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Jaime Chamorro Cardenal, LA PRENSA, Nicaragua

Don Jaime Chamorro Cardenal en su oficina en LA PRENSA. A su lado hay un busto de su hermano Pedro Joaquín, héroe nacional y mártir de las Libertades Públicas. LA PRENSA/Archivo

La historia de Jaime Chamorro Cardenal, una vida entre tinta y papel

Jaime Chamorro Cardenal no estudió para ser periodista. A él le gustaban los números y quiso hacerse ingeniero. La vida, sin embargo, lo puso al frente del diario más antiguo del país.

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Cuando Jaime Chamorro Cardenal era niño, el Diario LA PRENSA se hacía en una casa de taquezal con dos puertas, una sala y un patio trasero techado donde se hallaba el taller. El ruido de las máquinas lo inundaba todo; pero podían percibirse los pitidos que un señor descifraba para escribir reportes sobre la Segunda Guerra Mundial. Eran tiempos de telégrafos y tipógrafos. El diario se armaba letra por letra y se imprimía hoja por hoja. Primero una cara; luego la otra.

Al fondo, en la sala, había un escritorio que se divisaba desde la calle. Detrás se sentaba el padre del pequeño Jaime, Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, un hombre sobrio y rutinario, de semblante distraído e invariablemente vestido de dril blanco, como lo describió su amigo Emilio Álvarez Montalván.

“Allí entraba cualquiera”, recuerda don Jaime, hoy de 85 años. Él nació en 1934, dos años después de que su padre adquiriera todas las acciones de LA PRENSA y se convirtiera en el único propietario.

Por casi un siglo el nombre de LA PRENSA, fundada el 2 de marzo de 1926, ha estado asociado a la familia Chamorro. De manera que es natural que la historia de Jaime Chamorro Cardenal también esté enlazada con la del diario. Después de todo, aunque estudió para ser ingeniero y trabajó haciendo puentes y carreteras, creció a la par de LA PRENSA y es la persona que más tiempo ha estado al frente de este rotativo.

Este lunes el Diario LA PRENSA cumple 94 años, luego de resistir durante 75 semanas el secuestro de su materia prima en las aduanas del país. Don Jaime nunca tuvo dudas de que el periódico sobreviviría al bloqueo. “Quiero decirle a Rosario Murillo que LA PRENSA llegará a los cien años”, sostuvo en una entrevista en enero de 2019, con rotunda convicción.

Él la ha visto levantarse una y otra vez, decenas de veces, luego de ser censurada, secuestrada, boicoteada, cerrada durante meses, asediada por policías, atacada por turbas e, incluso, bombardeada. De joven no soñó con dedicarse al periodismo; ese sueño pertenecía a su hermano mayor, Pedro Joaquín. Sin embargo, lleva 46 años trabajando para LA PRENSA y 27 como director del diario.

“Soy un accidente en este periódico”, bromea.

Margarita Cardenal y Pedro Joaquín Chamorro Zelaya, los padres de don Jaime Chamorro Cardenal. FOTO/ CORTESÍA

Infancia entre papeles

Don Jaime es el menor de los cinco hijos de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y Margarita Cardenal. Sus hermanos mayores fueron Pedro Joaquín, Anita, Ligia y Xavier Chamorro Cardenal. A la fecha, solo están don Jaime y doña Anita.

De su madre sacó el rostro redondo y los ojos claros; de su padre, el carácter dócil y conciliatorio que lo ha caracterizado toda la vida.

Aunque nació en Granada, pasó sus primeros años en el barrio capitalino San Sebastián. A tres cuadras estaba LA PRENSA, en la famosa calle El Triunfo, y cerca de LA PRENSA “quedaba, en una casa vieja, la Coca Cola”, recuerda. Debido a esa cercanía, nació su primer emprendimiento empresarial. Se iba con “un carrito de dos ruedas” a comprar una cajilla de gaseosas y después se las vendía en unos cuantos centavos a los empleados del periódico. No era un negocio demasiado rentable.

Cuando Jaime tenía unos diez años, su familia se mudó a una casa que construyeron pegada al Diario. Una puerta comunicaba directamente con el taller y el ruido de la impresora se volvió un compañero de todos los días. Más o menos de esa época es su primer recuerdo vívido de los abusos de los Somoza; porque lo que la dictadura hizo en 1944 sacó de circulación a LA PRENSA y dividió a la familia Chamorro Cardenal.

Antes de eso, Anastasio Somoza García ya había decomisado ediciones enteras cuando todavía no habían salido de la imprenta. Las ediciones del 29 y el 30 de junio de 1944 fueron confiscadas por completo y la del 4 de julio fue extraída de la caseta de distribución antes de ser enviada a los departamentos.

Poco después el padre de la dinastía finalmente encontró un pretexto para mandar a cerrar el Diario. Resultó que en la ciudad aparecieron unos “papelitos injuriosos” contra doña Julia Somoza, madre del dictador. Se trataba de papelitos impresos “con letras de hule, de esas que se emplean para rotular y que con frecuencia provienen de imprentas de juguete que se les regalaban a los niños”, se señala en las memorias que LA PRENSA editó en su cumpleaños 85.

Los guardias de Somoza entraron a los talleres del periódico y como no encontraron ninguna similitud entre los dos tipos de imprenta, se cruzaron a la casa de los Chamorro Cardenal. “Yo estaba en mi casa cuando llegó la Guardia, registraron todo buscando unas papeletas que decían que era contra la mamá del señor, de Somoza. Pero mi papá era incapaz de hacer eso”, relata don Jaime. “Fue un pretexto. No encontraron nada, pero dijeron que ahí se había hecho y cerraron LA PRENSA. Mi papá se tuvo que ir al exilio, a Nueva York; Pedro a México a seguir los estudios en la universidad. Mis hermanas, Xavier y yo quedamos en Granada con mi abuela, con doña Isabel”.

Los guardias hallaron un pedazo de madera que Xavier, entonces de 12 años, empleaba para tallar barquitos y dedujeron de inmediato que con eso “se habían fabricado las letras con que se imprimieron los papelitos ofensivos”. Somoza ordenó el cierre total del Diario, que volvió a salir hasta el 11 de junio de 1946, casi dos años más tarde. La familia se reunió otra vez y Pedro Joaquín regresó de México para trabajar en LA PRENSA.

Por entonces, Jaime estaba interno en el Colegio Centro América, en Granada, pero de vez en cuando viajaba a Managua para ver a sus padres y hermano. A principios del año 1952 don Pedro Joaquín Chamorro Zelaya enfermó y el doctor Fernando Vélez Paiz le diagnosticó cáncer de páncreas. Dijo que no se podía hacer nada. Intentaron salvarlo pero todo fue inútil; murió el 8 de diciembre de ese año, un día después de la Gritería.

“Yo me estaba bachillerando en ese tiempo. Ya quedó Pedro a cargo y empezó a cambiar las máquinas”, cuenta don Jaime. Aunque lo admiraba y respetaba (todavía lo hace), no compartió mucho tiempo con su padre. Su figura de autoridad más significativa fue su hermano Pedro Joaquín.

Cuando lo mataron, el 10 de enero de 1978, “se derrumbó el mundo”, dice. “No entendíamos cómo podíamos seguir sin él”.

Los hermanos Chamorro Cardenal. De arriba hacia abajo: Pedro Joaquín, Anita, Ligia, Xavier y Jaime. Pedro le llevaba diez años a Jaime, el menor de todos. FOTO/ CORTESÍA

La universidad

Jaime decidió que su familia no necesitaba otro periodista. Además, a él le gustaban los números. Así que se fue a estudiar Ingeniería Civil a la universidad de Notre Dame, en Indiana, Estados Unidos, y en unas vacaciones en Nicaragua conoció, por unas primas, a una jovencita llamada Hilda Argeñal, cinco años menor que él.

De vuelta en Estados Unidos empezaron a mandarse cartas, porque ella estudiaba en Kansas, hasta que un día él decidió ir a visitarla. Hizo el viaje en tren porque ninguno de sus compañeros lo quiso acompañar en carro, por más que trató de convencerlos contándoles que en Kansas había lindas muchachas nicaragüenses.

Se casaron en 1961 y él se dedicó a ejercer su carrera de ingeniería, luego de haber escapado de morir y de haber estado preso por su participación en la aventura armada de Olama y Mollejones, encabezada por Pedro Joaquín en junio de 1959.

Ahora le parece que fue una “locura” aquella descoordinada gesta militar con la que intentaron insurreccionar a la gente contra el régimen de Luis Somoza Debayle. Puede reírse recordando que las llantas del avión en que él iba, como un soldado de menor rango, se hundieron cuando el piloto aterrizó en el terreno lodoso del valle de Olama, en el sur del departamento de Matagalpa.

Esa vez participó en una expedición a campo traviesa, en busca de una yunta de bueyes que pudiera rescatar la aeronave de la prisión del sonsocuite. Pero no hallaron ningún buey y al regreso apenas les dio tiempo para resguardarse entre monte y árboles porque ya se divisaban los aviones de combate de la Guardia somocista.

“Yo me encontraba a la orilla de uno de los escasos árboles que había de vez en cuando, arbustos más bien diría yo, y cuando vi los dos aviones (…), yo pensé, yo juré que venían hacia mí y que ya me habían visto. En ese momento pensé que moriría en unos instantes, lo único que hice fue encomendarme al Creador y hacer una oración para morir en paz con el Señor”, detalló en sus memorias sobre la invasión a Olama.

Toda la tarde estuvieron llegando aviones que disparaban balas y cohetes; pero, escondidos entre las hondonadas del valle y camuflados por sus uniformes verdes, los soldados invasores no movieron ni un dedo. Más tarde, luego de un breve enfrentamiento con una columna de la Guardia, los aventureros se replegaron y dispersaron.

Jaime Chamorro Cardenal estuvo siete meses en la cárcel; pero no sufrió malos tratos, admite.

En la década de los sesenta se enfocó en su empresa constructora Chamorro & Cuadra Contratistas SA, pero antes del terremoto de 1972 la compañía empezó a tener problemas porque no les fue bien en el proyecto de una carretera. Pedro Joaquín les aconsejó que la liquidaran y en 1974 llamó a su hermano para que se hiciera cargo de las finanzas de LA PRENSA. Así fue como Jaime volvió a sus orígenes.

Los hermanos Pedro Joaquín (a la izquierda) y Jaime Chamorro Cardenal. Al centro, Hilda Argeñal, esposa de don Jaime. FOTO/ CORTESÍA

El director

Tras la muerte de Pedro Joaquín, Jaime Chamorro Cardenal tuvo que asumir aún más responsabilidades. En poco más de una década LA PRENSA sufrió el asesinato de su director, el bombardeo de la Guardia Nacional; el cisma que acabó en la fundación de El Nuevo Diario y la férrea censura de los sandinistas, que resultó peor que la de los Somoza.

Desde sus primeros meses en el poder, se hizo evidente que el Frente Sandinista apostaba por el totalitarismo. LA PRENSA, por el contrario, no comulgaba con el marxismo-leninismo y quería mantener su postura de medio de comunicación independiente.

A partir de los últimos meses de 1979 y a lo largo de la década, fue blanco de ataques, sobre todo por los editoriales de Pedro Joaquín Chamorro Barrios.

Debido a su línea editorial, el diario sufrió ataques públicos, cierres parciales y totales, intimidación por medio de turbas, retiro de anuncios del Estado, censura de material noticioso y la no autorización de divisas para la importación de la materia prima necesaria.

Don Jaime recuerda que había que imprimir todo el periódico y enviarlo a los censores para su revisión y aprobación. Se mandaban además dos páginas de “relleno”, que contenían las noticias que, de ser aprobadas, servían para llenar los huecos que la censura dejaba en el cuerpo del diario.

En los peores tiempos, la revisión llegó a tardar hasta siete horas y eso atrasaba muchísimo la impresión del periódico. Por otro lado, dice, a los sandinistas no les gustaba que la gente supiera que había censura. En los tiempos de los Somoza, cuando obligaban a LA PRENSA a eliminar contenido, se ponían fotos enormes para rellenar el espacio y así los lectores se enteraban de que se había censurado información; pero el Frente Sandinista no permitía esa forma de protesta.

Llegaron los años noventa y doña Violeta Barrios de Chamorro, que había estado al frente de LA PRENSA, se retiró para ir a dirigir el país. Don Jaime asumió la dirección del periódico en 1993 y mandó a llamar a su sobrino, Hugo Holmann, para que le ayudara a reorganizar la empresa. “Él entró como gerente e hizo un tremendo trabajo”, afirma. “Hicimos la imprenta comercial, renovamos las máquinas” y el diario pasó a ser matutino.

27 años después, don Jaime sigue sentándose cada tarde detrás del escritorio de una oficina tapizada con fotografías. Tiene 85 años, problemas en una rodilla, cinco hijos (tres hombres y dos mujeres), quince nietos y dos bisnietos. “Ya debería estar retirado”, dice. “Pero si te retirás del trabajo, te ponés mal”.

En la rotativa de LA PRENSA. De izquierda a derecha, Pablo Antonio Cuadra, Violeta Barrios, Jaime Chamorro Cardenal, Pedro Joaquín Chamorro Barrios, Anita Chamorro Cardenal y Carlos Holmann. Foto/ La Prensa

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Sobre don Jaime

  • Nació el 23 de octubre de 1934 y está casado con Hilda Argeñal, con quien procreó cinco hijos. Pasa la mayor parte del tiempo con ella. Todavía van a cenar juntos y tienen detalles románticos, asegura.
  • Se graduó de ingeniero civil en la universidad Notre Dame de Indiana, Estados Unidos, y su primer trabajo fue en la construcción del muelle de Corinto y luego en el puente de Paso Caballos, cuando laboraba para una compañía mexicana.
  • Participó en Olama y Mollejones, una acción armada que fue frustrada por la Guardia Nacional somocista. En esa acción escapó de morir ametrallado, pero no evitó ser encarcelado por siete meses.
  • Creó una compañía que se llamó Chamorro y Cuadra Contratistas SA, con los hermanos Pedro y José Cuadra; pero tuvieron que cerrarla en 1974, después de sufrir pérdidas en la construcción de una carretera a El Rama. Desde entonces labora en LA PRENSA.
  • Su comida preferida es la carne de res, se baña dos veces al día y considera que la mayor de sus virtudes es su paciencia.
  • Ha estado preso tres veces. Por un accidente de tránsito cuando era muy chavalo. Después por lo de Olama y Mollejones. Y luego con los sandinistas, en el Chipote.
  • Es un poco claustrofóbico.
La descendencia de Jaime Chamorro Cardenal y su esposa Hilda Argeñal. Tienen cinco hijos (tres hombres y dos mujeres), quince nietos y dos bisnietos. FOTO/ CORTESÍA

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