Un solo llamado y dos dictaduras en la vocación sacerdotal de monseñor Báez

Un 15 de enero, hace 35 años, monseñor José Rafael Barquero, en aquel entonces, obispo de Alajuela, Costa Rica, en su ordenación sacerdotal le confirió a mi hermano el don especial de participar del sacerdocio de Cristo. Tengo el extraño privilegio de conocer a monseñor Báez desde que nací. Sé, sin duda alguna que su vocación es fruto de su amor profundo a Dios, a la Iglesia, a Nicaragua y a su familia Carmelita. Es una historia de fidelidad al amor y a sus convicciones más profundas. Pero como muchas veces ha repetido en sus homilías «…no es con nuestro esfuerzo, sino con la fuerza que Dios nos da y acogemos».

Ese día, a sus 26 años no podía imaginar siquiera los caminos que iba a recorrer, los retos que tendría que enfrentar, las misiones que habría que asumir. Si la fe significa creer lo que no vemos, …probablemente el amor correlativo a esa fe es amar también aquello que se gesta escondidamente en esa decisión amorosa.

Su vocación sacerdotal nació en el silencio y la oscuridad. Igual que a un chavalo que según la narración bíblica de noche y mientras dormía escuchó: «Samuel!!, Samuel!!» Se levantó y fue donde el anciano sacerdote Elí, creyendo que era él quien le llama. Elí, siendo hombre de Dios y sabiendo que Dios habla le ayudó diciéndole: “Si te vuelven a llamar, tú responde simplemente: Habla Señor que tu siervo escucha”.

Así nace toda vocación sacerdotal, …como la de Samuel quien fue también un gran profeta durante una transición muy importante de Israel, no solo religiosa sino política al dejar de ser una confederación de tribus para tener un gobierno más organizado. Y Dios pronunció un nombre en Nicaragua: “Silvio José!! Silvio José!!” Porque ante Dios no somos una masa anónima sino con un nombre, una identidad, una misión y una historia concreta.

Su historia, sus acontecimientos personales y sociales le ayudaron también a escuchar a Dios, su realidad formó parte de su experiencia de escucha interior. Dios le llamó en la oscuridad que azotaba a Nicaragua en los difíciles años de la dictadura somocista, años de violencia, de corrupción, de pobreza, de censura a los medios y de falta de libertad.

Y Silvio José respondió y cambió su vida al sacrificar sus estudios universitarios en la UCA, los afectos familiares e incluso al dejar su país que tanto amaba para escuchar como siervo: «Tú, ven y sígueme». Hoy, 35 años después, ya obispo y bajo la oscuridad de la dictadura orteguista, también su corazón se dispone a escuchar a Dios para saber dónde ir, qué hacer, cuál es su misión en especial con los más pobres y los que más sufren, para servir antes de ser servido, para estar de nuevo al lado de los que viven angustia y represión. Hoy me uno a tantos que agradecemos a Dios por la vocación sacerdotal de monseñor Báez.

El autor es hermano de monseñor Silvio Báez.

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