máximo líder de la república islámica de Irán.

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En medio de la colección de “aliados” del régimen de Daniel Ortega, hay uno que destaca por ser especialmente polémico: Irán, la ancestral nación que se encuentra en el ojo de un conflicto con Estados Unidos. Ahora que en el mundo vuelven a sonar tambores de guerra, muchos están volviendo la mirada hacia Nicaragua por su vínculo político con el país persa. Y, según los expertos, a Ortega le gusta eso.

La “amistad” entre Irán y Nicaragua solo funciona cuando el Frente Sandinista está en el poder y su naturaleza parece ser bastante simple: se basa en el viejo adagio “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. La relación inició con la década de los ochenta, se redujo a la mínima expresión en los 16 años de gobiernos liberales y fue retomada apenas Ortega logró volver a la Presidencia, luego de tres derrotas electorales consecutivas.

.Enero de 2012. Daniel Ortega junto a Hugo Chávez Frías, entonces presidente de Venezuela, y Mahmoud Ahmadinejad, en esa fecha presidente de Irán. FOTO/ ARCHIVO

El 10 de enero de 2007, día de la toma de posesión de Ortega, el vicecanciller iraní Said Yalili anunció que su gobierno firmaría varios acuerdos para apoyar el desarrollo agrícola, industrial y energético en Nicaragua. Apenas tres días después, el propio presidente Mahmoud Ahmadinejad bajó de un avión en Managua para subirse al Mercedes Benz de Ortega y acompañarlo en un recorrido por los barrios del sur de la ciudad.

Los niños abandonaron sus juegos y las amas de casa sus quehaceres para salir a la calle a ver pasar al hombre que con sus millones de petrodólares ayudaría al país a salir del agujero de la pobreza. Más tarde, en una tarima enflorada, el iraní dijo que ese sería un día “inolvidable” en su vida. Ortega le colocó la Orden Augusto C. Sandino y lo llamó “Mamud”, en señal de confianza.

Para el año 2008, el inventario de casi veinte promesas iraníes incluía “proyectos de energía hidroeléctrica, construcción de plantas procesadoras de leche y centros de acopio, reconstrucción de centros de salud y capacitación de personal, ofertas de créditos hipotecarios, la construcción de unas diez mil viviendas de carácter social y proyectos de agua potable y saneamiento”; además de un ambicioso proyecto para la construcción de un puerto de aguas profundas en Monkey Point, detalló la revista Magazine en marzo de 2013.

Las promesas de Irán y los acuerdos con el país persa pueden ponerse en la misma lista en la que duermen el canal interoceánico y el satélite chino, la refinería venezolana y la hidroeléctrica brasileña. Pero, de todas formas, en agosto de 2019 una delegación del régimen de Nicaragua viajó a territorio iraní para concretar el desarrollo de nuevos acuerdos en materia económica y comercial.

El 22 de julio de 2019, en una visita a Managua, el ministro de Exteriores iraní, Javad Zarif, acusó a Estados Unidos de imponer un terrorismo económico contra Irán y Nicaragua. FOTO/ ARCHIVO

Laureano Ortega Murillo, asesor presidencial para las inversiones; Iván Acosta, ministro de Hacienda y Crédito Público, y Francisco López, ministro asesor de Producción y Comercio, acordaron con los persas que “Teherán proveerá tecnología, medicamentos e invertirá” en Nicaragua, que a su vez “exportará productos agrícolas a la nación persa”. Nada de esto ha dado frutos hasta el momento y, al menos en 2019, los envíos hacia Irán aparecieron en cero en los registros del Centro de Trámite de Exportaciones (Cetrex).

Entonces, ¿qué gana Nicaragua en su relación con los iraníes? “Nada”, dice Mauricio Díaz, exembajador de Nicaragua ante la Organización de Estados Americanos (OEA). “La relación actual del gobierno de Nicaragua con el de Irán es solo una especie de reminiscencia de lo que hubo en el pasado, particularmente producto de la revolución de los ochenta”.

Las “revoluciones hermanas”

Todo comenzó con la caída del sah Mohammad Reza Pahleví, el último líder de una monarquía autoritaria y antiquísima, de origen persa, apoyada por el Reino Unido y los Estados Unidos. El líder de esa revolución fue el jerarca religioso o ayatolá Ruhollah Jomeini, quien a su vez fue respaldado por organizaciones islámicas y de izquierda, además de los movimientos estudiantiles iraníes.

Las manifestaciones comenzaron en 1977 y evolucionaron en una lucha armada callejera que hizo colapsar al gobierno real el 11 de febrero de 1979, llevó al poder a Jomeini y finalizó con la instauración de la República Islámica, que sigue vigente en Irán.

Ese mismo año la Revolución sandinista derrocó a la dinastía de los Somoza y el nuevo gobierno consideró que se trataba de “revoluciones hermanas”.

“Había una identificación natural que tenía que ver con que las dos revoluciones, tanto la iraní como la nicaragüense, se habían producido casi al mismo tiempo, en dos continentes distintos”, explica Víctor Hugo Tinoco, vicecanciller de Nicaragua en los años ochenta. “Eso hacía que nos identificáramos, a pesar de que los intereses y las visiones eran muy distintos”.

Por un lado, “la revolución iraní era de corte más fundamentalista, teocrática, donde la ley de la sociedad era la ley religiosa”; mientras que en Nicaragua había una revolución con un énfasis nacionalista y socialista”, dice Tinoco. Pero las dos enfrentaban al mismo adversario: los Estados Unidos, y “eso de alguna forma generaba una relación de amistad natural”.

Esa relación, sin embargo, “nunca fue profunda” y “nunca tuvo contenido material significativo”. Había un embajador de Irán en Nicaragua pero no existía “un sentido político estrecho”, más que algún pronunciamiento contra alguna acción de Estados Unidos. En términos económicos, igual que hoy, tampoco había mayor cosa, afirma el exvicecanciller. Quizás “alguna pequeña inversión”, con carácter devolutivo, y nada más.

Desde siempre el asunto “ha sido más ideológico”, señala Norman Caldera, canciller de Nicaragua en la época de Enrique Bolaños. “Yo soy enemigo del gran Satán y él es enemigo del gran Satán, entonces él y yo somos amigos, aliados contra Satán”, dice, intentando resumir la lógica de la relación Nicaragua-Irán.

Durante la gestión de Bolaños las relaciones diplomáticas con el país islámico se mantuvieron frías. Dejaron la embajada en Managua, pero reducida a su mínima expresión. “Veíamos al embajador en las fiestas oficiales, en el saludo de año nuevo al cuerpo diplomático, en la fiesta del 15 de septiembre y una que otra vez al año”, recuerda Caldera.

Ya en 2007, con el retorno de Ortega, se reactivó la “amistad”. “Supongo que ellos se ven con más frecuencia y eso los hace sentirse con más cercanía”, observa el excanciller, “pero tampoco es que hayan unas relaciones sumamente estrechas”. “Se invitan, va el uno a oír los discursos del otro y a tomarse la foto, pero no veo realmente sustancia entre la relación Irán y Nicaragua más que meterse entre las patas de los caballos, como suele acontecer aquí”.

Pinta en la antigua embajada de Estados Unidos en Teherán, capital de Irán. FOTO/ AGENCIAS

Relaciones peligrosas

Si Nicaragua no obtiene beneficio económico alguno en su relación con Irán, ¿por qué el régimen sandinista la cultiva? Para Mauricio Díaz, la respuesta se halla en la visión que Daniel Ortega tiene del mundo. Es decir, Ortega “cree que él es un líder mundial” y su estrategia es “mantener a Nicaragua en el ojo de los conflictos internacionales, un poco tratando de jalar al país hacia lo que vivimos en la época de la Guerra Fría”.

De esa forma, el dictador nicaragüense “se lanza a nada en el mar del narcisismo internacional”, presentándose como el “gran líder” de un país arruinado económicamente. “Ridículo”, opina el experto. “Los nicas no tenemos ningún beneficio, primero por las enormes distancias que tenemos en materia de comercio internacional. Segundo, porque este régimen está situado en lo que el maestro (Samuel) Huntington llama ‘el choque de las civilizaciones’ y nosotros no tenemos nada que ver en esa pelea”.

A juicio de Díaz, la cercanía con un país en abierto enfrentamiento con Estados Unidos crea “más nerviosismo, incertidumbre, inseguridad”. No pintamos nada en esa “fiesta” y “cada vez quedamos más solos”, porque las naciones responsables están “hilando fino para resolver los problemas internos de sus países y no entrar a una confrontación de elefantes”.

El peligro, sostiene el excanciller, “es que estamos situados, a los ojos de la comunidad internacional, como un país que tiene aliados fundamentalistas, que no comparten para nada los valores del mundo occidental y cristiano”.
Además de que la revolución iraní y la nicaragüense se consideran “hermanas” y de que aparentemente a Ortega le gusta tomar parte en revuelos internacionales, la relación con el país persa también responde a la política exterior cultivada por la dictadura, que es como la de los cubanos.

“El canciller Moncada se ha dedicado a visitar países desprestigiados del planeta”, señala Díaz. Se trata de “alianzas útiles para escalar posiciones en Naciones Unidas”.

Pero mientras Ortega se coloca en “el jet set de las izquierdas entre comillas”, los nicaragüenses solo ganamos “el riesgo de que se sigan corriendo las inversiones de otros países y otras empresas”, afirma Víctor Hugo Tinoco. “Es el primer efecto cuando tenés relación con un país enfrentado con Estados Unidos. Todo mundo guarda sus realitos”.

De esa manera, según Díaz, “se pone en evidencia que la política internacional de Nicaragua responde más a relaciones de amiguismo que a la búsqueda de aliados estratégicos para beneficiar al pueblo nicaragüense”. Es una política de “compadres”. De amigos “ideológicos” en el “socialismo del siglo XXI”, proyectos totalmente fracasados en el mundo contemporáneo.

El 3 de enero de 2020 Qassem Soleimani, general de división iraní, murió durante un ataque aéreo de Estados Unidos en el aeropuerto de la capital de Irak.

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¿Qué es Irán?

Desde un milenio antes de Cristo hasta 1935, Irán fue conocido como Persia. Hoy día queda muy poco de aquel majestuoso imperio (el más grande que ha existido, según algunos historiadores), pero el nombre sigue siendo válido y es aceptado junto con el de Irán. Con Irak, fue el hogar de las civilizaciones más antiguas.

Su gran importancia geopolítica se debe a que está ubicado entre Oriente Próximo, Asia Central y Asia del Sur. Además tiene la cuarta reserva de petróleo y primera de gas a nivel mundial, por lo que se le considera una “superpotencia energética en potencia”.

Es el decimoctavo país más extenso del mundo y tiene una población de más de 80 millones de personas de diversas etnias, en entre ellas persas, azeríes, kurdos, luros, turcomanos y balochis. Los árabes, en realidad, son una minoría en Irán. Alrededor del uno por ciento.

Previo a 1979

Antes de las revoluciones que los derrocaron en 1979, los regímenes del sah Mohammad Reza Pahleví y la dinastía de los Somoza tampoco poseían grandes relaciones diplomáticas o políticas, pero tenían en común que simpatizaban con el gobierno de los Estados Unidos.

Estatuas persas en Teherán, capital de Irán. 

Fue hasta la llegada del gobierno sandinista y de los ayatolás al poder que se establecieron relaciones diplomáticas más formales, que tampoco llegaron a ser demasiado cercanas.

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