60 años de “Poemas Chontaleños” de Guillermo Rothschuh Tablada

Anastasio Lovo presenta este texto fundacional de la identidad provincial y la universalidad poética de Chontales por motivo de las seis décadas que cumple la publicación del libro de Guillermo Rothschuh Tablada, “Poemas Chontaleños”

LA PRENSA/ARCHIVO/ARTE

El libro “Poemas Chontaleños” de Guillermo Rothschuh Tablada fue publicado en Managua en 1960, cuando el autor cifraba sus primeros 33 años de edad y se destacaba como un eminente profesor y un poeta joven de inteligencia y estro poético sencillamente, deslumbrantes.

El texto está estructurado en las siguientes partes: Palabras de Pablo Antonio Cuadra en la solapa y contraportada del libro, donde confiesa su parcialidad amorosa por Chontales y los Poemas Chontaleños de Rothschuh Tablada; un iluminador prólogo del Profesor Fidel Coloma González titulado “La poesía de Guillermo Rothschuh”; las unidades poéticas propiamente dichas tituladas: Poemas chontaleños que dona el título a la totalidad de la obra y que contiene 18 poemas, Aguas arriba que contiene 16 poemas, Campo renombrado que contiene 45 especies de hai ku, más 18 epigramas amorosos breves, sin título pero numerados; más un profético Epílogo sobre la poesía y la figura de Guillermo Rothschuh Tablada escrito por el Maestro Carlos A. Bravo y el libro concluye con un Vocabulario de regionalismos chontaleños.

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“Poemas Chontaleños” de Guillermo Rothschuh Tablada, para lo que nacimos o nos criamos en Chontales, posee la fuerza diamantina y mágica de una estocada poética y ontológica que nos funda y nos confiere una particular identidad cultural de chontaleños para siempre. Todos los lectores chontaleños de estos poemas de las décadas de los 60 descubrimos asombrados, hechos poesía: una naturaleza bella, crítica, entre la aridez del verano y las inundaciones del invierno, las labores de la ganadería nutricia y las triptolémicas tareas de Ceres, la caracterización de personajes míticos, el esbozo de una realidad social conflictiva ocultada por lo bucólico, más la belleza de la mujer y las aristas del amor.

En Poemas Chontaleños el Maestro Rothschuh logra que la polifonía de voces e imágenes de la naturaleza de Chontales se haga poesía. Una poesía preñada de voces de la tierra, de la música del agua, gritos de los campistos, dolor vallejiano del poeta por la muerte de la vaca arquetípica, maternal, nutricia, lenta y pacífica, la belleza de las noches de plenilunio y el cegador fulgor del verano.

Serpientes, cabelleras, criques, quebradas, ríos que reptan en la escritura de Rothschuh Tablada; una escritura que marca con el fuego de un fierro la tierra chontaleña para señalar el posible rumbo de su identidad cultural.

En estos poemas, Guillermo Rothschuh Tablada, se nos revela como un poeta ctónico o telúrico que deja hablar a una tierra y sus gentes para hacerse texto fundacional de una identidad sui generis que se universaliza gracias al potens poético y a la inmensa cultura del autor.

Pero en este concierto polifónico, que son los poemas chontaleños, encontramos textos amorosos soberbios y dolorosamente sentidos como Elegía inconclusa. En esta elegía, que como la Sinfonía inconclusa de Schubert tiende a repetir al infinito sus compases, melodías y armonías, se manifiesta el dolor desertificador de la ciudad por la muerte de la mujer amada cuya belleza es idealizada por obra y gracias del amor (–amour curtois en occitan-).

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Sin menoscabo de su belleza en esta Elegía inconclusa existen reminiscencias de La ciudad deshabitada de Ernesto Cardenal y El paraíso recobrado de Carlos Martínez Rivas. La pérdida del amor por muerte o por desamor es todo un tópico para esta generación de extraordinarios poetas nicaragüenses.

El tema del verano (sol y sequía) y el invierno (agua e inundación) como excesos de la naturaleza y tragedia para sus pobladores, está presente en estos textos como un domo climático envolvente y vivo. Para graficar este enunciado basta recordar el magnífico poema Oda al verano en los llanos de Chontales, donde se desarrolla el tema de la aridez veraniega de la tierra con una altura poética cenital de sol implacable sólo comparable al relato de Juan Rulfo “Nos han dado la tierra” del Llano en llamas.

Tierras donde no crece nada y hasta la esperanza muere, pero además el poeta hace una incursión en la historia de la colonización española y la que hicieron los oligarcas granadinos en las tierras de los Chontales, introduce la crítica contradicción entre economía y poesía “igual a cero”; también coloca en escena la presencia explotadora del imperialista norteamericano. Todo esto logrado en el segundo movimiento del poema, mediante un efectivo proceso de edición de imágenes de corte post vanguardista donde no está ausente la arbitrariedad del jazz, la violencia del rock y el ojo de Luis Buñuel sobre Las Hurdes de España.

“Insisto que aquí, amigo, todo se seca,
y no vive nada, ni nadie.
Sólo en el potrero brilla
la calavera blanca de una vaca muerta
bajo el sol,
y que mira por un hueco:
al pasto seco,
a la hormiga seca
al río seco,
reseco.”

Pero este clima chontaleño se equilibra con otro exceso trágico como lo son las inundaciones por los diluvios, temporales, tormentas, trombas y huracanes que caen en nuestra tierra. En poemas como “La llena” encontramos la fuerza de las aguas en una crecida de río a causa de copiosa lluvia, presentados en una ágil secuencia cinematográfica:

“Hunde el río
su macana de agua
en el cerro de enfrente.

Grandes árboles
a su herida mueren:
terneritos y oropéndolas.

Con el agua hasta el cuello
el chagüite batió
por última vez
sus manos.

El puente cayó;
la bocana,
el chiquero
y la troje también.

El bote se zafó
en sólo la crecida.

Y, cuando quisieron cogerlo,
convinieron
en que el río es una macana de agua
que hunde:
cerros
árboles
y vidas.

Una poesía de una sensibilidad exquisita, capaz de captar hasta el viento de la naturaleza chontaleña y convertirlo en imágenes de un brioso caballo cerrero que agita con sus cascos el llano, acaricia los zacatales, los mangos en los árboles y los cañales de cola blanca. Un poema de quevediano corte que fluye sin tropiezo alguno en el eje de la metonimia, de la contigüidad y continuidad.

Viento

Patea el viento muy fuerte
en las puertas de golpe,
y da a las zacateras,
como por caricias,
sus crines bien peinadas.

El viento aquí es un caballo,
de silla, no,
cerrero y grave.

Su relincho apaga
a las flores tímidas de los mangos,
y desenfrenado, a veces,
se lleva hasta los corrales.

¿Quién ataja sus cascos
en los breñales?

¿Qué resuello es más hondo
en las quebradas?

Esta tarde, cansado,
no ha levantado
su cola blanca
en los cañales.

También en este libro se cantan las labores del campo, algunas bellas como un cuadro de Millet (Las espigadoras) otras terribles como un cuadro de Rembrand (El buey desollado). Se canta al ordeño de las vacas, al oficio de carretero, a las queserías de la luna, a la milpa de maíz (Huerta), al oficio de matarife en “Pequeño responso a la vaca del pueblo”, a todo el comercio creado por la venta de las partes de la vaca (Manos muertas), a los piperos o aguadores, a San Isidro Labrador quita el agua y pon el sol, a los boteros de los ríos, a la pesca con redes (El niño ahogado) y a la pesca trágica con dinamita (Poema a la mano recortada de Luis Felipe Báez), al oficio de poeta, y otros menesteres.

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En la sección Campo renombrado de Poemas Chontaleños, encontramos la belleza del espíritu de los hai ku o hai kai japoneses. Indudablemente los mejores que se han escrito en Nicaragua y sobresalientes en nuestra lengua española.

Estos poemas breves poseen el fulgor del despropósito, la sorpresa textual cuando se desarma en partes una metáfora o una imagen y estalla como bomba de contacto poético. También es de acusar un cosmopolitismo fundacional en la poesía chontaleña, al universalizar en esta forma poética oriental, la aldea, el terruño, sus frutos, sus mujeres, sus animales, sus objetos. Veamos algunos:

Arco iris
Una pista por la mariposa.

Chocoyos
Pasa uno, dos, tres -en fila-
la escuadra de clorofila.

Lapa
El ángel que anunció a Van Gogh.

Trenzas
Las indias cazan a las culebras
con lazos de trapo.

Ombligo
¡Ay, qué dulce la fruta
picoteada de pájaros!

Pitahaya
El semáforo de los garrobos.

En los epígrafes y dedicatorias, el plano intertextual evidente, encontramos a Rubén Darío, a los Cantares de Salomón de La Biblia, a Pablo Antonio Cuadra, a Joaquín Pasos, a Gabriela Mistral, a Aldous Huxley, una cita en latín del libro de Daniel de La Biblia, a Góngora, a don Vicente Cuadra, George Ephrain Squier, a Pablo Neruda, al don Quijote de Cervantes…

Entre los vasos comunicantes soterrados, no evidentes, debo sospechar las huellas en esta escritura de Guillermo Rothschuh Tablada de ilustres maestros como Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, Rubén Darío, César Vallejo, Pablo Neruda, Joaquín Pasos y Federico García Lorca. Este último muy evidente en el Poema a la mano recortada de Luis Felipe Báez presentado a manera de un romance escrito por García Lorca con toda esa musicalidad andaluza que un oído educado en Darío es capaz de recrear a plenitud.

Mención especial en esta lectura de Poemas Chontaleños, merece el polémico texto Oda a Juigalpa, donde se hace un símil del pueblón que a la sazón era esta ciudad con una vaca echada, lo que en la década de los 60 ofendió a malos lectores. Esa vaca el poeta liberal, modernizador de una comarca muy conservadora, la asume como símbolo poético de una ontología personal para proporcionarnos a sus coterráneos una identidad cultural. El poeta defiende ese símbolo maternal y nutricio, de los cuchillos carniceros hermanos de Pedrón… El poeta no quiere matarla, al contrario la ama:

Oda a Juigalpa
(Fragmentos)

Juigalpa es una vaca echada
en pleno llano,
a quien los perros ladran
sin lograr levantarla.

Trémula vida pastando
de amor en los solares;
testa de luz, mugido de emoción,
honda pezuña hurgando
metales entre el fango.

Otros vendrán con sendos cuchillos
a rajar sus carnes palpitantes,
(hermandad que les viene
directamente de Pedrón).

Yo no, yo amo su extensión,
su pajonal, su baba,
su overa sombra que cubre a blancos y jueranos.

Para concluir esta somera lectura conmemorativa de los 60 años de Poemas Chontaleños del Padre y Maestro Mágico Guillermo Rothschuh Tablada, quisiera enunciar que este texto pertenece definitivamente a lo que podríamos caracterizar como la post-vanguardia nicaragüense. Si hacemos una aventurada comparación entre los Poemas nicaragüenses de Pablo Antonio Cuadra publicados en 1934 y los Poemas Chontaleños, fundacionales ambos, encontraremos en el libro de Pablo una línea de edición más continua, sinfónica, melódica, asonante y apacible como un texto de Paul Claudel o Paul Valery.

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En cambio en Poemas Chontaleños de Guillermo, la edición posee un ritmo sincopado más moderno donde se acusan las lecciones de Marinetti, Huidobro, Breton y la música de jazz e inclusive el rock norteamericano. También en los textos de Rothschuh, lo que en PAC era bucólico se presenta como una naturaleza y una sociedad agraria asumida en sus contradicciones y crisis frente a los desafíos de la modernización liberal. (Cfr. Poema “Agua Libertada”, “Agrarismo” o “Agua nueva”).

En ocasión de estos 60 años de Poemas Chontaleños de Guillermo Rothschuh Tablada, hay una nueva edición. Ocasión propicia para que todos los nicaragüenses y especialmente los chontaleños de nuevas generaciones, puedan leer esta obra y conozcan la epifanía poética de nuestra identidad.

Anastasio Lovo. Jinotepe, 9 de Febrero de 2020.

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