La abuela que domó al mar para salvar a su nieto de morir ahogado

Por más de una hora se mantuvo a flote, porque el menor no sabía nadar, hasta que fueron rescatados por unos extranjeros.

La abuela que domó al mar para salvar a su nieto de morir ahogado

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Cuando doña Graciela Obando Pérez fue llevada al Hospital Alemán Nicaragüense la tarde del domingo 15 de febrero de 2020, el médico que la atendió no creyó lo que sus familiares le decían: la mujer de 58 años estuvo por más de una hora en el mar, primero nadando, luego sosteniendo a su nieto de 14 años y por último flotando.

“¿Cómo va estar una señora, una abuela, tanto tiempo en el agua?”, les dijo incrédulo el doctor. Al que recuerdan muy bien porque hasta tardó en atenderla y retrasó que le hicieran unas placas para saber si la señora tenía agua en los pulmones.

Para la familia de Obando y los hermanos de la iglesia Fuente de Vida de las Asambleas de Dios, lo que ocurrió fue un milagro. Doña Graciela y su nieto Edrei Moisés Medina Aráuz, de 14 años, habían sido dado por muertos por los mismos policías y bomberos que llegaron a las costas de playa San Diego, Villa El Carmen, y luego por una estación de radio. Una hora después anunciaron el milagro, la abuela y su nieto estaban vivos.

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Llegaron a bautizarse

Ese domingo fue el bautizo de Edrei Moisés, así que toda la familia Obando asistió junto con 200 hermanos más de la iglesia ubicada en el barrio Carlos Marx de la capital, y otros de la congregación de Tipitapa.

Graciela Obando (der.) la mañana de ese domingo, cuando acababan de llegar a Playa San Diego. HOY/Cortesía

Doña Graciela no quería ir, pero al final sintió la necesidad. Cuando llegaron a la playa, alrededor de las 9:00 de la mañana, la familia se tomó algunas fotografías, se celebraron los bautizos, almorzaron, esperaron que les bajara la comida y luego se metieron al agua a darse un chapuzón.

El pastor Virgilio Solórzano les dijo a sus ovejas que no se metieran al fondo. La familia hizo caso. «No estábamos ni en lo hondo hija, estaba a la cintura su agüita, estaban varios niños, hermanos ahí. Pero desde que yo llegué a la orilla del mar yo dije: ‘miro raro el mar’. Yo estaba más afuera. Le dije a mi hijo: ‘no se metan a lo hondo hijo'», recuerda Obando, quien aprendió a nadar desde niña, porque vivía en la comunidad Ojo de Agua, en la carretera Vieja a León, donde había un río.

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El adolescente se estaba bañando con su papá Manuel Medina Obando, su hermanito y un primito. Según los testigos, el mar estaba calmo, pero una corriente jaló a Edrei y su primito. Edrei le pegó una patada a su primo para aventarlo hacia la orilla, pero él ya no pudo salir.

«Yo sé nadar hermana, gracias a Dios sé nadar. Entonces cuando el niño estaba con el agua a la cintura, estaban todos ellos, el papá, hermanitos ahí. Le dijo: ‘Ayudeme papá’. Yo estoy más afuera, mi hijo no sabe nadar. Mi hijo me dice ‘ayudale a mi niño, mi niño, mama’. Yo tiré mis anteojos por allá porque yo los andaba en la mano, y me dirigí al niño a seguirlo, a tocarlo, agarrarlo, pero ya el agua nos llevaba para adentro. Fueron como tres cuadras…», relata Obando.

Manuel Medina y Jeymi Aráuz Roblero, padres de Edrei, junto a Graciela Obando y el otro hijo de la pareja. HOY/Jader Flores

La abuela no la pensó ni dos veces para tirarse al mar y rescatar a su nieto. Era la única que sabía nadar. Un hijo del pastor que no sabía nadar se metió con un neumático, pero al final él también tuvo que ser rescatado. Un salvavidas «hizo la lucha», dice el padre del menor, Manuel Medina Obando, pero la corriente se había chupado a la abuela y su nieto.

«Como que nos llevaba, el agua nos llevaba para adentro. Yo lo empujaba al niño, lo empujaba y le decía ‘flotá hijo, flotá, orale a Dios, que Dios nos va a sacar de aquí, mi muchachito lindo, hermoso. Yo lo empujaba a él, pero el agua nos llevaba para adentro», cuenta doña Graciela.

Todo el tiempo oró a Dios

Cuando recuerda estos momentos de desesperación, la señora rompe a llorar. La abuela recuerda que su nieto en su sofocación, la estaba hundiendo, «yo le decía;  mi muchachito no me agarre, porque si usted me agarra nos ahogamos los dos. Yo trataba de empujarle la espaldita de él, lo empujaba para arriba, y yo siempre clamándole a mi Dios, porque él fue el que nos dio la fuerza y fortaleza».

Doña Graciela y Edrei nunca pararon de orar todo el tiempo que estuvieron en el mar. «Yo le clamaba a Dios y le decía: ‘Padre, tú hiciste el cielo, tú hiciste la tierra, tú hiciste el mar, tú separaste el mar de la tierra, Padre escúchame. Escúchame, ayúdame Señor Jesús. Mis hermanos están orando en la orilla, escúchalos Señor».

Edrei agradece a su abuelita. HOY/Jader Flores

Lo único que ella veía era un toldo amarillo, no veía a sus hermanos, pero sabía que estaban orando por ellos. Lo más doloroso para la abuela fue darse cuenta que ya no tenía fuerzas, sus brazos ya no podían sostener a Edrei. Había pasado más de una hora, y nadie había llegado al rescate.

«Cuando ya no tenía fuerzas, que ya no lo podía levantar a mi niño… me mantuve flotando, yo lo empujaba a él, pero ya mis brazos no me ayudaban, ya no pude, y le dije: ‘Mi niño ya no puedo ayudarte, ya no puedo mi niño ayudarte'», dice mientras toma un poco de aire, porque las lágrimas no la dejan seguir. Doña Graciela le dijo a Edrei que le orara al Señor y le pidiera perdón.

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«Cuando ya el agua nos desapartó, yo pensé que el niño se me había ahogado», recuerda apesarada Obando. La mujer comenzó a rezar el Salmo 91 y a pedir ángeles y alas para que su nieto flotara en el agua. «Estamos contando esto porque Dios es grande y maravilloso», agrega.

Afuera también oraban

Cuando doña Graciela se metió a salvar a su nieto eran las 1:20 de la tarde. La familia que quedó en la orilla del mar estaba desesperada con cada minuto que pasaba, y al ver que el hijo del pastor, ni el salvavidas habían podido rescatarlos, aguardaban lo peor.

Obando no sabía lo que le tocaría vivir esa tarde de domingo en el mar. HOY/Cortesía

«Unos bomberos y policías que estaban ahí más lo afligían a uno, porque decían hay que llamar que busquen una lancha para ir a recuperar los cuerpos, los cadáveres», dice Manuel Medina, padre de Edrei.

Medina llora al recordar que no pudo agarrar a su hijo y salvarlo. Por un momento perdió la fe de que estuvieran vivos. Le dio la espalda al mar, no quería ver cuando sacaran los cadáveres. Habría sido terrible perder a su hijo y su madre el mismo día y en el mismo lugar.

Cuatro extranjeros -dos mujeres y dos hombres- se enteraron de lo que sucedía y al ver a la familia desesperada, se metieron a ayudar. «Les dijimos que se estaban ahogando. Se metieron a lo profundo, pero no se miraban en el mar. Nosotros llorando. Ellos sofocados, pero no se dieron por vencidos», relata Medina. «Al no hallarlos, se salieron y cuando oyeron decir a un señor con binoculares que miraba a la abuela y al nieto, volvieron a meterse», explica Medina.

El rescate

Mientras eso pasaba, al fondo del mar doña Graciela creía que Edrei se había ahogado, «porque ya no le oía la voz, no lo miraba». Recuerda que ella estaba flotando y orando, «cuando se aparece un chele, un gringo, y yo solo le dije: Gracias Jesús, porque tú me viniste a rescatar a través de este joven, y yo le clamaba gracias Señor porque mandaste a este joven. Bendícelo y guárdalo y protéjelo donde quiera que él vaya».

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La abuela le dijo al norteamericano «gracias hijito lindo».  Pero sentirse a salvo no la hizo tan feliz como escuchar decir a su salvavida: «Allá está otro».

De inmediato pensó que «si él (nieto) estaba ahogado, se hubiera hundido, ¡entonces estaba vivo, flotaba! Es milagro grande de Dios también, él no sabe nadar, y él sentía como que él tocaba fin dice. ¿Qué iba a tocar? Era el Señor que lo estaba sosteniendo con sus manos, para todo aquel que no cree, es cierto lo que te estamos contando», narra la señora.

Cuando fueron llevados a la orilla de la playa, la familia y hermanos de la iglesia daban gracias y lloraban de alegría. Doña Graciela estaba consciente, pero por unos minutos Edrei perdió el conocimiento,  por lo que temían lo peor. Luego comenzó a vomitar agua y al ver que estaba vivo, la alegría se apoderó de todos.

Estuvo hospitalizada

Janeth Medina Obando, hija de Graciela, también andaba en el viaje y agradeció a los norteamericanos, de quienes dice que «no se cansaron de buscar, no se dieron por vencidos». Fue tanta la emoción que hasta olvidaron preguntar sus nombres, pero recuerdan que usaron tablas de surf para sacar a doña Graciela y Edrei.

Doña Graciela tuvo que permanecer una noche hospitalizada. HOY/Cortesía

Manuel Medina Obando recuperó su fe. «Los que estábamos ahí presentes, miramos el gran poder de Dios, porque ellos no se miraban en el mar, y mi niño que no sabía nadar, y me lo mantuvo separado de mi mamá, solo Él fue el que lo sostuvo ahí», dice con lágrimas.

Graciela Obando pasó un día hospitalizada porque sufrió de ansiedad. Al recordar las palabras de su nieto: «Abuela, ayúdeme», lloraba desconsolada y no podía dormir. Fue dejada en observación y luego fue dada de alta.

«Yo no quería ir, pero Dios sabía por qué yo tenía que ir, porque mi niño tal vez se me hubiera ahogado, yo le ayudé lo que más pude, sosteniéndolo», manifiesta. Toma aire y añade: «No era el día de nosotros».

Su hijo Manuel dice estar convencido de algo: «Misericordia de Dios que puso a mi viejita ahí», dijo.

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