Así murieron los últimos fusilados cuando en Nicaragua existía la pena de muerte

Tres hombres que asesinaron a un ciudadano de Managua fueron los últimos fusilados bajo la pena de muerte en Nicaragua. Entre otras cosas, antes de morir pidieron que no les dispararan al rostro, un cigarro y un trago de guaro "lija".

Los cuerpos de los condenados se doblan sobre sus ataduras luego de recibir los disparos en el corazón. Foto/ Archivo de La Prensa

Antes de morir pidieron que no les dispararan a la cara. El juez Luis Pasos Argüello les concedió ese último deseo y ordenó que a cada uno de los tres condenados le fuera colocado un círculo de cartón blanco justo sobre el corazón, para que los guardias de los pelotones de fusilamiento tiraran a esa zona.

Aunque era septiembre y no agosto, Managua parecía una ciudad en carnaval, con más de quince mil almas arremolinadas en las afueras del cementerio para no perderse un detalle de la ejecución. Cientos de curiosos habían llegado en los primeros trenes de la mañana y más de 500 hacían guardia desde la madrugada en las afueras de la Penitenciaría para ser los primeros en ver salir a los condenados a muerte.

Luego de un juicio y varias peticiones de indulto que no fueron concedidas ni por la Corte Suprema de Justicia, ni por el Congreso Nacional, la ejecución había sido programada para el 19 de septiembre de 1930 y debía ejecutarse sin falta a las 10:00 de la mañana.

A las 9:45 los reos fueron sacados de sus celdas, «bajo la mirada curiosa» de la gente que se apretujaba para ser testigo del acontecimiento, relata el periodista José Antonio Bonilla en una detallada crónica publicada por La Prensa en 1970. Los que iban a morir «lucían preocupados y muy deprimidos» y «buscaban ansiosamente entre la multitud» alguna mirada conocida.

Los tres vestían de negro luto, con trajes confeccionados para la ocasión en los talleres de costura de Campo Marte. Uno de los reos, Francisco Caballero, estaba llorando.

El crimen

La víctima fue Gustavo Pasos Bermúdez, un ciudadano conocido en aquella pequeña Managua. Era sabido en la ciudad que Pasos Bermúdez acababa de vender una finca y se rumoraba que guardaba el dinero en algún lugar de su casa, ubicada en la costa del lago de Managua.

La noche del viernes 14 de noviembre de 1929 Francisco Caballero, Ramón Mayorga Figueroa y Julio Cuadra Montenegro, de nacionalidad salvadoreña, entraron a la vivienda con intención de robar. Se desconoce si cometer asesinato estaba dentro de sus planes originales; pero lo que comenzó como un asalto finalizó en un crimen atroz.

El señor Pasos Bermúdez dormía en una hamaca cuando fue sorprendido por los intrusos y ahí mismo lo encontraron al siguiente día, con los pies hacia arriba y el cuerpo colgando de uno de los extremos. Tenía el rostro desfigurado por un objeto metálico.

En la escena del crimen los investigadores encontraron la pisada de un pie izquierdo y la huella digital de un dedo pulgar. Ambas marcas pertenecían a Julio Cuadra Montenegro y por él capturaron a los otros dos sujetos. Todos confesaron su participación en los hechos y en el juicio fueron condenados a la mayor de las penas que en esa época existían en el país: morir fusilados públicamente.

Sus abogados buscaron un indulto en la Corte Suprema de Justicia, pero ahí los magistrados confirmaron la sentencia. Así que el caso fue llevado más arriba, al Congreso Nacional, donde la decisión de la Corte fue ratificada por mayoría de votos dos veces, en dos sesiones distintas, pese a que el congreso salvadoreño envió una carta solicitando que se indultara a su ciudadano, Julio Cuadra Montenegro.

«Los congresistas nicaragüenses manifestaron a los salvadoreños que a los criminales de Pasos se les había condenado por su delito y no por su nacionalidad, y que ellos teniendo también instituida la pena de muerte en su país, debían comprender la situación de Nicaragua», señala José Antonio Bonilla en su crónica.

A las 8:00 de la mañana del 16 de septiembre de 1930 fue firmada la orden de ejecución por la que los tres condenados habrían de morir 72 horas después, en el plazo establecido por la ley. El encargado del caso y de firmar la orden fue el juez Luis Pasos Argüello, sobrino de Gustavo Pasos Bermúdez, la víctima de los condenados.

El último viaje

Catorce días antes de ser ejecutados, los reos pidieron que les llevaran cuchillas para afeitarse la barba. En realidad las querían para suicidarse y lo habrían logrado de no ser porque uno de los guardias los descubrió a tiempo.

Poco después Ramón Mayorga Figueroa volvió a intentarlo. Luego de negarse rotundamente a recibir la visita de sacerdotes, aceptó el «apoyo espiritual» y el martes 16 de septiembre — el día que supo cuándo iba a morir — se cortó las venas del brazo izquierdo con el crucifijo que monseñor Lezcano y Ortega le regaló.

Mayorga deseaba tomar su vida por mano propia; pero eso no iba a ser posible. La Justicia requería verlo atado a un poste frente a las armas de los soldados; de modo que el preso fue auxiliado a tiempo. Curaron sus heridas para que llegara sano y lúcido a su cita con la muerte.

Al salir de la Penitenciaría los subieron a un camión clasificado con el número 51. Doce soldados de la Guardia Nacional los acompañaban y otros doce iban detrás, en el camión número 54. Los dos pelotones de fusilamiento.

Los reos se vieron obligados a asistir en vida a su propio cortejo fúnebre, en una caravana desde la Penitenciaría hasta el cementerio, donde los esperaba una multitud y una pared. Agitando las manos dijeron adiós a los guardias que los habían custodiado en la cárcel y Mayorga pasó su brazo derecho sobre el hombro de Caballero, que seguía derramando lágrimas.

En una algarabía de fiesta, la gente se colocó a ambos lados del camino para apreciar el espectáculo de los condenados, cuyo cortejo avanzaba levantando una polvareda, de acuerdo con la descripción de Bonilla.

Los vendedores ofrecían comida y bebidas de manera ambulante o en caramancheles improvisados en la calle, y en las afueras del cementerio la gente luchaba por conseguir un estratégico puesto de observación, incluso en las copas de los árboles. Muchos estaban visitando por primera vez la capital, porque presenciar un fusilamiento lo valía.

Pero todo el bullicio se apagó de repente, cuando la caravana de los condenados llegó a su destino. La algarabía dio paso a un súbito y respetuoso silencio, como si de pronto todos hubieran despertado de un sueño y ahora se dieran cuenta de que esos tres hombres, que tan vivos se miraban, estaban a punto de dejar de existir.

La ejecución

En cuanto bajaron del camión, los condujeron al sitio donde habían clavado los tres postes. Caballero seguía triste, Cuadra fumaba su último cigarro y Mayorga tuvo la serenidad suficiente para solicitarle al juez Pasos Argüello que le permitiera despedirse de un amigo al que reconoció entre el público que asistió al evento con pase especial de la Jefatura Política.

Los periodistas lo documentaban todo desde una tarima. Estaban listos los ataúdes de madera fina construidos en la Penitenciaría. Algunos espectadores lloraban.

Mayorga abrazó a su amigo Enrique Aquino y le dijo algo que, entre el rumor de la gente, nadie más pudo escuchar. Después pidió un trago de guaro «lija», pero el juez le explicó que cumplirle ese deseo implicaba retrasar el cumplimiento de la sentencia. «Qué se va a hacer», se resignó el condenado, y procedió a despedirse de Caballero, su compañero de tropelías e infortunio, esta vez en voz alta: «¡Adiós, hermano, nos vemos en la otra vida!».

Los tres reos, condenados por haber asesinado a su víctima desfigurándole el rostro, pidieron que no les dispararan a la cara. Don Gustavo Pasos Bermúdez había muerto enredado en los mecates de su hamaca y ahora los responsables le gritaban al juez que les permitiera morir sin ser atados.

El doctor Pasos Argüello, sin embargo, «entabló una conversación con los reos hasta que los convenció de que así lo estipulaba la ley, y que era mejor para ellos», cuenta José Antonio Bonilla.

El pelotón se ubicó a quince pies de distancia. Los soldados llevaban varios días practicando tiro al blanco para no fallar, pero llegado el momento dos de ellos apuntaron al muro del cementerio, rehusándose a matar.

Pasadas las 10:00 de la mañana un oficial se acercó a los condenados para vendarles los ojos. Cuadra todavía estaba fumándose su último cigarrillo Chesterfield y solo permitió que le pusieran la venda luego de una breve discusión con el juez. A las 10:09 el subteniente Humberto Castillo gritó: «¡Listos! Apunten… ¡Fuego!» y los tres cuerpos empezaron a doblarse lentamente, sacudidos por las balas. Los postes se tiñeron de sangre y la sangre se escurrió hasta el suelo.

Mayorga fue el primero en morir, pero sus brazos quedaron temblando durante varios interminables minutos. Luego falleció Caballero y por último Cuadra, pese a que recibió cuatro disparos en el corazón. Ahora en el sitio reinaban dos silencios: el silencio tenso de la muchedumbre, que permanecía inmóvil, y el silencio eterno de los muertos.

Cuando los cuerpos dejaron de temblar, el forense los declaró oficialmente fallecidos y, en medio de un murmullo general, el gentío nervioso empezó a dispersarse por las calles de Managua. Ya no había carnaval, ni algarabía. De pronto todos sentían la imperiosa necesidad de volver a sus quehaceres de siempre y abandonaban apurados el lugar.

Pena de muerte

Ese fue el último fusilamiento legal, ordenado por el Estado de Nicaragua. Según el Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA), la pena de muerte fue abolida por el gobierno de Anastasio Somoza García. Sin embargo, siguió practicándose disfrazada de procedimientos como la famosa «ley fuga» y los juicios sumarios.

De acuerdo con la revista Magazine, en su edición de septiembre de 2013, en 1987 se declaró constitucionalmente que en Nicaragua no hay pena de muerte, aunque ya en 1979, el gobierno sandinista la había abolido oficialmente con el Estatuto de Derechos y Garantías de los Nicaragüenses.

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