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Un joven, una mujer y dos niños: cuatro relatos de sobrevivientes de cáncer que demuestran que la enfermedad no reconoce edad

A Carlos, Dinorah, Xochilt y Brandon el cáncer les quitó una parte de sus vidas y los convirtió en personas con un antes y un después

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El cáncer se llevó una parte de sus cuerpos. No había otra alternativa. Esa era la única manera que les permitiría relatar ahora, cómo la enfermedad los sorprendió y cómo los convirtió en personas con un antes y un después. No les valió que fueran niñas, mujeres o un hombre joven, no hubo discriminación. El cáncer los golpeó por igual.

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Este martes 4 de febrero se conmemora el Día Mundial contra el Cáncer, una fecha que recuerda la importancia de concienciar sobre esta enfermedad, que es considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), como la segunda causa de muerte en el mundo. A continuación te contamos las historias de cuatro personas que sobrevivieron a esta enfermedad.

Carlos Gutiérrez Guilchrist, 27 años

Tenía 27 años cuando el dolor que percibió en sus testículos le electrizó el cuerpo. Al levantarse sintió como si otra persona lo hubiera golpeado en sus genitales. Fue al baño de la oficina y se asustó al ver su testículo izquierdo inflamado, tenía el tamaño de la mitad de una naranja.

Carlos Gutiérrez Guilchrist se sintió aliviado cuando el urólogo que visitó la misma noche del dolor le dijo que tenía una infección; ese fue el diagnóstico sin hacer ultrasonido. Con pastillas todo volvió a la normalidad en poco tiempo, sin embargo la inflamación de su testículo regresó a los tres meses, esa vez, no hubo dolor, pero sí más preocupación.

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El joven amante del futbol y originario de Jinotepe no tenía idea por qué su testículo se había inflamado por segunda vez sin que hubiese un golpe de por medio. Sabía que algo no estaba bien, pero no pensó en cáncer. Un ultrasonido y marcadores tumorales develaron la presencia de un tumor cancerígeno, que obligaba a quitarle su testículo izquierdo porque la masa lo había cubierto por completo. No había que esperar, se tenía que actuar a lo inmediato.

Después de realizar más exámenes y tomografías para constatar que el cáncer estaba focalizado y no había afectado a otros órganos del cuerpo, Gutiérrez se vio en un quirófano con la mitad de su cuerpo inerte, mientras los médicos abrían un pequeño canal debajo de su ombligo para extraer su testículo. Hasta ahí la situación parecía estar bajo control, pero faltaba la visita con oncología.

La doctora que lo atendió le informó que no le habían sacado los ganglios para analizarlos y eso significaba que había muchas posibilidades que el tumor regresara y podría ser más agresivo. La recomendación era quimioterapia lo más pronto posible, ya que habían pasado tres meses de su operación y lo más recomendable era que fuese de inmediato.

Carlos Gutiérrez padeció de cáncer testicular. LAPRENSA/C. TÓRREZ

En ese momento fue cuando Gutiérrez sintió que el mundo se le vino encima. Él, que en general era una persona sin dolencias o padecimientos, de la nada tendría que enfrentar durante dos meses dos ciclos de quimioterapia.

Durante ese tiempo pasó yendo y viniendo del hospital. La quimioterapia es un proceso que cura, pero a la vez, castiga al cuerpo. Él se veía al espejo y tenía el aspecto de una persona que ha pasado mucho tiempo enferma. El pelo empezó a ceder, el de la cabeza, el del pecho, las cejas… perdió de 15 a 20 libras, que tiempo después las recuperó junto con el cabello, aunque este ya no era tan grueso como antes.

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Todo este proceso lo enfrentó con positivismo porque asegura que tener una visión optimista ayuda a superar el cáncer. Nunca pensó en que se iba a morir, tampoco le reclamó a Dios por qué a él y no se avergüenza en contar su historia. Considera que contar con un diagnóstico temprano lo libró de circunstancias peores, probablemente más dolorosas para él y su familia.

El cáncer de testículo es uno de los más comunes en hombres jóvenes, de entre 15 y 35 años de edad, según la Asociación Española contra el Cáncer. Esta explica que incluso los casos con estados más avanzados pueden ser curables con cirugías, quimioterapia o radioterapia.

No obstante, para Gutiérrez, algunas personas evitan revisarse o decir que tienen algo extraño en sus partes íntimas. Es necesario que un hombre al percibirse un bulto extraño recurra al médico, aconseja. En su caso, tener solo un  testículo no lo ha afectado en nada. Aunque es probable que pueda presentar problemas de infertilidad.

Dinorah Rodríguez Lumbí, 59 años

A Dinorah Rodríguez Lumbí el cáncer le quitó su mama derecha. A sus 59 años, una noche de finales de diciembre de 2014 se sintió un bulto extraño, llamó su atención y acudió al médico. El 26 de diciembre le dijeron que tenía cáncer de mama, uno de los más comunes en las mujeres.

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“Yo sentí que el mundo se abría bajo mis pies”, relata a LA PRENSA,  sentada en el corredor de su casa. Ahora es una mujer de 65 años, hace cinco derrotó al cáncer. Cuando se lo detectaron ella no quiso conocer el nombre, solo sabía que estaba en grado dos y que la mastectomía era un requisito indispensable para salvar su vida.

Le pidió misericordia a Dios para superar ese trago amargo y esta le fue concedida, asegura. Pasó por 28 sesiones de quimioterapia durante año y medio. Estas la dejaban agotada, le provocaban vómito, no tenía energías para levantarse de la cama. Así transcurrían algunos de sus días, las fuerzas casi que se le extinguían, pero su familia, cimentada en su matrimonio de cuarenta años y sus cuatro hijos, la sostuvieron en todo momento.

Uno de los hechos más traumáticos fue cuando Dinorah vivió la caída del cabello, mientras se bañaba no se le caían hebras, sino moños. Se venían de un solo jalón, dejando el cuero cabelludo al descubierto.

Dinorah Rodríguez sobrevivió al cáncer de seno. Perdió su mama derecha. LAPRENSA/JADER FLORES

Cuando se enteró que tenía cáncer no contaba con seguro, pero una clínica privada se encargó de todo su tratamiento, en esas acciones ella ve la mano de Dios actuando sobre su vida. Es originaria de Bonanza, en el Caribe Norte, pero llegó a la capital hace más de cuarenta años. Cuenta que el cáncer convierte a la persona en más humana, en ponerse en los zapatos del otro. Ahora ella es integrante del Grupo de Cuidados Paleativos del Hospital Bertha Calderón y alienta a las mujeres que en la actualidad padecen lo que ella vivió.

Desde hace tres años las trata de animar con su propio ejemplo. Logró vencer el cáncer porque aún se podía tratar, por tanto, recuerda a las mujeres la necesidad de explorarse, de realizarse una mamografía, todas son acciones preventivas que podría salvar sus vidas.

Xochilt Ampié Montoya, tres años

A Xochilt Ampié Montoya, ahora de 17 años, el cáncer le llegó cuando apenas tenía tres años de vida. Después de varios estudios y muchos hospitales, le diagnosticaron Leucemia Linfoblástica Aguda (es un tipo de cáncer por el que la médula ósea produce demasiados linfocitos inmaduros —un tipo de glóbulo blanco— según el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos). Durante tres años vivió entre el hospital y su casa, pero aún así logró terminar el preescolar.

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No recuerda mucho sobre el tratamiento porque estaba muy pequeña y la mayor carga de su enfermedad la padecieron sus padres. Pero sí tiene nociones de cuando las enfermeras la sujetaban para aplicarle las inyecciones, las medicinas. Siempre terminaba agotada. «Era horrible tener una aguja siempre adentro», cuenta la adolescente.

Xochilt Ampié tenía cuatro años cuando le diagnosticaron Leucemia Linfoblástica Aguda. Pasó durante tres años en tratamiento. LAPRENSA/CORTESÍA

Al igual que toda persona que recibe quimioterapia para combatir el cáncer, quedó sin cabello, en su caso fue en cinco ocasiones. Usaba gorrito. Recuerda con tristeza que en preescolar uno de sus compañeros le quitó el gorro y todos los niños se burlaron. La escena sigue en su mente como que hubiese sido ayer. Sin embargo es fuerte y ahora les dice a los niños con cáncer que no están solos. «Son duros los tratamientos, pero es más duro para las madres y padres que están ahí ver a sus hijos en esas camas».

Brandon Javier Arana Luna, ocho años

Cuando Brandon Javier Arana Luna tenía ocho años de edad le salió una pelota en el lado izquierdo del cuello. No le dolía, dice. Tenía un tumor cancerígeno de dos centímetros. Comenzó a perder las ganas de jugar, todo el tiempo quería dormir. Fue entonces que sus padres acudieron al Hospital Manuel de Jesús Rivera La Mascota y le diagnosticaron Carcinoma nasofaríngeo. “Me dieron veinte días de vida. Pero dieciséis años después estoy contando el cuento”, dice Arana ahora de 24 años.

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«El paciente puede tener el cáncer y no darse cuenta, en algunas ocasiones la principal manifestación es una metástasis a los ganglios del cuello, entonces el tumor del cuello no es el tumor primario, sino que el tumor viajó hacia ese punto. Normalmente este cáncer se presenta en la parte posterior de la nariz”, explica Roberto Guillén Corrales, cirujano oncólogo. 

A Brandon Arana le diagnosticaron Carcinoma nasofaríngeo a los 8 años de edad. LA PRENSA/Roberto Fonseca

Arana recuerda que le practicaron varias biopsias, en una ocasión hasta le desencajaron la mandíbula, “parecía monstruo cuando desperté”, dice. Varias pruebas después, la doctora encargada de su caso se convenció, ella no creía en el diagnóstico inicial por ser este uno de los cánceres menos comunes en niños, incluso en adultos. “Este tipo de cáncer está entre los de cabeza y cuello, y no es de los más frecuentes… solo representa el uno por ciento en los cánceres en adultos”, asegura Guillén.  

Las quimioterapias, las radiaciones y dos cirugías lo obligaron a abandonar la escuela en Masaya, de donde es originario. Pasó tres años entre el hospital y la casa. Fue duro, dice. Pero hay algo que le causó mucho trauma al igual que a sus padres, quienes tuvieron que recibir atención psicológica. “Hoy estaba con dos niños en la sala, luego me despertaba y no estaban, porque fallecieron”, cuenta Arana quien es hijo único. 

Dice que los tratamientos lo volvieron un niño furioso, de mal genio. “La quimioterapia es como que te estén metiendo brasas en las venas y no te pueden decir nada. En varias ocasiones llegué a casa y no me tenían la comida que yo quería y me molestaba y la tiraba”, cuenta. 

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El cáncer le dejó cicatrices en el cuello, además de secuelas psicológicas, mismas que Arana quisiera olvidar, sin embargo las radioterapias que recibió de niño, años más tarde le provocarían hipotiroidismo. “Las radioterapias me quemaron las glándulas tiroides y ya no produzco las hormonas suficientes y tengo que beberme dos pastillas de hormonas a diario y de por vida”, dice. 

Brandon Arana realiza diferentes voluntariados para apoyar a niños con cáncer. LA PRENSA/Cortesía

Ahora cursa cuarto año de Bioanálisis Clínico en una universidad de Managua, esta carrera le permite hacer voluntariados en La Mascota y atender a niños con el mismo padecimiento que él tuvo en su niñez. 

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