La iglesia y los límites del Estado

La primera vez que un obispo cristiano dibujó la línea de los límites del Estado fue en el 390 d.C., cuando Ambrosio, obispo de Milán, amenazó al emperador Teodosio con la excomunión a menos que se arrepintiera de la masacre de 7,000 personas que se manifestaban en contra de los impuestos en Tesalónica.

Ningún líder religioso había osado amenazar a un emperador romano antes. Ningún sacerdote se atrevió a interponerse en el camino de las autoridades civiles cuando recaudaron los impuestos. Teodosio era emperador diestro en la batalla y sin misericordia. Había acompañado a su padre en la batalla contra una rebelión en Gran Bretaña y la Galia por ejércitos de tribus celtas locales y los desertores del ejército romano. Fue el último gran emperador del imperio romano unido. Y él era un cristiano ortodoxo, trinitario, en tiempos en los que la doctrina cristiana de la identidad de Cristo estaba en debate. Pero el obispo de Milán lo denunció como un bárbaro por la masacre de esos manifestantes tributarios.

Teodosio respondió con enojo que venía a apoderarse del templo de Ambrosio y sacarlo fuera. La respuesta de Ambrosio fue una revolución en el mundo antiguo: “No tienes derecho a entrar en la casa de una persona privada. ¿Qué te hace creer que tienes derecho a entrar en la casa de Dios?”

La respuesta de Teodosio fue la respuesta de un verdadero cristiano: procedió al arrepentimiento. Después de esta reprensión, el Imperio ya no sería el mismo. La intrépida defensa de Ambrosio por la vida, la libertad y la propiedad privada de las personas comunes puso fin al dominio absoluto de los emperadores. Ambrosio se convirtió en el héroe de la gente común.

El cristianismo creció en influencia y en números. Si el obispo puede mantenerse firme contra el emperador, ¡cuánto más grande debe ser el Dios de ese obispo!

Muchas son las versiones que relatan estos hechos acaecidos en el siglo IV.

Lo que sí está claro es que después de este episodio la influencia del cristianismo en la sociedad fue en aumento y que los límites entre Iglesia y Estado quedaría fijados para la posteridad. El Estado tenía la autoridad de ejecutar la justicia a través de la espada, sin embargo la Iglesia tenía el poder sacramental, es decir expulsar de la congregación de la fe a los pecadores y apóstatas. Acertado o no el relato de esta versión, no podemos negar es que este tipo de episodios se ha repetido a lo largo de la historia.

Uno de los casos más emblemáticos fuera de los círculos eclesiásticos católicos fue el del protestante Dietrich Bonhoeffer, quien es bien recordado por su postura contra el gobierno nazi en su tierra natal y su posterior ejecución justo antes de la rendición de Alemania. Alertó a su nación de los peligros que corría cuando Hitler trabajaba para obtener control de la Iglesia alemana para sus propios intereses. Los hallazgos de que había participado en conspiraciones para derrocar a Hitler lo llevó a ser condenado a muerte en la horca en los últimos días de la guerra.

Nicaragua ha sido testigo del realce de otro personaje en la lucha de la libertad y la justicia, el obispo Silvio Báez. El obispo capitalino asaltó el corazón de los nicaragüenses después de sus duras reprimendas al mismo personaje del que Juan Pablo II se refirió. Este es un excelente ejemplo de como la autoridad eclesial juega un papel vital en la defensa de los más débiles y desfavorecidos. El servicio de la Iglesia y de sus líderes es vital para construir una nación bendecida y próspera, donde reine la justicia, la paz y el gozo. Este obispo de Managua me hace pensar en aquel obispo de Milán.

La repuesta del emperador Teodosio tiene mucho para enseñar a Daniel Ortega y su familia, que ha enviado a sus f turbas a templos católicos para profanarlos. Teodosio no entró en el Templo hasta que se arrepintió y pidió perdón públicamente por la masacre de Tesalónica. Ortega no ha pedido perdón ni ha respetado los templos, que son una suerte de embajada, una autoridad extraterritorial que goza del derecho de inviolabilidad de espacio según el derecho internacional. Entrar a una embajada por la fuerza es una declaración de guerra.

Los obispos católicos tienen mucho que aprender de Ambrosio y Báez, así como los protestantes y evangélicos de Bonhoeffer. La historia nos enseña que los movimientos que han estado a favor de la justicia son los que más crecen en influencia y número.

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