La Coalición Nacional

Pero la Coalición Nacional es solo un instrumento de lucha. Sin duda que es el más idóneo, pero no es una fórmula mágica para de la noche a la mañana poner fin a la dictadura

dictadura, represión, Nicaragua

La Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia (ACJD) y la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB), las dos grandes organizaciones de la nueva oposición política y social, realizaron una exitosa reunión de dos días en San Salvador según informaron en conferencia de prensa conjunta el viernes pasado.

Después del mal sabor que dejó la semana anterior la noticia de que la Alianza y la UNAB se habían separado para definir “sus propios roles”, ha sido refrescante y alentadora la información sobre el gran avance hacia la unidad nacional opositora que se logró en la reunión de la capital salvadoreña.

Significativamente, la formación de la Coalición Nacional —nombre que tendrá la gran alianza democrática— coincide con la próxima conmemoración del 30 aniversario de la épica hazaña del 25 de febrero de 1990, cuando la Unión Nacional Opositora (UNO) venció electoralmente al FSLN y su candidato presidencial, el dictador Daniel Ortega.

Las circunstancias históricas son distintas. Pero igual que hace 30 años cuando aquella UNO derrotó en las elecciones a la dictadura sandinista, ahora la Coalición Nacional que representa a la oposición unida enfrenta cívicamente a la nueva dictadura de Daniel Ortega, y la reta a que se vuelva a jugar el poder en elecciones libres de acuerdo con los estándares internacionales.

La formación de la Coalición Nacional y su apertura a crecer y fortalecerse con la incorporación de más organizaciones sociales y los partidos políticos auténticamente opositores y democráticos, significa un gran paso en el camino que debe llevar a la derrota de la dictadura y la transición a la nueva democracia nicaragüense.

Pero la Coalición Nacional es solo un instrumento de lucha. Sin duda que es el más idóneo, pero no es una fórmula mágica para de la noche a la mañana poner fin a la dictadura y comenzar a construir la nueva Nicaragua libre y democrática, con justicia real e independiente y funcionamiento del Estado de Derecho.

Una diferencia fundamental de la situación de 1990 y el reto que enfrentó y ganó la UNO en aquella oportunidad, con las circunstancias de ahora, es que en aquella época Daniel Ortega y los demás comandantes sandinistas estaban seguros de que ganarían fácilmente las elecciones. En sus fantasías totalitarias se creían dueños del apoyo y el cariño popular. Por eso aceptaron el reto de las elecciones libres y concedieron garantías mínimas para la competencia, pero los ciudadanos con sus votos los desengañaron y bajaron a la realidad.

Ahora Ortega sabe que perdería inevitablemente unas elecciones libres. Por eso no quiere hacer una reforma electoral creíble como demanda la verdadera oposición —que ahora es la Coalición Nacional—, ni permitir elecciones libres, limpias y con una observación internacional calificada.

Pero la dictadura no debe tener la última palabra. La combinación de la resistencia cívica interna junto con las presiones internacionales, y la galopante crisis económica que Ortega no puede resolver, lo pueden obligar a cambiar de opinión y aceptar —aun contra su voluntad— que tiene que rifar el poder en las mesas de votaciones.

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