El 22 de enero y el factor militar

La moraleja es que si la jefatura militar hubiera atendido la demanda de la oposición, en el mismo año 1967 se hubiera podido hacer elecciones libres y transparentes

dictadura, represión, Nicaragua

Hoy se conmemora el 53 aniversario de los acontecimientos del 22 de enero de 1967, uno de los capítulos más dramáticos y sangrientos de la historia política de Nicaragua.

Nadie debería nunca olvidar aquellos hechos heroicos pero funestos, pues como sentenció el filósofo hispanoestadounidense George Santayana, los que no conocen su historia están condenados a repetirla.

Ciertamente, si los nicaragüenses y sobre todo la llamada clase política no hubieran olvidado hechos épicos y trágicos de la historia nacional, como los del 22 de enero de 1967 y otros de igual o mayor trascendencia, ahora la sociedad no estaría padeciendo el rigor de una terrible dictadura que ha superado en inhumanidad a todas las anteriores.

El expresidente Enrique Bolaños, en su libro de historia La lucha por el poder; el poder o la guerra, resume en una apretada síntesis el capítulo histórico del 22 de enero de 1967. Señala el historiador que en aquel momento “en la opinión pública estaba latente” que habría fraude en las elecciones del primer domingo de febrero de 1967, en las que el general Anastasio Somoza Debayle (el tercero de la dinastía somocista) era el candidato del partido liberal en el poder.

El domingo 22 de enero de ese año, en una gran manifestación realizada en Managua por el cierre de campaña electoral de la Unión Nacional Opositora (UNO), esta pidió a los manifestantes mantenerse en la plaza y las calles demandando postergar las elecciones hasta que se hiciera una reforma democrática a la Ley Electoral. Y pidió públicamente al alto mando del ejército (en ese tiempo, la Guardia Nacional) que dialogara con la oposición y respaldara su justa demanda política.

“No hubo diálogo, pero sí tiros —anota el expresidente Bolaños—, porque algunos manifestantes iban armados y ya al atardecer se dio un disparo dando muerte a un militar que operaba una tanqueta lanzadora de agua para dispersar manifestantes. Y se armó ‘la de San Quintín’ con derramamiento de sangre”.

Sobrevino entonces una terrible represión que dispersó a la oposición, el general Somoza Debayle se impuso en las elecciones fraudulentas del 5 de febrero y la dictadura somocista siguió en el poder 12 años más.

La moraleja es que si la jefatura militar hubiera atendido la demanda de la oposición, en el mismo año 1967 se hubiera podido hacer elecciones libres y transparentes y no habrían ocurrido las grandes desgracias nacionales de la revolución y la dictadura sandinistas, la guerra civil en sus dos sangrientas etapas y la actual y fatídica dictadura orteguista.

La historia se repitió cincuenta y un años después, en 2018, por supuesto que en nuevas circunstancias, distinto escenario y con otros actores, pero igualmente con una feroz y anacrónica dictadura familiar en el poder.

Ciertamente, si al estallar y desarrollarse la Revolución cívica de abril de 2018, el Ejército se hubiera puesto al lado del pueblo en vez de mantenerse fiel a la dictadura —igual que hizo la Guardia Nacional con el somocismo en 1967—, la historia hubiera cambiado de rumbo y ahora se estuviera construyendo en paz la democracia en una Nicaragua libre y soberana.

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