¿Castigo de Dios?

En fin, ocurren innumerables tragedias naturales que nos hacen pensar que ha llegado el juicio final, el fin del mundo

Estado botín, Nicaragua

CARTAS DE AMOR A NICARAGUA

Querida Nicaragua: Cada vez y cuando ocurren desastres en nuestro mundo. Unas veces son terremotos, otras inundaciones, sunamis, pestes como esta del coronavirus, erupciones volcánicas monstruosas como la del volcán Cosigüina en 1835 que produjo tres días de oscuridad en nuestro país y cuyas cenizas se dice que llegaron por el norte hasta Méjico y por el sur hasta Colombia.

En fin, ocurren innumerables tragedias naturales que nos hacen pensar que ha llegado el juicio final, el fin del mundo. Todo esto fuera de los terremotos políticos permanentes que hemos sufrido a lo largo y ancho de nuestra historia, desde antes de la independencia hasta nuestros días.

Hace casi 48 años sufrimos el terremoto de 1972 en Managua. En medio minuto colapsó la ciudad, grandes edificios resquebrajados, hoteles con pasajeros durmiendo a las 12 y 20 minutos de la madrugada del 23 de diciembre, calles abiertas en zanjas, night clubs colapsados y muertas las parejas que a esa hora bailaban alegremente. Cesó la música pues los intérpretes murieron aplastados por el techo que se les vino encima. Aquello fue una tragedia que cambió para siempre la fisonomía de la ciudad. Un amigo muy cercano me decía que lo que estaba ocurriendo no era otra cosa que castigo de Dios por tanto desenfreno del mundo. Le dije que no estaba de acuerdo. Dios no castiga, Dios perdona, le dije.

Es muy frecuente encontrar personas de muy buena voluntad y supuestamente de buen criterio que generalmente se expresen en el mismo sentido. Cuando el huracán Joana atacó el Atlántico y destruyó parcialmente la ciudad de Bluefields estaba yo en el exilio en los EE.UU. y un amigo me dijo algo parecido: “Esto del huracán que azota la Costa Atlántica de Nicaragua es castigo de Dios porque el país está lleno de comunistas cubanos, rusos y búlgaros”.

Igualmente le contesté haciéndole ver que nuestro Dios no castiga, Dios perdona, Dios nos ama.

Antes de todo esto un grupo de amigos cristianos visitábamos el Leprocomio. Llevávamos algo de consuelo a los leprosos. Un sacerdote iba con nosotros y celebraba la misa para ellos y les daba la comunión. Había enfermos de muchos años, parejas de leprosos que habían optado por el matrimonio y su hogar era el Leprocomio. Algo de ayuda les llevábamos. Había casos dramáticos, enfermos que estaban perdiendo sus dedos poco a poco, otros tenían llagas en los brazos y señales de una lepra avanzada en los ojos que iban perdiendo visión, otro postrado en su lecho esperando la muerte.

Un amigo que supo de mis visitas me dijo que la lepra era un castigo de Dios por los muchos pecados. Le repetí que Dios no castiga, Dios perdona.

El autor es empresario radial, fue candidato a la Presidencia de Nicaragua.

×

Apoye el periodismo independiente. Lo invitamos a compartir este contenido.

Comparte nuestro enlace: