Valoro la vida

La vida está cada vez más devaluada, no solo la vida hoy está devaluada sino que cada vez nos la hacen o la hacemos más imposible, nos la deterioran y la deterioramos cada vez más

Dios, camino de la verdad

Es raro, por no decir imposible, que en estos tiempos en que vivimos, oigamos decir a alguien que “ha bajado el costo de la vida”. Lo normal es que se oiga siempre decir que “los precios están por las nubes, que cada día las cosas están mas caras…” Solamente hay una cosa que, en vez de subir, siempre baja: la calidad de la vida y la vida misma.

La vida está cada vez más devaluada, no solo la vida hoy está devaluada sino que cada vez nos la hacen o la hacemos más imposible, nos la deterioran y la deterioramos cada vez más. La violencia ciega, lleve el apellido que lleve. El conflicto, la falta de tolerancia, el fanatismo político, social o religioso… tienen nuestra vida siempre amenazada y en peligro. Como denunciaba san Oscar Romero: “Lo que es máximo para Dios, la vida, se ha convertido en mínimo para nosotros”.

Cuando la vida se tiene en tan poco aprecio, no se puede decir: “Creo en la vida, amo la vida”, ni mucho menos: Creo en el Dios de la vida (2 Jn. 5, 16), o en Jesús que es vida y dador de vida (Jn. 10, 10).

La vida es el gran don de Dios: Dios es vida y vivimos porque Él ha querido hacernos partícipes de su propia vida (Gen. 2, 7). Dios es el gran defensor de la vida; por eso también hoy sigue preguntándonos como antiguamente a Caín: “Qué has hecho con la vida de tu hermano?” (Gen. 4, 9-10).

Jesús es vida, como Él mismo se nos revela: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn. 11, 25). El revivir de Lázaro es un canto maravilloso de Jesús a la vida, a todo lo que es vida y a toda clase de vida. Es en Jesús donde está y encontramos la vida, la verdad de la vida y el camino que lleva a la vida: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6).

Jesús está siempre entre nosotros ofreciéndonos vida y vida en plenitud (Jn. 10, 10). Jesús ha roto, con su resurrección, hasta las mismas cadenas de la muerte: “Quien cree en mí, no morirá para siempre” (Jn. 11, 26). San Juan nos dice que “quien tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Jn. 5, 12).

Nosotros creemos en el Dios de la vida y en Jesús, Señor de la vida; y esta es la fe que nos lleva a luchar en favor de la vida, de la nuestra y la de los demás. Los cristianos tenemos que ser amantes apasionados de la vida. Decir sí a la vida, a la dignidad del hombre, sí a la mañana que comienza con los ojos llenos de esperanzas con los sueños volcados en el progreso, con la esperanza puesta en el alma de un hombre distinto: más humano, más humilde, más sabio, más hermano.

Es decir “no” a todo cuanto signifique muerte, despreciar la vida, destrozar la vida, herir la vida, malgastar la vida propia o ajena. Es decir “no” a todos aquellos que hieren la vida de cualquier ciudadano por violencia doméstica, social, política o religiosa.

Es decir “sí” a todo cuanto nos lleve a creer en la vida, amarla apasionadamente y luchar siempre en favor de toda vida. Es decir “sí” al ser cercano, solidario, dispuesto a construir una vida, en familia y comunidad. Porque, el que no valora la vida, no se la merece.

El autor es sacerdote católico.

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