Un fantasma recorre el mundo

Pero, el fantasma del comunismo sigue existiendo. Gobierna en Corea del Norte, China, Vietnam, Laos, Cuba y —astutamente encubierto— en otros países

“¡Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo!» Así comienza el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, refiriéndose al temor que los enemigos del comunismo expresaban en Europa en 1848. Temor que 172 años después ha quedado plenamente justificado en Europa y en todo el mundo. El socialismo comunista ha generado odio, guerrillas, guerras, tiranías, corrupción, supresión de la libertad, violación de los derechos humanos, eliminación de la propiedad privada, de la libre empresa y la economía de mercado, causando estancamiento económico y pobreza. La intención de imponerse por la fuerza causó la “guerra fría” y la carrera armamentista entre la Unión Soviética y Estados Unidos.

En 1985 llegó al poder en la Unión Soviética Mijaíl Gorbachov, quien con acierto, valor y visión reconoció el fracaso del comunismo y terminó con él mediante la “perestroika” (renovación) y la “glasnost” (apertura/transparencia) en la ex Unión Soviética y Europa Oriental. Pero, el fantasma del comunismo sigue existiendo. Gobierna en Corea del Norte, China, Vietnam, Laos, Cuba y —astutamente encubierto— en otros países. En China, Vietnam y Laos mediante un modelo híbrido de economía capitalista que sus dictaduras permiten “controlada y utilitariamente”.

El comunismo tiene a Cuba en la miseria, pero apoyando dictaduras y partidos comunistas, hoy camuflados bajo diferentes nombres. El comunismo vive en el populismo y la demagogia, adoptando nombres como Socialismo del Siglo XXI en Latinoamérica, Coalición de Izquierda Radical (Syriza) en Grecia, o Podemos en España.

Quienes luchamos por los principios liberales en defensa de la libertad, los derechos humanos, la democracia pluripartidista, la propiedad privada y el mercado libre, sabemos diferenciar del comunismo a ciertos partidos socialistas y social demócratas que han aceptado la democracia pluripartidista y la división de poderes como forma de gobierno. Que aceptan la propiedad privada y la economía de mercado, aunque con muchas regulaciones y limitaciones. Ellos también son nuestros adversarios políticos.

El socialismo democrático lo justifican bajo el argumento de que el capitalismo no puede resolver las necesidades básicas, como la atención a la salud, educación, seguridad social, etc., para el sector más pobre de la población, por lo que el Estado debe poner límites a la propiedad privada, a las ganancias y al capital para hacer “una justa distribución de la riqueza”. El Estado, entonces, realiza un papel muy fuerte y preponderante en la economía social-demócrata.

Pero los liberales sabemos que eso no resuelve el problema de los pobres. No hay que “distribuir la riqueza” sino “crear más riqueza” y practicar una “justa distribución de las ganancias” mediante la justicia social (darle a cada cual lo que le corresponde según su aporte, su trabajo, su capacidad y sus méritos).

El liberalismo siempre ha mantenido el principio de igualdad ante la ley e igualdad de oportunidades, consciente de que si un sector de la población no tiene acceso a los servicios básicos, no tendrá igualdad de oportunidades y tampoco verdadera libertad pues sus limitaciones los condicionan.

El liberalismo, base del capitalismo, además de promover la justicia social en los salarios, en las jornadas laborales, en derechos como el séptimo día, vacaciones, aguinaldo, preaviso, antigüedad, etc., reconoce que si el mercado no pueda asegurar el acceso a los servicios básicos como salud, educación, seguridad social, etc., los debe ofrecer el Estado en forma supletoria, financiados con el pago de impuestos razonables que no ahoguen a las empresas generadoras de riqueza, empleos, crecimiento económico y bienestar general.

Contra la falacia de “distribuir la riqueza” controlando y limitando el capital, las inversiones, la propiedad privada y la libertad de empresa, todo lo cual frena el desarrollo, el liberalismo económico capitalista propone la justicia social que “distribuye las ganancias” según el aporte de cada cual; ejerciendo así la propiedad privada una función social en beneficio de todos, con una economía eficiente y cumpliendo con los principios cristianos como “el destino universal de los bienes” y la “solidaridad”.

Todo socialismo amenaza de alguna forma la propiedad privada y la libre empresa, pero el socialismo radical, el comunismo con nuevos nombres, además, elimina la democracia y la libertad, imponiendo tiranías corruptas y creando miseria. Lo cual hay que temer y combatir especialmente.

El autor es abogado y comentarista político.

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