Tragedias viales con camiones pesados

Me resisto siempre a denominarle “accidente” a una situación sobre la cual, los factores que la pueden prevenir oportunamente, estaban bajo nuestro entero control.

Me resisto siempre a denominarle “accidente” a una situación sobre la cual, los factores que
la pueden prevenir oportunamente, estaban bajo nuestro entero control. Es por eso que
cuando se habla de “accidentes” con camiones en flotas de transporte, es importante
investigar sin pudor los fenómenos de causalidad, es decir, aquellos precursores directos e
indirectos.

Existen siempre diversos fenómenos psicológicos interesantes de estos percances viales, ya
que su personal conductor está siempre sujeto a múltiples variables: jornadas excesivas ,
fatiga, inexperiencia, prácticas administrativas peligrosas oficializadas por la empresa,
formación defensiva inexistente o minimalista, en comparación con las mejores prácticas
internacionales.

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Las capacitaciones competentes para estos conductores tienen que ver con una profundidad
psicológica que debe ser auto-descubierta por ellos mismos. Existen numerosos precursores
mentales fomentados tercamente por la costumbre, por el nivel relativo de gusto -o también
aversión- por el riesgo que tenga cada conductor.

A lo anterior habrá que añadirle diferentes componentes y disparadores administrativos,
sociales y contextuales, que hacen que el operador adopte conductas riesgosas de manera
automática, por lo cual, es el único que puede estar alerta ante la configuración psicológica de
estos episodios, que de no ser autocontrolados, terminarán consolidando una sumatoria de
comportamientos peligrosos: velocidad excesiva, prisa operacional irracional, tolerancia a la
fatiga, intimidación a los demás actores viales, maniobras peligrosas, falta de verificación de
seguridad de la carga, atajos riesgosos, incumplimiento de procedimientos operativos, puesta
en práctica de procedimientos arriesgados -oficializados por la propia administración- que
terminan en lo que siempre vemos en las noticias, en verdaderas tragedias, que siempre
afectan a algunas o a muchas familias.

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No obstante, los mayores riesgos son aquellos que la administración decide que son
“razonables”, o bien, los que sabiendo su naturaleza, su riesgo ha sido “normalizado”, es
decir, que sobre su escenario de probabilidad y consecuencia, se piensa gerencialmente que
ya ha sido evaluado suficientemente, lo cual, en más de 95 % de los casos, resultó no ser así,
por varios condicionantes psicológicos presentes en la mente de los tomadores de decisiones
dentro de las empresas, es decir, quienes establecen las políticas, prácticas de trabajo,
procedimientos operativos estándares, así como ese marco de tolerancia o condescendencia,
para con aquellas acciones u omisiones de las que se sospecha puedan estar tomando lugar en
el campo, y que cuya laboriosidad de comprobación, es una barrera retadora, que aunque no
impide determinar su evidencia, sí entretiene peligrosamente una necesaria y oportuna acción
correctiva.

Las gerencias con certeza pueden saber sobre algunas de estas acciones y omisiones, porque
generalmente, llevarán la propia firma o consentimiento tácito.

Sin embargo, el problema de fondo es que con frecuencia se omite -trágicamente a veces- el
escuchar la voz de aquellos que están al frente de los equipos y pueda entenderse qué es lo
que ocurre en las jornadas, en los puntos de entrega, en los recorridos, con los equipos, con
las presiones administrativas, con las instructivas contraproducentes, con los consentimientos
peligrosos.

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Administrativamente es fácil no poner oídos, esgrimiendo razones muy sencillas, pero que no
dejan de ser cínicas en sí mismas.

La primera, que quien se queja es etiquetado de problemático, de resentido, de antisistema, y
además, por la censura social colectiva de los propios colegas. Es difícil justificar o dar
crédito suficiente a las situaciones anómalas que ya fueron psicológicamente “normalizadas”
en el oficio, solamente hasta que se provoca una tragedia.

Las gerencias experimentan frecuentemente la denominada“Ilusión de Control”, que es la
tendencia a creer que se puede influir decididamente sobre algo, cuyo mecanismo tradicional
no tiene efecto notorio alguno. Esto fue descubierto en 1965, por dos investigadores, Jenkins
y Ward.

No obstante, de las supuestas medidas preventivas actuales -o de las nuevas que
ilusoriamente se adoptan después de acontecido un percance trágico-, se piensa que son
suficientes para corregir y acaso hasta “blindar” sosteniblemente el escenario específico.
Ilusión, un encuadre psicológico engañoso.

Una de las causas más frecuentes en este tipo de tragedias -acaso sea la principal-, es y será
la falta de participación e involucramiento relevante y significativo de las gerencias -léase
entendimiento y acción correctiva oportuna sobre las variables, hechos comprobados y
factores directos e indirectos- que causan tragedias en las flotas de transporte.

direccion@cambiocultural.net

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