No tenemos presidente

Un presidente es también un servidor; alguien electo para velar por el bien común y la seguridad de sus ciudadanos

Nicaragua, coronavirus, Daniel Ortega

¿Cuáles son los roles, papeles, o responsabilidades principales de un presidente de la República?

El primero de ellos, como su nombre lo indica, es presidir, es decir, dirigir la colectividad que lo eligió con el cometido central de ejecutar sus aspiraciones y representarla; es decir, actuar y hablar en su nombre.

Un presidente es también un servidor; alguien electo para velar por el bien común y la seguridad de sus ciudadanos.

Como rol conexo tiene también la misión de liderar, guiar, inspirar, animar, unificar los ánimos y dar un sentido de dirección y propósito a su pueblo.

Como puede deducirse fácilmente, todos estos roles exigen que entre pueblo y presidente exista una comunicación muy estrecha. Éste debe rendir cuentas de su gestión, escuchar a sus representados, auscultar sus sentimientos, contestar sus preguntas y aclarar sus dudas. Su papel demanda, pues, una intensa sociabilidad y presencia pública, un continuo ánimo conversatorio.

No es sorpresa, por tanto, que en la actual crisis del coronavirus hayamos visto a la mayoría de los presidentes de la región en estrecha sintonía con sus audiencias. Así, por ejemplo, hemos presenciado a un Donald Trump —a quien muchos tildan de autoritario— hablando diariamente a su pueblo y contestando a periodistas, de todas las tendencias, en innumerables conferencias de prensa. O a Bukele, en El Salvador, explicando con detalle sus políticas y exhortando a sus pobladores. O a López Obrador, en Méjico, dialogando diariamente con la nación y mezclándose con su pueblo.

Ortega, sin embargo, lejos de dar la cara, en un momento de incertidumbre y angustias, ha brillado por su ausencia.

Atrincherado en su búnker del Carmen, él no dialoga, ni orienta, ni escucha, ni da explicaciones.

Aunque vale notar que su distanciamiento no es nuevo. En la última campaña electoral no se le vio recorrer el país arengando multitudes, como hacen los candidatos presidenciales en todas partes. Tampoco se le ha visto jamás dando una conferencia de prensa, o contestando preguntas y dialogando con agenda abierta con los medios o con el pueblo. Él no visita los mercados, ni sale a mezclarse con la gente. En las raras ocasiones en que deja su refugio, lo hace rodeado de centenares de escoltas y ametralladoras, tras los cristales blindados de su Mercedes Benz.

Él tampoco enfrenta la asamblea legislativa, al comienzo de cada año, para dar el discurso del estado de la nación, como se acostumbra en las repúblicas; no rinde cuenta alguna de su gestión. Su género favorito no es el diálogo sino el monólogo; discursos con pausas interminables, entre frases sin brillo, carentes de humor y de agudezas, y en los que repite obsoletos mitos antimperialistas nada relacionados con los temas que preocupan a la población.

En cierta forma este comportamiento de Ortega es consecuencia directa de vivir en la maraña de la mentira; en un universo falsificado donde lo negro es blanco y lo blanco negro.

Quien tiene mucho que ocultar, quien carece de buenas razones para explicar su actuación, quien medra en la oscuridad y aborrece la transparencia, tiene un natural terror o aversión a los diálogos abiertos. La oscuridad teme a la luz porque esta revela sus maldades. Igual, quien no ama a su pueblo tampoco ama el tratarlo. Quien en lo íntimo sabe que su poder reside en la fuerza bruta y no en la aprobación ciudadana, evita rozarse con las multitudes.

Y es que Ortega no es un presidente sino un tirano; un ser mareado por el poder, mantenido en el única y exclusivamente por los AK 45, pero al mismo tiempo tan frágil e inseguro que solo a través de la distancia cree posible conservar su artificiosa majestad.

Ojalá pronto tengamos democracia y verdaderos presidentes; tocables, abordables, cercanos.

El autor lo es del libro Buscando la tierra prometida. Historia de Nicaragua: 1492-2019.

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