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«Rubén Darío jamás hubiera aceptado el estilo de vida vegano»: el escritor Sergio Ramírez que investigó la faceta más gourmet del poeta nicaragüense

El escritor Sergio Ramírez investigó los gustos y costumbres culinarias de Rubén Darío, desde los típicos asados en Argentina hasta los restaurantes más refinados de Francia.

«En la época de Rubén Darío no había algo tan refinado como la moda y la cocina francesas». BBC/AFP

Escribió recetas en forma de verso y crónicas gastronómicas y declaró una adicción confesa al alcohol.

Rubén Darío, poeta, periodista y escritor modernista nicaragüense, célebre por «Azul», «Prosas profanas» o «Cantos de vida y esperanza» ya era a comienzos del siglo XX lo que muchos aspiran en el XXI: un auténtico gourmet.

«Un gourmet sin dinero», apunta el escritor, periodista y político Sergio Ramírez, quien comparte con Darío profesión, nacionalidad y también la inquietud gastronómica.

«A la mesa con Rubén Darío» (Ediciones Trilce, 2016) es el resultado en forma de libro de cientos de horas de investigación de Ramírez sobre la faceta foodie inédita de uno de los poetas más importantes del siglo XX en la lengua castellana.

Ramírez recopiló crónicas y poemas donde se ve, por ejemplo, al Darío más sibarita, asomado al mundo parisino de principios de 1900 que le descubrió una forma distinta de apreciar la comida, como arte y musa de inspiración.

El libro revela, además, una contradicción enorme en el poeta, la de la pretensión de sus gustos y las limitaciones de su bolsillo.

«Darío se asomó a un mundo al que no pertenecía pero se llevó lo mejor de él», dice Ramírez a BBC Mundo.

Previo al festival Hay Cartagena, el escritor hace un repaso de su libro y juega a predecir cómo viviría Darío en 2020, en la época en que los chefs de renombre han convertido la comida en «ciencia» y la fuerza del mercado en producto «masificado».


Esta no es la primera vez que ustedpublica un libro sobre gastronomía. Antes escribió «Lo que sabe el paladar«. ¿A qué se debe su interés por esta temática y por las motivaciones culinarias de Rubén Darío?

Siempre quise entender a Rubén Darío como personaje. Durante muchos años he realizado una investigación exhaustiva sobre su vida. Quise saber quién era realmente, cuáles son sus gustos, su modo de vida, aficiones y debilidades.

Entre ellas aparecieron sus gustos por la comida y cómo consideraba a las artes culinarias como parte de la cultura.

Cuando escribí «Lo que sabe el paladar» me acerqué por primera vez a la vinculación del mundo dariano con la gastronomía nicaragüense.

Mi indagación en «A la mesa con Rubén Darío» comienza cuando el poeta llega a París a comienzos del siglo XX. Allí la cocina ya representaba muchísimo dentro de la cultura francesa; era la décima musa. Ya en el siglo XIX muchos autores habían escrito sobre gastronomía, como Balzac y Dumas.

Hay que recordar que Darío era periodista, un cronista que escribió muy variado y mucho sobre la cocina. Eso es el libro: la literatura de Darío vinculada al arte culinario.

Dice usted, entonces, que es en Francia donde el poeta se topa con la visión de la comida como un arte. Pero, ¿qué hay de su pasado? ¿Mostraba ya un interés especial previo?

Sin dudas. Darío vivió muchos años en Argentina. Buenos Aires ya era entonces una auténtica metrópolis muy cosmopolita, llena de restaurantes españoles, franceses e italianos.

Además, por supuesto, de la riqueza de la gastronomía criolla, donde Darío disfrutó de los grandes asados.

En sus crónicas se puede apreciar que ya estaba familiarizado con las gastronomía europea. Sin embargo, su gran fascinación fue siempre Francia. En todos los aspectos: literatura, arquitectura y tradición, incluyendo el arte culinario.

En esa época no había algo tan refinado como la moda y la cocina francesas.

Sin embargo, usted menciona mucho en el libro cómo Darío no contaba con muchos recursos. ¿Cómo pudo convertirse en gourmet con una situación económica limitada?

Hay que tener en cuenta que Rubén Darío fue siempre un invitado a las grandes mesas.

Retrato de Rubén Darío.
Rubén Darío fue un auténtico «foodie» en su tiempo. BBC/Getty Images

Eso lo vemos desde que llegó por primera vez a Chile, siendo un niño. No tenía prácticamente nada, pero se hizo amigo de gente rica, de apellidos ilustres. El poeta llegó hasta la mesa del mismísimo presidente por su amistad con su hijo.

Darío se hizo asiduo de La Moneda siendo apenas un adolescente. Luego, cuando menciona los grandes e ilustres comedores de Argentina, aparece siempre como un invitado.

Al llegar a Francia sucedió un poco lo mismo. Siempre fue un extranjero en la cultura parisina. Era un hombre tímido, apartado, que se enamoró de una campesina en lugar de una marquesa.

El poeta siempre vio el mundo parisino desde fuera, con mucha timidez.

¿No es un poco contradictorio que se considerara a sí mismo un gourmet sin apenas recursos para disfrutar de una vida así?

El refinamiento en Rubén Darío era algo innato. Le pasaba también con la moda. Era un amante de las grandes sastrerías. Sus guardarropas eran escasos, pero selectos. Le gustaba vestir con elegancia y como un verdadero parisiense, con trajes de seda, cortados a medida.

De la misma forma que con la comida, en eso consistía la contradicción de Darío: en asomarse constantemente a un mundo al que no pertenecía. Sin embargo, siempre quiso llevarse lo mejor de él.

Muy selecto con la comida, pero no parecía así con la bebida. Usted relata cómo en una ocasión, después de una noche de juerga en España, toca las puertas de una farmacia para que le vendan vino de quina, una pócima medicinal que se daba a los niños para abrirles el apetito.

Bueno, es que Rubén Darío era un alcohólico. Por supuesto, lo que le encantaba eran el whisky escocés, el coñac y los buenos vinos. Le gustaba mucho el whisky and soda.

Su gusto era refinado, pero no tenía los recursos para llenar su mesa de lujos. Era un gourmet por su aspiración cultural y sabía distinguir entre lo bueno y lo malo, pero nunca lo vio desde dentro, siempre se asomaba desde fuera.

Una vez fue a un restaurante francés famoso con amigos argentinos donde se come un pato a la sangre. Los gastos del manjar merecieron una crónica y bromas entre los amigos, que mandaron postales a Buenos Aires revelando el número de serie con el que venía el pato, lo cual era una señal de refinamiento y lujo.

¿Qué tanto cree usted que persiste aquello de Balzac de que «todos los hombres comen; pero son pocos los que saben comer. Todos los hombres beben; pero menos aún son los que saben beber»?

Yo creo que hay una diferencia entre el gourmand y el gourmet que sigue vigente. Es decir, entre el comelón y el que come de forma refinada.

Sergio Ramírez.
«A la mesa con Rubén Darío» fue publicado en 2016. BBC/Sergio Ramírez

Sucede que la cultura contemporánea se presta para el exceso y eso tiene que ver con la emergencia del fast food, de la comida rápida, de la masificación de la cultura culinaria.

Es que, en general, todo se ha vuelto masivo: el gusto, la moda y la comida. Ahora te encuentras quioscos de comida rápida china, japonesa, tailandesa e incluso francesa.

Todo lo que se puede convertir en bocadillo rápido es susceptible de esto. Tiene mucho que ver con la forma en que se come hoy en día, a atracarse. De ahí la epidemia de la obesidad.

El refinamiento se ha quedado en otro lado.

Precisamente, Rubén Darío ya comenzaba a quejarse entonces de la pérdida del buen gusto con la comida, ¿ha mejorado o empeorado esta tendencia en América Latina?

En nuestro continente estamos viviendo bajo el patrón norteamericano de la comida.

La comida criolla de cada país, como casi cualquier cosa en la vida, se ha reducido a lo artesanal, lo cual no es muy común.

"En Perú, por ejemplo, la comida criolla, la rutinaria o la del día a día, consiguió dar el paso al refinamiento, al prestigio mundial"", Source: , Source description: , Image:

El mundo de la producción masiva domina América Latina en la gastronomía. No le veo escapatoria al patrón estadounidense.

Es cierto que pequeñas fondas de comida criolla resisten, pero cada vez son más minoritarias. Por supuesto, hay excepciones…

¿Cuáles?

En Perú, por ejemplo, la comida criolla, la rutinaria o la del día a día, consiguió dar el paso al refinamiento, al prestigio mundial. Eso es lo que en parte representa Gastón Acurio.

Si uno se pone a pensar, las grandes cocinas del mundo partieron de este punto.

¿No cree usted que el acceso a una cocina refinada se debe mucho a las posibilidades económicas de cada cual?

Creo que de cierto modo el número de personas con mayor poder adquisitivo ha crecido y por lo tanto pueden visitar más restaurantes de calidad.

Te puse el ejemplo de Perú, donde la comida del día a día se refinó. Pero no hace falta ir sí o sí a un restaurante caro para disfrutar de buenos platos.

Esa es otra corriente de hoy en día, la de los lugares pretenciosos donde la gente va dispuesta a pagar grandes precios.

No parece, sin embargo, que la gastronomía de regiones como el Caribe y algunos países de Centroamérica se hayan prestado a la masificación de la que usted hablaba antes.

La comida de esa región tiene la particularidad de que no es muy dada a ello. La clave para convertir una gastronomía en comida rápida es que sea rápida de hacer y que te la puedas llevar o comértela de pie.

En el aeropuerto de Miami, por ejemplo, hay restaurantes cubanos de comida rápida que son muy buenos. Siempre se puede transformar algo sin perder la calidad.

La comida de esta zona, con potajes, arroces, fritos, asados y demás no es la más propicia para la masificación. Ahí también reside su riqueza, en su mezcla cultural de españoles, africanos e indígenas.

Ahora que menciona un aeropuerto, ¿cómo se imagina usted a Rubén Darío en una escala, sin mucha más opción que un restaurante fast food o la comida del avión?

Difícil de imaginar, pero se puede decir que Darío, de cierto modo, ya se estaba preparando para eso.

Sergio Ramírez.
Las cocinas que más conoció Rubén Darío «fueron la chilena, los asados argentinos, la caribeña y, por supuesto, la de su tierra natal. A esas les dedicó poemas y recetas en verso». BBC/AFP

En un pasaje que relato en el libro ya comienza a advertir sobre la transformación de la comida en el consumo masivo, sobre todo en este tipo de situaciones.

En esa ocasión, aborda un tren y en la estación adquiere una cajita con una pieza de pollo frío, un trozo de pan y una botellita de vino. Habla admirado de cómo evolucionaba la forma de preparar la comida.

De ahí se originó el formato de comida de aviones y aeropuertos.

Hoy en día hay muchas corrientes y alternativas a la hora de comer. ¿Qué pensaría Rubén Darío sobre «sacrificar» su placer a la hora de comer por opciones como el veganismo o cualquier otro tipo de dieta restrictiva?

En aquel momento esa cultura no existía. Rubén Darío muere de cirrosis por sus excesos alcohólicos y su alto consumo de grasas.

Entonces, la gente no sabía ni que tenía males en el cuerpo producidos por los excesos. Morían sin saber de qué.

Ahora la vigilancia médica se ha convertido en un pronóstico. La cultura de hoy de andar midiendo la ingesta de carbohidratos y proteínas no estaba en el orden cultural de aquel tiempo.

Pero si el poeta viviera hoy jamás hubiera aceptado un estilo de vida vegano. Son dietas muy rígidas, con un carácter casi religioso.

Yo no creo que Rubén Darío se hubiera sometido a esto, tampoco Balzac. Son gente que vivía una vida más corta y que la disfrutaba de otra manera. Eso condicionaba mucho la vida entonces.

En América Latina, ¿tenía alguna preferencia gastronómica Rubén Darío?

Sergio Ramírez.
Ramírez ganó el Premio Cervantes de Literatura en 2017. BBC/Getty Images

Era un amante de la comida en general. Pero las que más conoció fueron la chilena, los asados argentinos, la caribeña y, por supuesto, la de su tierra natal. A esas les dedicó poemas y recetas en verso.

Sin embargo, no llegó a tener mucho contacto con la gastronomía mexicana. La mencionó alguna vez, pero muy de pasada.

Al comienzo del libro usted se remonta a la época de Oscar Wilde, donde ser cocinero se vinculaba a la homosexualidad o al sexo femenino. ¿Cuánto han cambiado las cosas?

En el mundo la cocina ha adquirido el prestigio de las bellas artes y de una ciencia, donde los hombres juegan ahora un papel fundamental.

Mira el ejemplo de Ferrán Adriá, quien convirtió la cocina en un laboratorio, en objeto de estudio e investigación.

Recuerdo que en Nicaragua los cocineros cuando eran varones cocinaban en los barcos y en las cantinas. No tenían ningún tipo de prestigio. Eran considerados intrusos de un oficio que pertenecía a las mujeres, maduras y mayores que dominaban el arte de la cocina.

Ahora, si uno busca en la lista de los chefs famosos se encuentra una gran cantidad de hombres. El prestigio ya no tiene que ver con la sexualidad, sino con las estrellas Michelín.

¿Ha podido indagar el vínculo de más escritores con la gastronomía?

Creo que el más prolífico en este aspecto fue Alejo Carpentier, quien amaba la comida caribeña y su mestizaje, revoltijo de tantas culturas. Octavio Paz también habla mucho de la comida mexicana en sus ensayos.

Es una temática que sin dudas merece más investigación.


Este artículo es parte de la versión digital del Hay Festival Cartagena, un encuentro de escritores y pensadores que se realiza en esa ciudad colombiana entre el 30 de enero y el 2 de febrero de 2020.

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